26 de junio de 2012

Capítulo 73.


Sólo quiero que me entiendas

Un mes después de la marcha de Lorena ninguna nos habíamos hecho todavía a la idea. La casa se había quedado medio vacía, faltaban cosas e incluso sobraban otras. A las tres nos inundaba un sentimiento que mezclaba tristeza con enfado, quizá también decepción. Desde luego, no estábamos pasando por nuestro mejor momento.
Y como parece que los males nunca llegan solos, a Marina acababan de despedirla del pequeño museo en el que estaba trabajando desde hacía algún tiempo. No tenía mucha afluencia de público así que sobraba personal y Marina había sido una de las últimas en incorporarse. Nunca nos había faltado el trabajo a ninguna y justo ahora, cuando más lo necesitábamos, de repente se esfumaba.
Tras marcharse Lorena hablamos durante un par de días de la necesidad de encontrar otra compañera de piso que nos ayudara con los gastos de la casa. Como teníamos ciertos ahorros guardados y las tres contábamos con un buen trabajo, decidimos que no corría prisa, que no merecía la pena volverse locas buscando a alguien. Lo haríamos con calma. Pero la cosa había dado un giro enorme con el despido de Marina: ahora sí necesitábamos a esa compañera si teníamos la intención de seguir viviendo como hasta ahora. Tanto Adrien como Daniel se ofrecieron a ayudarnos aunque fuera mínimamente con los pequeños gastos que nos fueran surgiendo, pero ninguno de los dos andaba especialmente bien de dinero así que lo rechazamos inmediatamente.
Michael, por supuesto, también se ofreció. Si le hubiera dejado nos hubiera comprado el piso entero. Al contrario de lo que sucedió cuando Adrien y Daniel nos ofrecieron su ayuda, las chicas en esta ocasión no dijeron nada, permanecieron calladas a la espera de que yo respondiera. Mi respuesta era la que todos esperábamos: no. Nos apañaríamos con lo que tuviéramos y sólo si era completamente necesario dejaría que Michael nos ayudara.
Además, últimamente las cosas con él no andaban muy bien. Desde que me contó aquello de sus padres no había vuelto a ser el mismo, incluso había días en que parecía que le costaba acercarse a mí. Me había devanado los sesos durante dos semanas intentando averiguar si dije algo que le molestara o que le hubiera podido herir. Finalmente hablé con él sin rodeos, pero su respuesta fue muy simple: “No te preocupes por ello, está todo bien pequeña”. Así que llegué a la conclusión de que era cosa suya, todos tenemos derecho a pasar por malas rachas y él estaba en una de ellas… Sólo me quedaba estar a su lado.
Con todo esto en la cabeza, y mucho más, me hallaba la mañana del 31 de enero tumbada en la cama, con mil pañuelos a mi alrededor y estornudando tres veces por segundo. Dos gruesas mantas me arropaban hasta la nariz y una inmensa botella de agua descansaba sobre mi mesilla. No entendía cómo pero había cogido el catarro del siglo.
Oí el timbre a lo lejos y supuse que era el cabezota de Michael. Había telefoneado a eso de las 11 de la mañana para ver cómo me encontraba, y como ni siquiera fui capaz de levantarme a hablar con él decidió que debía venir a verme pese a que Nana insistió en que me encontraba, al menos, aceptable. No quería que viniera por el simple hecho de que podía pegárselo, y no me imaginaba a Michael un día entero en la cama sin hacer nada.
Golpearon suavemente a mi puerta y medité durante un par de segundos si hacerme la dormida o no. La puerta se entornó y abrí ligeramente un ojo, vi cómo Michael se asomaba lentamente a la habitación y no pude evitar que se me escapara una risilla. Entonces él también sonrió, entró, cerró la puerta y se tiró a mi lado en la cama antes de que yo pudiera decir ni siquiera “hola”.
- He conocido esquimales que iban menos abrigados que tú en estos momentos –me dio un beso en la mejilla y buscó mi mano para sostenerla-. ¿Puedes hablar o te has quedado sin voz?
Me llevé la mano a la garganta y le indiqué con un gesto que me era imposible pronunciar una sola palabra. Me miró incrédulo.
- Qué fatal se te da mentir, de verdad. Siempre te pillo, deberías practicar más.
- Tonto –reí.
- ¿Cómo estás? Aparte de horriblemente horrible.
- Aparte de horriblemente horrible –le taladré con la mirada- bastante bien. Hoy sólo he estornudado tres millones de veces –sonreí. Y estornudé.
- Eso lo has hecho a posta, para darme pena, estoy seguro. No teníamos que haber estado ayer tanto tiempo fuera de casa, no sé cómo no me di cuenta que eres una nubecita de enfermedades y agarras todos los virus que están sueltos por el aire.
- ¡Oye!
- Es la verdad… -susurró inclinándose para besarme.
- Chssss… -aparté su cara de la mía y me miró con un gesto de desaprobación-. No vaya a ser que esta nubecita de enfermedades te pegue algo.
Se apartó, recostándose en la almohada y me sacó la lengua.
- ¿Sabes lo que te vendría bien para recuperarte?
- Sorpréndeme.
- Unas vacaciones.
Enarqué una ceja.
- Tienes razón, como estamos tan bien de dinero lo mejor que podría hacer ahora es pedirle a mi jefe unas vacaciones. A lo mejor con suerte me las da. O mejor aún, si está generoso podría hasta despedirme y así tengo vacaciones permanentes. Es una gran idea, Mike, sí.
Puso los ojos en blanco y me incorporé para dar un trago de agua. Estaba agotada, así que tardé poco en volverme a tumbar.
- Si me dejaras ayudarte a pagar las cosas no tendríamos este problema.
- Ya hemos hablado de esto…
- Podemos volver a hablarlo.
- Voy a decirte exactamente lo mismo que te dije entonces. No he cambiado de opinión ni lo voy a hacer. Trataremos de seguir adelante con el dinero que tengamos, y sólo cuando la cosa se ponga realmente fea acudiremos a alguien. Siempre hemos sido independientes, siempre nos hemos buscado la vida y siempre nos ha salido bien. No queremos cambiar ahora.
Permaneció callado varios segundos mirando al techo y después volvió a mirarme.
- Pero yo quiero ayudarte.
- Ayudaría bastante que ahora no hablásemos de esto, no tengo el cuerpo para fiestas por si no te habías dado cuenta ya –me incorporé de nuevo, tosiendo, y busqué otra vez la botella de agua. Le miré y comprendí que había sido demasiado borde diciéndole aquello-. Lo siento, pero es que estoy agotada.
Volví a tumbarme y le abracé lo más fuerte que pude. Me correspondió y nos quedamos varios minutos callados, sin decir nada.
- Si al menos me dejaras que te pagara unas vacaciones… No sé por qué tienes que negar siempre mi ayuda -susurró al fin. Suspiré lo suficientemente bajito para que no me oyera. ¿Acaso quería enfadarme?
- No puedo irme de vacaciones ahora mismo, siento que no puedas comprenderlo pero tengo responsabilidades.
- ¿Como qué? –preguntó sorprendido.
Me senté en la cama a la velocidad del rayo y le miré sin entender nada.
- ¿Como trabajar?
- Podría hablar con tu jefe…
- No –le corté-. No quiero que hables con nadie, no quiero que hagas nada. Sólo que seas capaz de entender que, por desgracia, ahora no puedo permitirme irme una semana o dos a otro lugar. Ahora no, Mike.
- ¿No puedes o no quieres?
Cerré los ojos y respiré profundamente. Sí, quería enfadarme.
- ¿Ni siquiera estando así me das un respiro? ¿Es que quieres que acabemos discutiendo?
- ¿Necesitas un respiro? –se sentó él también, manteniendo cierta distancia entre nosotros.
- Necesito que dejes de cuestionar cada cosa que hago al menos durante un par de días.
- No cuestiono cada cosa que haces, sólo digo que… -soltó un enorme suspiro y negó con la cabeza-. Da igual.
Me acerqué hasta él y le sostuve la cara.
- ¿Qué te pasa? Y no me digas que nada, porque llevas así varias semanas.
- Nada, no me pasa nada. Sólo que necesito irme de aquí, desconectar un poco.
- Michael, si no aguantas el ambiente de tu casa siempre puedes venirte aquí dos, tres, cuatro días. Los que necesites para aislarte un poco de todos. Sabes que puedes hacerlo.
- No es sólo mi casa, es todo. Es esta ciudad, es todo esto que me rodea. De verdad necesito irme, aunque sea una semana. A cualquier lado donde pueda respirar y sentirme a gusto. Lo necesito y me voy a ir. Contigo o sin ti.
Quité mis manos de su cara y sólo entonces me miró de nuevo.
- Pues ya sabes –fue todo lo que dije.
- No quiero que te enfades… Sólo quiero que me entiendas…
- ¿Por qué tengo que te entenderte yo a ti y tú no puedes comprenderme a mí? No puedo irme ahora mismo, Michael, tenemos problemas que hay que afrontar. ¿Crees que no me gustaría irme una semana contigo a cualquier lugar donde nadie nos molestara? Me iría tres meses. O tres años. Pero no puedo, simplemente… No puedo –tosí hasta hacerme daño en la garganta y después volví a estornudar. Tres veces seguidas. No tuve más remedio que empezar un nuevo paquete de pañuelos que había en mi mesilla.
Esta vez fue él quien se aproximó más a mí. Acarició mi mejilla con su mano izquierda y se inclinó para besarme. Ni pude ni quise negárselo. Temía que este tema desembocara en una discusión, pero por suerte comprendió que hoy no era el día más adecuado para tener una conversación de este tipo. Estaba realmente cansada, había dormido poco esta noche y llevaba sin comer algo consistente casi un día.
Separó poco a poco nuestros rostros y buscó mi mirada.
- Has dormido poco hoy, ¿verdad?
- Muy poco…
- Tengo un plan –curvó sus labios y yo hice lo mismo-. Nos dormimos un par de horas y después te preparo algo calentito para comer.
- ¿Tú cocinando? –sonreí ampliamente.
- Psss, ¿qué pasa? –preguntó simulando enfado-. Últimamente estoy hecho todo un cocinero.
Reí de buena gana.
- Claro que sí, anda… -me giré buscando la botella de agua y dio un largo trago.
- Me duele tu escepticismo.
Tiré de su jersey hacia abajo y le hice tumbarse a la vez que lo hacía yo. Me besó de nuevo y comenzó a cantar suavemente…
- “Looking in my mirror, took me by surprise… I can’t help but see you running often through my mind…”
No tardé mucho en quedarme dormida. 

Capítulo 72.


Estoy dispuesta a hacerlo.

- ¿Y a qué estás esperando, señorito Jackson? –Traté de bromear pero él mantuvo el rostro con cierta seriedad-. ¿Qué pasa? –cambié el tono de la pregunta y me acerqué más a él.
Sorprendentemente, sonrió.
- Adoro cuando haces estas cosas, de verdad -Arrugué la frente. ¿Qué había hecho? Me pasé los dedos por los ojos tratando de despejarme y cuando supuse que no hallaría la respuesta, le interrogué con la mirada provocando que sonriera de nuevo, esta vez más ampliamente-. Acercarte a mí cuando crees que algo va mal –adivinó mi pregunta y contestó a ella-. Darme fuerza sosteniéndome la mano –elevó nuestras manos unidas y me mordí el labio inferior-. O mirarme así, como si estuvieras dispuesta a interponerte entre todos los males del mundo y yo.
- Estoy dispuesta a hacerlo –afirmé decidida.
- Lo peor de todo es que realmente lo piensas –se humedeció los labios y miró hacia abajo. Tuvo intenciones de hablar en un principio, pero por alguna razón las deshecho y permaneció en silencio.
- Lo mejor de todo es que realmente lo pienso –contrarresté su anterior afirmación y me aproximé aún más, si cabe, a él-. Cuéntame lo que pasa.
- Si me prometes una cosa.
- Tus palabras son órdenes para mí –le hice una mini-reverencia y le indiqué con una mano que me dijera lo que quería.
- Mañana me llevarás al aeropuerto contigo –afirmó autoritario.
Torcí la boca.
- Cabezota.
- Quiero despedir a mis suegros como se merecen –se cruzó de brazos indiferente, como si estuviera plenamente seguro de que acabaría haciéndolo-. No quiero que se lleven una mala impresión de mí desde el primer encuentro.
- Tienen una impresión fantástica de ti. Y también saben perfectamente que no es muy posible que puedas acompañarlos. Y no les importa –dije cada palabra con total calma, como un maestro que trata de explicarle algo por primera vez a un niño.
- Quiero hacer lo que haría cualquier novio normal –rompió el silencio a los pocos segundos y dirigió su mirada al cielo.
- No eres cualquier novio normal –volvió a posar sus ojos en mí con una expresión de duda en su cara-. Esta conversación la hemos tenido mil veces, Michael. Tenemos que aprender a aceptar determinados puntos de nuestra relación, y uno de ellos es que no eres una persona normal y corriente. Las personas normales y corrientes no tienen una legión de admiradores detrás -acaricié su cara y suavicé el tono-. Olvídalo, de verdad. A mí no me importa, a ellos tampoco, y tú deberías ser consciente de tu situación. Además, es buscarte más problemas con Joseph.
- Hace mucho tiempo que dejaron de importarme los problemas con él –contestó al instante.
- Eso no es cierto, sino mira cómo te has puesto esta tarde cuando Fer preguntó aquello.
Para mi sorpresa, me miró divertido.
- ¿Fer?
Suspiré con una sonrisa.
- Muchas veces llamo así a mi padre, desde pequeña lo he hecho. Todo el mundo le llama así.
- Nunca te lo había oído. Fer –repitió, riéndose de nuevo. No tuve más remedio que hacer lo mismo-. Repetiré mi deseo de otro modo: me gustaría acompañar mañana a Fer.
- Mira que eres bobo.
- No te estoy pidiendo permiso. Sólo te estoy informando.
- Hace dos minutos me has dicho que soy yo quien tengo que llevarte.
- He cambiado de opinión. Me iré con Fer.
Reí de nuevo. No tenía nada que hacer contra él.
- ¿Sabes qué? Haz lo que quieras –cambié de postura, sentándome frente a él, cruzada de piernas-. Háblame de lo otro –también modifiqué el tono de voz a la espera de que él cambiara su semblante divertido. Pero no lo hizo. Mantenía la misma sonrisa que cuando me había escuchado decir “Fer” por primera vez.
- Si lo hago, ¿te enfadarás?
- No, allá tú.
- Si no lo hago, ¿qué pasará?
- Que complacerás bastante a tus padres. Y a mí también.
- Entonces lo hago.
- He dicho padres –alargué la “s” todo lo que pude, haciéndole entender que Kate iba dentro del cupo-. Y también me he incluido –le saqué la lengua.
Miró de nuevo al cielo durante unos segundos y después volvió a dirigirse a mí.
- Lo meditaré –añadió finalmente.
- Tienes una capacidad para cambiar de humor digna de investigación.
- ¿Por qué? –preguntó aquello como si realmente le asombrara lo que acababa de decir.
- Hace nada tenías cara de “lo que voy a contarte es serio” –le di un tímido beso y posé mi nariz sobre la suya, chocándose nuestras miradas.
- Me preocupa mi madre –me soltó de repente. Me separé ligeramente de él y analicé sus ojos. No dije nada, esperando que él continuara-. Últimamente la veo mal. Siempre ha tenido problemas con Joseph y siempre la han afectado sus cosas, pero desde hace un tiempo… Es diferente. Llevo mucho sin verla sonreír como solía hacer –miró hacia otro lado y se mordió el labio con rabia. Podía sentir su dolor. Posé mi mano en su mejilla y se la acaricié tiernamente-. Joseph siempre ha tenido otras mujeres a parte de a mi madre, pero esta vez… Esta vez siento que es algo más, que va más allá de una relación pasajera. Si yo puedo sentirlo mi madre también puede, y supongo que eso es lo que la hace estar triste, enfadada, aburrida… Ni siquiera sé cómo describir su estado, sólo sé que odio verla así y me siento impotente por no poder ayudarla de cualquier forma.
- Tu sola presencia ya la ayuda, Mike –sus ojos regresaron a mí-. Pero a parte de eso no hay mucho más que puedas hacer. Apoyarla, estar con ella, quererla. ¿Qué más puedes hacer? No te tortures por eso… -volví a besarle de nuevo y sostuve su cuello con fuerza, acercándole más a mí.
- Hay una mujer… Sé que hay una mujer. Sé que Joseph la ve cada día, sé que mantiene una relación con ella. Y mi madre también lo sabe, claro que lo sabe, no es tonta. Y cada vez que pienso en ello… Me repugna. ¡Me asquea la idea de pensar que a Joseph no le importa nada lo que le pase a mi madre! –elevó su tono de voz y volvió a morderse el labio en un gesto de… ¿Ira? Sí, juraría que era ira lo que vi en sus ojos. Sostuve su cara y busqué su mirada; me la negó.
Todos sabíamos que Joseph hacía tiempo que había dejado de serle fiel a Kate, pero de lo que hablaba Michael… Eso era otra cosa. ¿Una relación… seria? ¿A eso era a lo que se refería? ¿Una relación con sentimientos de por medio? De repente me encontré sin palabras, así que decidí preguntarle lo más obvio.
- ¿Desde cuándo y por qué lo sabes? Nunca me habías hablado de ello…
Bajó la cabeza, pero segundos después se decidió a mirarme de nuevo.
- Bastante tienes con aguantar cada bronca y cada discusión… Sé que debería haberte hablado de ello, pero nunca había encontrado el momento y tampoco estaba realmente seguro de querértelo contar, de quererlo hablar con alguien… Lo sé desde hace un par de meses, más o menos. No sé cómo llegó hasta mis oídos, ya no lo recuerdo, pero desde entonces comencé a fijarme en el comportamiento de Joseph, en los ratos que pasaba fuera de casa sin estar trabajando... No hace falta más que ser un poco observador para darse cuenta de ello.
- Quizá es sólo la sensación que te da, quizá no esté pasando realmente y tenga alguna otra explicación…
- No –negó de inmediato-. Lo sé, sé que no estoy equivocado –afirmó con el rostro serio-. Puede que no haya tenido una confirmación clara, pero pocas veces había estado tan seguro de algo. Joseph ha engañado a mi madre con otras mujeres muchas veces, pero esto es distinto, créeme. Y me da miedo cómo pueda terminar y el daño que puede causarle a mi madre.
Me dio un escalofrío de pronto y me miró preocupado.
- ¿Estás bien? Hace frío, deberíamos irnos dentro.
- Estoy bien, tranquilo.
- No debería haberte hablado de ello –colocó sus manos sobre mis hombros y los presionó suavemente.
- ¿Por qué no? –le miré contrariada. ¿Michael no quería hablarme de algo?
- No quiero hablar con nadie de esto y menos contigo.
- El problema no va a desaparecer sólo porque decidas no hablarlo con alguien.
- Lo sé, simplemente prefiero ignorarlo, olvidarme de ello…
- Eso tampoco va a ocurrir, seguirás pensándolo aunque no lo compartas con nadie. Y lo sabes. Ocultármelo o no hablarme de ello sólo te perjudica a ti. No te hace ningún bien llevar todo el peso de algo así, quizá deberías hablarlo con tus hermanos…
- No –respondió cortante-. No voy a hacer eso.
- ¿Crees que ellos lo sabrán? –pregunté a los pocos segundos.
- Si son tan listos como presumen ser, sí, por supuesto.
- A lo mejor alguno de ellos sabe lo que realmente está pasando.
- Yo sé realmente lo que está pasando. No me creas si no quieres –pronunció esas palabras de una manera que hizo que me sintiera hasta culpable.
- Michael, creo en lo que me dices, pero no tienes una verdadera prueba que… -detuve mis palabras y cerré los ojos. Estaba convencidísimo de ello, así que iba a ser imposible hacerle cambiar de opinión-. Tiene que haber una explicación…
- Sí, y ya te la he contado: hay otra mujer. Esto irá a más y tarde o temprano nos estallará a todos en la cara. Ojala me equivoque, pero va a ser así… -se incorporó de repente, en menos de medio segundo y me tendió la mano-. Estás helada y seguro que a Janet le apetece verte. Vamos dentro, anda.
Me levanté sin su ayuda y me coloqué frente a él.
- Quiero que me hables de esto, ¿me oyes? –sostuve su cara y sonrió tímidamente.
- Tus palabras son órdenes para mí –me dio un suave beso, unió nuestras manos y comenzamos a andar hacia su casa.
¿Qué pasaría cuando todo esto les estallara en la cara…?

30 de marzo de 2012

Capítulo 71

Encontraremos la forma.

En el momento en que Michael insistió en que no le acompañara a su casa, yo decidí hacerlo aún con mayor decisión. Pese a que durante toda la tarde se había mostrado como el chico alegre y divertido que es, sabía que aquella pregunta sobre sus padres había trastocado sus pensamientos y les había sobrevolado todo el tiempo que estuvimos charlando con mi familia. Lo noté en su expresión y en sus gestos. Una de las ventajas de pasar tanto tiempo con una persona es que acabas conociéndote cada mínimo detalle suyo a la perfección. Lo conocía. Y sabía que le había afectado.
Mis padres y mi hermana se despidieron calurosamente de Michael, a pesar de que éste había prometido que haría todo lo posible para poder despedirse de ellos mañana en el aeropuerto, tal como iba a hacer yo. Me gustó la idea, pero sabía que sería difícil. A pesar de haberse distanciado últimamente mucho de Joseph, seguía informándole con bastante frecuencia de los lugares a los que iba a ir. Y estaba cien por cien segura de que Joseph le diría que no era buena idea que fuera a un aeropuerto, donde cada día se pasean millones de paparazzis en busca de sus exclusivas. Así que por primera vez, y sin que sirviera de precedente, estaría de acuerdo con algo que Joseph le aconseja a Michael.
Cuando bajamos a la calle, Sam aún no había llegado, así que decidimos esperar dentro del portal para evitar posibles altercados. Mi calle no era realmente muy transitada, pero cuanto menos nos expusiéramos mejor. Con el éxito de Off the wall todo se había “complicado” un poco; a Michael le resultaba muy difícil pisar la calle sin que nadie se le echara encima. A mí no me importaba en exceso, era él quien se preocupaba demasiado por ello. “Acabarás cansándote…”. Pronunciaba esas palabras completamente seguro de ellas. Después suspiraba y agachaba la cabeza. Y yo me reía. ¿Cansarme? ¿De qué? ¿De Michael? No tenía sentido.
- No parecías muy convencida de que mañana vaya a acompañaros al aeropuerto –dijo de pronto, interrumpiendo mis pensamientos.
- Es complicado, Mike. Me alegraría que pudieras venir, pero si no puedes no pasa absolutamente nada, quiero que lo tengas claro –me acerqué a él y acaricié su nariz con la mía, sonriendo. Algo que él no hizo.
- Hasta el día que pase.
- Para.
- Llevo razón.
- No, no la llevas.
- Llevo razón y un día se demostrará.
Suspiré y abrí la puerta del portal. Encontrarme con el coche conducido por Sam fue un alivio. Si no deteníamos aquella conversación acabaríamos discutiendo, o semi-discutiendo.
- Ya está Sam, vamos.
En el trayecto a su casa, mientras Michael y Sam charlaban, no pude evitar pensar en cómo Michael y yo habíamos cambiado en ese aspecto. Es verdad que desde que volví de España la paz había reinado entre nosotros, pero aún así sí habíamos tenido alguna que otra conversación que podría haber desembocado en un enfado –que logramos evitar poniendo los dos de nuestra parte-. Eso era impensable para nosotros en un principio. Supongo que por miedo a decir algo hiriente demasiado pronto o tal vez porque realmente no nos conocíamos bien el uno al otro, pero lo cierto es que no discutimos por primera vez hasta que no pasó un tiempo largo. Algo que no puede decirse de los últimos meses. Pese a ello, sentía que eso nos había hecho más fuertes. A mí, desde luego, me había servido para valorar mucho más a Michael. Puede que en ocasiones fuera demasiado cabezota, demasiado poco adulto o demasiado desconfiado. Pero eran minucias comparadas con todo lo que me aportaba. Ahora sí podía decir que le conocía bien. Y desde luego no iba a permitir que nada me volviera a separar de él.
Aparté los ojos de la ventana para dirigirlos a él, inclinado ligeramente sobre el asiento delantero para poder hablar tranquilamente con Sam. No sé si era realmente consciente de mi suerte por tenerle a mi lado. Pues claro que no iba a permitir que nada me volviera a separar de él.
Quedé con Sam unas dos horas más tarde en la entrada principal para que me llevara de vuelta a casa. Según me habían dicho mis padres, querían dar un paseo por el barrio, así que tenía tiempo suficiente para hablar con Michael sin prisas.
Caminamos hasta nuestro árbol de siempre, a unos diez minutos de la entrada, en completo silencio.
- ¿Te has enfadado? –preguntó finalmente al tiempo que se sentaba y se apoyaba en el árbol. Le miré sin entender.
- ¿Enfadarme por qué?
- Nuestra charla en el portal.
- Querrás decir nuestro intercambio de cinco frases escuetas –me senté yo también y sostuve su mano.
- Siete –apuntó.
Puse los ojos en blanco y de reojo le vi curvar ligeramente los labios.
- ¿Por qué iba a enfadarme? ¿Porque pienses que en un tiempo me habré cansado de ti, lo cual significa que no te acabas de creer que quiero estar contigo? Que va, por esas cosas no me enfado.
- Odio tu ironía.
- No, no la odias. Te encanta y además la imitas –levanté las cejas y sonreí. Esta vez el también lo hizo-. No me he enfadado, Mike, pero como comprenderás no me hace mucha gracia que pienses que voy a salir corriendo. Y esta conversación la hemos tenido muchísimas veces, no quiero volver a ello, de verdad.
- Confío en ti. Pero también sé que las circunstancias no son demasiado… Favorables a nosotros.
- Encontraremos la forma de que lo sean.
- ¿Cómo?
Lo medité unos segundos. Necesitaba encontrar una respuesta lo suficientemente convincente para aparcar el tema por ahora. Cuando creí que nada podría salvarme de aquello, decidí recurrir a lo más fácil.
- Mírame a los ojos.
- Aham.
- ¿Me quieres?
- Sí.
- ¿Qué hay más favorable que eso? –mostré la cara que suelo mostrar cuando quiero que la persona con la que hablo se de cuenta de que llevo razón y acto seguido le besé, sin darle opción a contestar.
Me lo devolvió de buena gana mientras acariciaba mis mejillas. Antes de que me hiciera perder la noción del tiempo, decidí detenerle. Nos quedamos frente a frente y de la forma más dulce posible, le susurré:
- Te quedaste demasiado pensativo cuando mi padre te preguntó sobre los tuyos –le di tiempo para que contestara, pero en lugar de eso se alejó ligeramente de mí. Supuse que necesitaba un impulso así que se lo di-. Háblame de ello.
- ¿De lo siempre? –suspiró. Sabía que aquello le dolía, pero guardárselo dentro no ayudaba.
- De lo que haga falta. Repíteme trescientas veces una cosa que seguiré escuchándola con la misma atención y con el mismo interés que la primera vez que la dijiste.
Sonrió y acarició de nuevo mi cara.
- En realidad… Hay algo de lo que todavía no te he hablado.

29 de marzo de 2012

Capítulo 70.

Muy familiar

- ¡Hola! –respondió jovial mi hermana. Imaginé que se había lanzado a darle dos besos. Así que también imaginé que Michael estaría sonriendo por aquel gesto tan cariñoso.
Me levanté y caminé hacia la puerta, adelantando a mis padres, que también iban hacia allí. Me acerqué a él y le di un suave beso en la mejilla. Me sonrió y supe que nada podía salir mal.
Así que con más confianza de la que imaginaba me giré colocándome frente a mis padres, que mostraban una expresión entre fascinación y alegría.
- Michael –le miré-, te presento a mis padres, Fernando y Nieves, y a mi hermana, Alba –dije en un perfecto inglés-. Mmm… -miré a mis padres y señalé a Michael-. Os presento a Michael, mi novio –dije en un perfecto español.
Mi padre avanzó dos pasos hasta él y le tendió la mano. Mike la estrechó con agrado.
- Es un placer conocerle por fin –dijo en un torpe español. Me reí ante aquello y mi padre levantó las cejas; de sorpresa, supuse.
- Igualmente –sonrió-. Mi hija te ha enseñado español, por lo que veo.
- No, papá. Bueno, lo he intentado, pero sólo logré que aprendiera palabras sueltas –suspiré y le miré negando con la cabeza por su poco interés por aprender mi lengua materna. Palabras como “farola” o “croqueta” se las sabía de memoria, sí. Pero solamente porque las consideraba “graciosas”. Era un caso perdido-. Esto ha sido de su cosecha propia.
- Oh… –mi padre volvió a mirarle y sonrió- Que amable.
Se separaron y Michael caminó ligeramente hasta mi madre.
- Encantado de conocerla, es usted muy hermosa.
- Igualmente, cielo –sonrió y después me miró a mí-. Judith, dile que no me trate de usted o empezará cayéndome mal desde el principio –me taladró con la mirada. Sin duda eso era algo que había aprendido a hacer de ella.
- Tranquila, no creo que vuelva a dirigirse a ti en español. Probablemente sea la única frase con sentido que sepa –sonreí y volví a mirarle.
- No te he entendido, pero por la cara de maldad que has puesto seguro que has dicho algo malo de mí –enarcó una ceja y sonreí.
- Malísimo –le saqué la lengua-. Y esta es mi hermana, Alba.
- Encantada –dijo la enana en inglés.
- Igualmente –Michael sonrió ampliamente y yo respiré con tranquilidad.
Primera toma de contacto superada.
A partir de ahora vendría lo más pesado, por ponerle un calificativo: traducir cada frase de cada uno a ambos idiomas.
- Que bien te lo vas a pasar –sonrió Alba, adivinando mis pensamientos.
La di un codazo y le susurré:
- Pon de tu parte o esta noche dormirás en el suelo –después les miré a todos y sonreí-. ¿Nos sentamos?
En ese momento decidí que todo aquello que quisiera decir lo haría en un primer momento en español. Después, se lo explicaría a Michael. Cuando éste hablara, primero se lo contaría a mis padres y después contestaría, con mis respuestas y con las de mi familia. Y cuando ésta hablara, primero se lo traduciría a Michael y después contestaría, con sus respuestas y con las mías. Debí haber puesto una cámara que grabara todo aquello.
Sorprendentemente, la comida transcurrió amena, divertida. Y muy familiar. Mis padres, como era lógico, querían saberlo todo él. A dónde quería llegar en el mundo de la música, cuál era su mayor objetivo, si seguiría grabando discos en solitario, dónde pensaba vivir en los próximos años... Qué le había hecho fijarse en mí, qué pensaba de nuestra relación, a dónde quería que llegara... Sus padres también salieron a la luz y Michael contestó a cada pregunta con gran respeto y objetividad, sin dejarse llevar por los sentimientos. Me asombró, pero a la vez no. Supuse que estaba demasiado acostumbrado a disimular una buena relación con ellos ante las cámaras.
En la hora que estuvimos sentados en la mesa, le formularon alrededor de nueve mil preguntas. Preguntas que, por supuesto, tenían que pasar por mi traducción para que Michael pudiera responderlas. Y respuestas que también tenían que pasar por mi filtro de idioma.
Ahora bien, Michael tampoco se quedó nada corto. Con su habitual curiosidad, quería saberlo todo de ellos. Su trabajo, cómo se sentían en él, sus amigos, si me echaban de menos, los estudios de mi hermana… Todo.
Una vez acabada la comida decidimos trasladarnos al sofá, donde el interrogatorio continuó. Fue una gran satisfacción para mí comprobar que parecían caerse bien entre ellos, a pesar de la gran barrera que suponía el idioma. Michael describió a mi padre como “buena gente y divertido”, y a mi madre como “un ángel”. De mi hermana dijo que era una copia de mí por lo que sólo había palabras buenas.
Todos coincidieron en que Michael era un gran chico.
Así que yo sonreía sin parar, conteniendo las ganas de comérmeles a besos y abrazos a todos. Qué fácil estaba resultando.
- ¿Por qué no han venido sus padres? Me gustaría haberles conocido –preguntó mi padre de pronto. Debí haberle advertido de que no preguntara aquello, pero por alguna razón se me pasó por completo. Y era normal que mi padre quisiera conocer a los padres de mi novio. Era lo que se había hecho toda la vida.
- No creo que fuera buena idea –afirmé muy segura-. Mejor dejamos ese tema aparcado.
- ¿Qué ha preguntado? –la expresión de Michael cuando le miré me hizo comprender que había entendido, al menos en parte, lo que mi padre había dicho.
- Nada, nada –traté de ocultar.
- Judi… -me suplicó con la mirada y no me quedó otra: no podía esconderle nada cuando hacía aquello.
- Que por qué no han venido tus padres.
Mantuve la vista fija en él pero apartó su mirada de la mía y sonrió; imaginé que con ironía. Después miró a mi padre y dibujó una sonrisa, esta vez más amplia.
- Estaban ocupados –dijo al fin.
Dirigí la mirada a mi padre cuando transcurrieron unos segundos y le expliqué brevemente que tenían una vida muy ajetreada.
- Vaya, es una pena –señaló con evidentes signos de tristeza-. De verás me hubiera gustado conocerles.
Se lo traduje a Michael y éste respondió de inmediato:
- Ellos también hubieran estado encantados de conoceros, de verdad.
Sostuve su mano y temí por la alegría que había abundado en él durante este tiempo. No quería que se esfumara.
Siempre había admirado de mi madre la capacidad para darse cuenta de cuándo algo no va bien. Y sobre todo cómo sabía cambiar las situaciones y conducirlas hacia donde no hicieran daño.
- ¿Cómo es posible que no te de vergüenza subirte a un escenario ante millones de chicas que gritan tu nombre? –preguntó de pronto, acabando con el silencio que se había instaurado.
Sonreí ante aquello y la di las gracias con la mirada. Ciertamente era un ángel.
Michael rió cuando le pregunté aquello y volvió a ser el mismo de siempre en apenas unos segundos.
La alegría volvió. Las sonrisas con ella.
Aún quedaban trescientas millones de preguntas que realizarse.

Capítulo 69.

Un momento para la familia

Cuando a las ocho de la tarde sonó varias veces el timbre, cada una estaba en una punta de la casa. Yo me encontraba en el sofá con Nana, hablando de todo y nada a la vez, con ese punto de tristeza en la mirada que surgía cuando recordábamos a Lorena. Ella estaba en su cuarto desde hacía ya dos horas. Marina, por su parte, seguía en el baño. Probablemente habían pasado dos horas también desde que se había metido a duchar.
Pero sonó el timbre y en menos de veinte segundos todas estábamos paradas frente a la puerta. Nos miramos entre nosotras y finalmente Nana se decidió a abrir.
Lo primero que vi fue el rostro sonriente de Alberto, el padre de Marina, que corrió a abrazarse a ella seguido por Marta, su madre, y Alba, su hermana.
Después atravesaron el umbral Ángel, Reyes y Ángela, padres y hermana de Lorena.
Los padres de Nana, Antonio y Maribel, y su hermano, Iván, fueron los siguientes en pasar.
Finalmente yo sonreí ante la imagen de mis padres, Fernando y Nieves, y mi hermana, Alba, y también me abracé a ellos.
Una vez finalizada la ronda de besos y abrazos, y con la calma reinando de nuevo en la casa, establecimos un horario que nos permitiera cambiarnos a las dieciséis personas que allí nos encontrábamos antes de que pasara una hora, para poder llegar al restaurante con tiempo. Optamos por que cada padre y madre se cambiara en la habitación de su hija, después pasarían los hermanos y por último nosotras, a las que nos describieron como “las más tardonas”, probablemente con la mayor razón del mundo.
Milagrosamente, cuarenta y cinco minutos después todos estábamos listos para celebrar lo que sería la última noche de este año que había sido tan diferente; tan inolvidable.
Fui la última en salir de casa, echando un vistazo a lo que había sido mi hogar en todo este tiempo. Cerré la puerta, me observé los zapatos negros, sonreí y bajé corriendo las escaleras.

La cena en el restaurante no puede describirse como algo normal cuando los que cenábamos éramos nosotros. Lo único que faltó fue que las madres se tiraran comida. Los demás lo hicimos.
Reímos, hablamos más fuerte de lo normal e incluso en algunos momentos cantamos. Pero tratándose del día que era todo estaba permitido. Y más sabiendo que sería la última noche que tendríamos así en mucho tiempo; las cosas a partir de ese día comenzarían a cambiar con la marcha de Lorena.
En ocasiones bajaba la cabeza y trataba de imaginarme cómo sería mi vida después de perder a una persona que me había acompañado cada día durante más de quince años; no podía ni pensarlo. Al final llegué a la conclusión de que sólo podía resignarme, aceptarlo y tratar de acostumbrarme a ello. Tarea difícil. Estos pensamientos siempre solían acabar con una pequeña patada de Marina por debajo de la mesa. La miraba y sonreíamos, aunque en el fondo las dos pensábamos lo mismo: nada sería igual.
Entonces volvía a desconectar y observaba como mi padre divertía a todos con sus chistes, como Alberto le acompañaba de buena gana, como Antonio reía sin pasar, como Ángel se unía al festival del humor y como Iván trataba de poner un poco de orden, algo en lo que dejó de insistir después de muchos intentos, pasando él también a formar parte de la fiesta. Después miraba a mi madre, que charlaba animada con las demás. Muy animadas. Mi hermana, Alba y Ángela, por su parte, cotilleaban acerca de todo aquello que puede pasar por la cabeza de una adolescente. Después surgía un tema común y dieciséis voces trataban de hablar a la vez.
Así dimos entrada al nuevo año, con un momento para la familia difícil de olvidar por mucho que pase el tiempo.
El show no terminó ahí. Quedaba lo mejor: dormir dieciséis personas en un piso construido para cuatro. Como supimos con bastante antelación que íbamos a tener la visita de todos los padres, decidimos comprar un par de colchones que colocaríamos en las habitaciones de Nana y Lorena; la mía y la de Marina ya contaban con un colchón de más. Así que los padres dormirían en las camas en las que solíamos dormir habitualmente nosotras, y en los colchones, sobre el suelo, dormiríamos los hijos. Fue divertido, y difícil, lograr una cierta coherencia en las colocaciones a pesar de que todos parecíamos tenerlo muy claro desde un principio. Cuando finalmente lo logramos, caímos todos rendidos por el cansancio.
Cerré los ojos y creía seguir escuchando risas.

Risas que continué escuchando al día siguiente en la comida de Año Nuevo. No fue muy diferente a la cena de la noche anterior, excepto porque el cansancio era un poco más grande. Pero las ganas de pasarlo bien, todos juntos, eran las mismas. Así que se pasó igual de rápido.
Después decidimos enseñarles la ciudad, al menos en parte. Andamos lo que no está escrito y cuando llegamos a casa el agotamiento se había multiplicado por mil.
Para entonces yo ya estaba dándole vueltas a lo que iba a ser el día siguiente. Había hablado con Michael por la mañana alrededor de quince minutos, los suficientes para que, de repente, los nervios crecieran en mí. Nunca les había presentado un chico a mis padres. Por si eso fuera poco, nunca les había presentado un chico que no hablara su idioma. Vamos, que iba a ser un espectáculo. Además, sabía que Mike también era un manojo de nervios, lo que hacía que aumentaran los míos. Me tumbé en la cama, o como se pueda llamar a un colchón en el suelo, y prácticamente recé para que todo saliera bien. Cerré los ojos y traté de visualizar a Michael al lado de mis padres y de mi hermana. A los pocos segundos sonreí. Era una imagen preciosa.

Me había pasado toda la mañana en la cocina con mi madre: comida para cinco. Marina se había llevado a su familia a conocer a Adrien; Nana se los había llevado a un restaurante y Lorena a otro. Así que en casa quedábamos mis padres, mi hermana y yo; de momento.
Me senté en el sofá junto a mi hermana y miré el reloj. No era habitual que Michael llegará tarde y ya llevaba quince minutos de retraso. Por mi cabeza pasaron ideas tan absurdas como que se había arrepentido; me fustigué mentalmente por desconfiar de él y volví a mirar el reloj: dieciocho minutos tarde. Suspiré y dirigí mis ojos a mi hermana, que me observaba divertida.
- ¿Nerviosa? –preguntó con su habitual tono gracioso en la voz.
La hice una mueca y volví a mirar al frente.
- Casi nada.
Entonces sonó el timbre. Me levanté al instante pero Alba me empujó hacia atrás, haciendo que volviera a caer.
- De eso nada –sonrió-, abro yo.
Observé desde el sofá como caminaba hacia la puerta mientras me mordía el labio. Mi madre había salido de la cocina y mi padre apareció en el salón; también les lanzaba a ellos miradas de reojo.
Oí como la puerta se entornaba y cerré los ojos. Que nervios más tontos.
- Hola –su dulce voz sonó a lo lejos.

26 de marzo de 2012

Capítulo 68.

Despedidas.

31 de diciembre de 1979.
- A mí me siguen gustando más los zapatos grises que los negros –comentó Marina tras mirarme de arriba a abajo.
- El negro es más elegante –Nana la dirigió una rápida mirada y después volvió a observarme a mí-. Yo me pondría esos.
- El vestido tiene tonos grises. El gris va bien.
- El vestido, en su mayoría, es negro. El negro va bien.
- Sí, pero toda de negro parece que va a un funeral, no a una cena.
- No va toda de negro… El vestido tiene tonos grises –Nana le guiñó un ojo y después se acercó para mirarme más de cerca-. No puedo creer que faltando sólo unas horas sigas sin saber qué ponerte.
- ¡Sé el 90% de las prendas que voy a llevar puestas! –Protesté al tiempo que me quitaba los zapatos-. Sólo me falta el calzado.
- Y la chaqueta.
- Y los complementos.
Las dirigí una mirada asesina y coloqué los zapatos de nuevo en su lugar. Después volvería a pensar en ello.
- Chicas –Lorena asomó la cabeza en mi dormitorio y las tres nos giramos para observarla-, ¿podéis venir al salón? Quiero hablar con vosotras.
Intercambiamos una fugaz mirada y la seguimos. Estaba sentada en una esquina del sofá, con pocas muestras de alegría en su rostro y con las manos entrelazas y apoyadas en sus rodillas. Marina se sentó a su lado y Nana al lado de ésta. Yo opté por el suelo.
- Lo he estado pensando mucho… -comenzó, sin dejar de mirar el suelo-. Hace tiempo que llevo dándolo vueltas, de hecho, y por fin he tomado una decisión… -suspiró y nos miró una por una-. Creo que es hora de volver a España.
Soltó aquellas palabras a tal velocidad que fue difícil encontrarlas un sentido nada más oírlas. Al cabo de unos segundos miré a Nana, que miraba fijamente a Lorena, y después a Marina que, sin embargo, me miraba a mí. Nos lo dijimos todo: que se fuera no era una noticia sorprendente.
- ¿Lo has pensado bien? –Pasados unos minutos, Nana rompió el silencio.
- Sí, aquí no tengo mucho más que hacer. Entiendo que vosotras estéis a gusto, pero yo… Hace meses que dejé de trabajar y echo de menos España.
- ¿Cuánto tiempo llevas pensándolo? –preguntó de nuevo Nana, aunque ya conocía la respuesta: un par de meses.
- Más o menos desde Septiembre. El verano fue difícil para mí, ya lo sabéis. No ha sido algo fácil de decidir, pero sé que es lo mejor para todos –suspiró de nuevo y me miró-. No sabía si esperar hasta después de la cena para decíroslo, pero al final he decidido que sería mejor así. Mis padres ya están al tanto de ello.
Asentí y aparté bruscamente mi mirada de ella. Por supuesto que no era una sorpresa que se fuera. Lorena ya no era feliz aquí, con nosotras. Probablemente las cosas hubieran sido diferentes si hubiera puesto un poco de su parte, pero estaba claro que lo que ella deseaba era volver. Que no hubiera encontrado un trabajo desde junio era algo decisivo, pero ninguna de nosotras dudaba que el acontecimiento que más había alimentado su voluntad de irse era que hubiera vuelto a tener contacto con su exnovio. Desde que en agosto decidió llamarle por primera vez, iniciando así un ciclo de siete llamadas telefónicas por semana, dejó de preocuparse por muchas de las cosas que sucedían aquí. Al parecer, su ex, un chico mucho mayor que ella que la dio más tristezas que alegrías, la echaba de menos. Nosotras no mostramos excesivo interés cuando volvió a hablar con él, ¿qué podíamos hacer? La había hecho daño; y cuando una hermana sufre no puedes volver a ver con los mismos ojos a la persona que la ha hecho sufrir. Pero tampoco puedes prohibirla nada.
- Os voy a echar de menos, de verdad. Pero una tiene que saber donde está su sitio… Y el mío ahora mismo no está aquí –se puso de pie y miró al frente-. Ya sabéis que no me gustan las despedidas… Quiero que esta noche cenemos con nuestra alegría habitual y que celebremos el año nuevo como siempre hemos hecho, ¿vale? Quién sabe, a lo mejor en un tiempo he vuelto por aquí…
Reí silenciosamente ante aquello. Todas sabíamos que no volvería.
El timbre me hizo levantar la cabeza. Me incorporé casi de un salto y corrí hasta la puerta.
- Hola –sonrió Michael, extendiendo su mano y tocándome la mejilla-. ¿Han venido ya mis adorables suegros? -Puse los ojos en blanco sonriendo y tiré de su camiseta hacia adentro-. ¿Qué te pasa? No tienes buena cara.
- Ahora te cuento –susurré.
- ¡Hola! –saludó efusivamente a las chicas cuando entró en el salón.
Ninguna se había movido de su posición, excepto porque Lorena se había vuelto a sentar. Las tres miraban al frente. Estaba convencida de que no habían vuelto a cruzar una palabra. Michael se giró hacia mí confundido y le indiqué con la mirada que fuera a la habitación. Una vez allí, cerré la puerta.
- ¿Qué ha pasado? ¿Habéis discutido?
- Lorena se va.
Me senté en la cama cabizbaja.
- ¿A dónde?
Incliné la cabeza para mirarle y comprendí que no se había enterado de nada. Sonreí y extendí la mano. Él me la sostuvo y se sentó a mi lado.
- Vuelve a España.
- Vaya… Lo siento mucho –me acurrucó en sus brazos-. ¿Os lo ha dicho hoy?
- Sí…
- Menudo día ha elegido, ¿no? ¿No se supone que hoy todo tiene que ser risas y alegrías?
Reí de buena gana y le miré.
- Se supone. Pero también se supone que se volverá con sus padres y no quería esperar hasta el último día para decírnoslo… -volví a bajar la cabeza y cerré los ojos. Odiaba las malas noticias en un día en que se supone que todo debían ser risas y alegría-. En fin, prefiero no hablar de ello por ahora –me puse de pie y fui en busca de mis zapatos-. Aún no me he decidido, ¿cuál de los dos me pongo? ¿Gris o negro?
- Mmm... Negro.
- Perfecto –sonreí.
- Y hablando de padres… -detuvo sus palabras y volví a mirarle-. ¿Cuándo vienen los tuyos?
- Aún les quedan tres o cuatro horas, así que si has venido para verles siento la decepción –me senté sobre él y le di un suave beso.
- He venido a verte a ti, boba. Pero también quiero conocerles a ellos… -dijo esto último casi avergonzado, lo que provocó una carcajada en mí-. ¿Qué te hace tanta gracia? –inquirió.
- ¿Te da vergüenza conocerles?
- Me da la misma vergüenza que le daría a cualquier chico conocer a los padres de su novia.
- Que mono eres cuando te pones así… -le toqué la nariz e hice que sonriera. Sabía que estaba nervioso-. Puedes posponer la vergüenza y los nervios, he pensado que es mejor que les conozcas una vez pasada la cena.
Mostró sorpresa en su rostro y arrugó la nariz.
- ¿Por qué?
- Bueno, estarán cansados del viaje, tienen que cambiarse e irnos derechos al restaurante. No hay tiempo para grandes presentaciones.
- Pero sólo quiero saludarles, nada más.
- Pero eso puede esperar.
- No quiero esperar.
Suspiré.
- No seas cabezota, anda. El miércoles organizo una comida y así os conocéis tranquilamente –bajó la cabeza pero se la subí de inmediato-. Sólo son un par de días más. Además, así aprovechas para estudiar frases en español con algún sentido, no quiero ejercer de traductora todo el tiempo.
Me sacó la lengua y le imité.
- He aprendido bastante español desde que estoy contigo, ¿eh?
- ¿Tanto como para decirle a mi madre lo guapa que está, a mi padre lo elegante que es y a mi hermana lo mucho que se parece a mí?
- Tanto y más –volvió a sacarme la lengua y sonreí-. Pero seguiré practicando para dar buena impresión.
- Así me gusta.
- Y ahora tengo que irme –se levantó de un salto y se colocó el pelo-. Ya que me niegas conocer a mis suegros, creo que voy a llevar a mi madre a dar un paseo. Así se relaja un poco.
- Me parece muy bien –me acerqué hasta él y le abracé-. Dala un beso de mi parte.
- Eso está hecho. Pásalo muy bien esta noche –se inclinó a darme un beso y me acarició la cara. Se apartó ligeramente y me clavó sus ojos. Sonreímos.
- Sé que no celebras estas cosas, pero… Espero que tengas un buen comienzo de año, Mike.
- Tú también, pequeña –volvió a besarme tiernamente-. Los negros –dijo señalando al lugar donde colocaba los zapatos. Sonrió y yo hice lo mismo-. Hasta el año que viene –abrió la puerta y me guiñó un ojo.
- Te quiero.
- Yo casi nada.
Le saqué la lengua y sonrió de nuevo.
Me senté en la cama e hice lo mismo. Había sido un muy buen año.

8 de diciembre de 2011

Capítulo 67.

¿Te había dicho ya...?

- ¿Vas a contarme de una vez cómo fue todo? –me recriminó con un gesto de enfado poco creíble. Cerró la puerta y se acercó hasta mí. Me mordí el labio inferior y sonrió.
- ¿Vas a quedarte a dormir? –Le besé y rodeé su cintura.
- ¿Vas a contestar alguna de mis preguntas? –puso los ojos en blanco y sonreí, abrazándole con más fuerza. Casi había olvidado lo maravilloso que era su olor. Casi.
- Depende, ¿vas a contestar tú a las mías?
- Depende, ¿vas a contestar a las mías tú? –me besó en la frente y suspiré-. Te prometo que algún día contaré las veces que suspiras en tan sólo 24 horas.
- Eres odioso.
- Oh, sí. Opinan lo mismo las millones de chicas que, de igual modo, suspiran por mí a lo largo de 24 horas –levantó las cejas y rió.
- Te lo tienes muy creído últimamente.
Le miré, tirando de su camiseta hacía mí y obligándole a besarme. Lo hizo de buena gana y lo agradecí, aun siendo perfectamente consciente que en menos de dos minutos iba a detener ese beso que me había ofrecido. Por alguna extraña razón que todavía no comprendía, Michael era capaz de dar prioridad a su curiosidad y su deseo de saber. Incluso cuando llevábamos varios días sin vernos.
Por tanto, no me extrañó cuando aferró mi cara con sus manos y me obligó a sentarme en la cama con una mirada. Obedecí, por supuesto. Pero no estaba dispuesta a rendirme tan fácilmente y continúe besándole; sabiendo, sin embargo, que él había dado por finalizado ese momento. Retiró su rostro con delicadeza y me clavó sus ojos.
- ¿Te había dicho ya que eres odioso?
Sonrió.
- Quiero que me cuentes cómo ha ido todo, después haremos lo que quieras.
- Define “lo que quieras” –sonreí con picardía.
Agachó la cabeza y me miró de reojo. Sonrió de nuevo.
Me abalancé sobre él, haciendo que se tumbara completamente y aferró mi cintura con sus manos; sin borrar la sonrisa de su boca. Le besé de nuevo y después me detuve a mirarle.
- Eres arrebatadoramente guapo.
- Y tú estás arrebatadoramente esquiva –mi rostro reflejó la confusión que me produjeron sus palabras. ¿Esquiva? ¿Yo? ¿Por qué iba a estarlo?-. ¿Pasó algo por lo que no quieras hablarme de tu viaje?
Y de repente lo recordé.
Sergio.
Me incorporé, dándome cuenta que ni siquiera había pensando en la forma de explicarle a Michael lo que había ocurrido con él. No sólo cómo había insistido para que me quedara, sino el deseo que había sentido yo porque me besara.
Porque sí, iba a contárselo. Aun con el riesgo de que se enfadara. Quería ser completamente sincera con él. Aun con el riesgo de que perdiera parte de su confianza en mí.
- No me asustes…
Desvié mi mirada hacía sus ojos. Él también se había incorporado y su rostro lucia una mayor confusión que la mía. Le acaricié mientras exhibía una media sonrisa para así tranquilizarle.
- No es nada.
-¿Desde cuando reaccionas así cuando se trata de “nada”?
Me mordí el labio de nuevo y por un momento odié que me conociera tanto.
- En serio, no es nada –traté de quitarle importancia-. Pasó algo, sí, pero no pienso contártelo hasta que no me des tu palabra de que no vas a preocuparte.
- Primero rehúyes hablar de ello y después me dices que no me preocupe… Aham, definitivamente estoy preocupado.
- No seas tonto, no he rehuido hablar de ello. Acabo de acordarme ahora mismo, fíjate la importancia que le concedo al asunto –le miré, esperando que le hubiera convencido mi explicación. Pero continuaba observándome confuso, incluso con cierta impasibilidad-. Vale, vale. Ya te lo cuento. Pero prométeme que…
- Habla –me cortó-. Y después veremos qué puedo prometerte –susurró. Estaba realmente preocupado; incluso temeroso. Y odiaba que se sintiera así. Me acerqué hasta él y me acurruqué en su pecho. Aferró mis manos y me sentí más segura.
- Es una tontería y no debes darle más importancia que la que tiene, ¿de acuerdo? –hice una pausa, esperando que respondiera. Pero no lo hizo así que decidí continuar con todas las consecuencias- La noche de mi cumpleaños me montaron una fiesta, como ya sabes. Y fue un montón de gente a la que esperaba ver, incluso más de lo que creía. Fue increíble –sonreí al recordarlo-. Pero no pudieron estar todos los que hubieran querido ir, y al día siguiente me encontré con varias de las personas que no pudieron y me explicaron sus motivos. Una de esas personas fue Sergio –dije la última frase de carrerilla para que no me costara tanto trabajo. Sentí como la figura de Michael se volvía más rígida y aún sin mirarle podía adivinar su expresión-. Me contó que estuvo trabajando, y que lo había sentido mucho, que le hubiera gustado ir y…
- ¿Y? –me interrumpió. Bajé la cabeza ante su tono cortante pero entendí su reacción.
- Dimos un paseo por el pueblo contándonos cómo nos iba todo.
- ¿Le hablaste de mí? –volvió a cortarme.
Me sentí incapaz de responder así que continué por dónde iba.
- Me llevó hasta el parque donde siempre nos habíamos visto e imaginé qué quería que yo recordara todo lo que había pasado entre nosotros.
- Pero no le detuviste a pesar de que sabías por qué te llevaba allí –susurró-. Y todavía no has contestado a mi pregunta.
No aguanté más y cambié de postura para que nuestros ojos quedaran a la misma altura, pero con cierta distancia. Observé su rostro serio y desanimado y pasé suavemente mi mano por él.
- Déjame acabar –susurré. Asintió y volví a sostener sus manos-. Me dijo que cuando me fui se dio cuenta de lo importante que era para él y que sentía no haberlo podido saber antes, porque me hubiera pedido que me quedara –enarcó una ceja y sonreí tímidamente ante ese gesto que tanto repetía-. Y después me besó.
Hizo ademán de hablar un par de veces pero siempre volvía a cerrar sus labios. Después de varios segundos me miró de nuevo y me dirigió las palabras con un cierto tono de reproche.
- Y tú le dejaste que lo hiciera.
- Sí –afirmé. No podía mentirle. No ahora-. Y lo hice por varias razones. Sobre todo por dos. La primera es que después de tanto tiempo, después de todo lo que tuve con él y después de tanto tiempo sin verle… Tenía ganas –lo dije tan bajo que no estaba segura de que me hubiera escuchado.
Cuando se levantó de la cama y se apoyó en la mesa entendí que sí.
- No puedo creerlo… No puedo creer que…
- Para el carro –esta vez fui yo la que le corté-. Te recuerdo que tú hiciste lo mismo con Natalie –levantó levemente su cabeza y dejó de mirar a la pared para colocarse de nuevo frente a mí.
- Yo nunca he tenido dudas.
- Esos días las tuviste.
- No respecto a otras personas. Siempre supe que te quería a ti.
- Mike, no tengo dudas, se acabaron hace tiempo. Estoy aquí y te quiero a ti –me miró de nuevo-. Déjame acabar.
- Las tuviste.
- Por unos minutos. Déjame acabar.
- ¿Qué pasará cuando esos segundos sean días? -bajó la cabeza de nuevo-. Acaba –susurró.
- Lo deseaba, sí. Pero lo deseaba también por qué quería estar de nuevo convencida de que no quiero que me besen otros labios que no sean los tuyos. Tuve dudas durante, quizá, unos minutos. Pero quería que lo hiciera porque en cuanto notara que lo que estaba pasando era real mis dudas iban a desaparecer. Yo te quiero a ti, y necesitaba algo lo suficientemente fuerte para volver a tenerlo claro de nuevo. Es extraño, pero es así. No estoy orgullosa de haberlo deseado, pero no puedo mentirme, ni a mí misma ni a ti. Porque no quiero hacerlo. Hubiera sido más fácil ocultarte todo esto pero quiero ser completamente sincera contigo, porque es lo que mereces. No hay dudas, no hay miedos. No hay nada de eso. Te lo aseguro. He vuelto cuando podía haberme quedado. Pero he vuelto. Y eso es por algo -me miró de nuevo y observé como la calma se había vuelto a instalar en su rostro-. Sé que no es muy fácil, pero confía en mí. Por favor.
Pasó su mano por mi mejilla y sonrió, indicándome que lo haría.
Se desplazó hasta la entrada de la habitación y, para mi sorpresa, apagó la luz. En menos de tres segundos había vuelto a acercarse a mí y me abrazaba dulcemente.
- En pocas ocasiones he dejado de confiar en ti –susurró. Pasó el dedo por mis labios y los besó. Tuve la sensación de que estaba sonriendo mientras lo hacía-. ¿Te había dicho ya que me quedo a dormir?
Sonreí yo también, casi incrédula por la poca importancia que le había dado. Imaginé que quería darme la seguridad que necesitaba, la confianza que necesitaba. Y se lo agradecí.
Con un solo movimiento hizo que los dos cayéramos a la cama. Sonriendo aún más. Busqué sus labios con urgencia y me los ofreció como siempre hacía.
- Tienes que contarme todo… -murmuró a los pocos minutos-. Pero creo que puede esperar, ¿no?
Reí y besé su cuello haciendo que se estremeciera.
- ¿Te había dicho ya que te he echado de menos?
Se tumbó sobre mí y acarició mi cara.
- ¿Te había dicho ya que te quiero?
Sus ojos centellearon aun en la oscuridad.

22 de septiembre de 2011

Capítulo 66.

No quiero dejar de hacerlo mientras tú sigas queriendo que lo haga.

- Genial… -susurré. Era lo que menos me esperaba y, para ser sincera, lo que menos me apetecía. Estaba enfadada con él, estaba muy enfadada con él.
- Hola… -susurró también.
Las chicas abandonaron la habitación inmediatamente y Michael se sentó en la cama, aunque a una distancia considerable de mí. Su rostro me indicaba que él también estaba molesto.
- ¿Estás enfadado? –pregunté seriamente sin darle tiempo casi a acomodarse.
- Sí, la verdad es que sigo bastante enfadado –su tono cobró seguridad y me regañó con la mirada.
- Pues no sé a qué has venido, esta vez no seré yo quien de su brazo a torcer si es lo que esperas que haga –le espeté para su asombro.
Esperó unos segundos en los que observé sus intenciones de hablar; intenciones que debió desechar al instante pues bajó la cabeza y juntó ambas manos sobre sus rodillas.
- ¿Qué nos está pasando? –murmuró-. ¿Por qué no hacemos otra cosa que discutir? No me esperaba algo así…
- ¿Y qué te esperabas? ¿Una chica que te diera la razón en todo? ¿Alguien que te bailara el agua aunque no estuviera de acuerdo con lo que haces o dices? Lo siento, Michael, pero yo no soy así. Tengo mi carácter y no tengo porque dejar que tú pases por encima de él –resoplé y continué mirándole. Me dolía verle así y me dolía todo aquello, pero si buscaba alguien dócil a quien manejar a su antojo se había equivocado de persona.
- No me refiero a eso –elevó levemente la cabeza y me miró de reojo como sorprendido por lo que acababa de escuchar-. Me gusta como eres, me gusta que tengas carácter. No quiero arrebatártelo porque es algo tuyo y además algo que aprecio. No sé por qué has dicho todo eso -Le miré sin entender y me acerqué ligeramente a él-. No esperaba tantas discusiones y tantos problemas en tan poco tiempo. No hablo sólo de ti, también hablo de mí. No sé que nos pasa pero quiero que acabe ya porque te quiero y quiero estar contigo. Y odio esta situación. Odio que estés sentada lejos de mí y odio no poder abrazarte cuando llevo tanto tiempo sin verte.
Levantó, esta vez sí, la cabeza del todo y posó su mirada en mí quizá esperando que le dijera algo. Pero llevaba tanta razón en todo lo que había dicho que parecía que cualquier cosa que yo pudiera comentar en estos momentos sobraba. Así que salvé la distancia entre nosotros y apoyé mi mano en su hombro. La sostuvo delicadamente y la acercó hasta sus labios.
- Siento no haberte llamado la noche aquella. Me hicieron una fiesta, apenas tuve tiempo para respirar, y luego estaba agotada y… Siento no haberlo hecho, en serio, pero tú tampoco debiste haber reaccionado así.
- Pero, ¿cómo crees que me sentía? Te hice un regalo de cumpleaños que muy pocas personas hubieran sido capaces de hacer, y no hablo del dinero que costó, habló de lo que significó. Significó tenerte lejos en un día que siempre ibas a recordar; acepté que no quisieras que fuera contigo con la única condición de que me llamaras todas las noches. Y la noche que de verdad tenías que llamar no lo hiciste. Y no sabes lo que me dolió. El día de tu cumpleaños, Judi, un montón de gente felicitándote y yo pegado al teléfono como un bobo –bajó la cabeza de nuevo y me sentí horrible. Pasé mi brazo por su cuello y le besé en el pelo dulcemente-. Sólo quería estar contigo de alguna forma posible y no me diste la oportunidad de hacerlo.
- Me siento fatal… -el nudo en la garganta apareció y me mordí el labio inferior en señal de aguante; no quería dar rienda suelta a lo que me rondaba la cabeza-. No sé ni qué decirte. Perdóname…
- Y después me dices que no te quiero, que sólo quiero a alguien cerca –me miró con media sonrisa y supuse que no le hacía ninguna gracia-. ¿Cómo puedes decir eso? Es algo que no me emociona excesivamente, pero si salgo a la calle tengo a mil chicas tirándose a mi cuello. Si sólo quisiera no sentirme solo me buscaría a una chica que no me trajera tantos quebraderos de cabeza como me traes tú –me apuntó con el dedo índice y me miró de esa forma que sólo él sabe hacer-. Si simplemente quisiera estar con alguien, si no me importara con quien, me buscaría a alguien más manejable y no a un terremoto como eres tú, que arrasas con todo; y me incluyo –sonrió de nuevo y volvió a bajar la cabeza-. Pero te quiero a ti y no quiero dejar de hacerlo mientras tú sigas queriendo que lo haga.
- No quiero que dejes de hacerlo… -musité-. Nunca.
Me miró de nuevo y me dio un tierno y rápido beso en los labios. Acaricié sus mejillas y me recosté contra él.
- Por eso veo absurdo tantas discusiones. ¿Me quieres? –preguntó a los pocos segundos.
- ¿Ya estás otra vez con preguntas que no tienen ningún sentido? Claro que lo hago y no quiero dejar de hacerlo mientras tú sigas queriendo que lo haga.
Ambos sonreímos y me retiró el pelo de la cara.
- ¿Puedo contarte algo?
- Sí –respondí segura.
- Llamé a Natalie -apreté los labios y fruncí el ceño. Eso sí que no me lo esperaba-. Y las veces que no contesté a tu llamada… La mayoría estaba con ella. Y no quise ponerme. No quería hablar contigo y ella era una de las razones. El primer día que la llamé estuvimos todo el día juntos. El segundo durmió en mi casa. A la mañana siguiente me besó. Y no protesté, ni siquiera me importó –bajé la cabeza y me rompí en pedazos. Me sujetó el mentón y elevó mi rostro para que pudiera mirarle de nuevo-. Escúchame –susurró-. La pedí tiempo, la dije que no quería que volviera a hacerlo porque tú estabas lejos y no era justo que pasara nada y que ni siquiera pudieras saberlo, que primero debía hablar contigo y… –no daba crédito a lo que estaba oyendo así que me levanté y caminé nerviosa por la habitación. Él se levantó al tiempo y trató de coger mis manos pero me zafé de él.
- ¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo?
- ¿Te das cuenta de que no me has dejado terminar?
- ¿Te das cuenta de que no quiero escuchar nada más?
Rió y me dieron ganas de darle un inmenso bofetón.
- ¿Y te ríes?
- Déjame acabar.
- No quiero.
- Vas a tener que hacerlo.
- ¿Me vas a obligar?
- Sí.
Nos miramos durante unos segundos y me apoyé en la mesa de espaldas. No quería escuchar más. No sabía ni cómo sentirme, ni qué decir, ni de qué forma matarles a los dos. Maldito diablo, siempre buscando el momento para colarse en la vida de Michael.
- Estaba enfadado, recuérdalo.
- Yo también estaba enfadada contigo pero no por eso caí en los brazos de cualquiera. Y no porque no tuviera oportunidades, ¿eh?
- Luego me contarás eso –levantó una ceja y sujetó mis hombros quedándose frente a mí-. Estaba muy enfadado y Natalie me había hecho pasar unos buenos días mientras que tú no me habías dado nada más que…
- ¿Quebraderos de cabeza? –le corté.
- Unos meses muy confusos –resopló-. Y yo quería estar bien de una vez y por un momento me planteé lo que habías dicho. ¿Y si no te quería a ti tanto como creía? ¿Y si sólo necesitaba a alguien? Tenía a Natalie y estaba bien, ¿por qué no intentarlo con ella?
- ¿Es absolutamente necesario que me cuentes todo esto? –solté una pequeña lágrima que atrapó en seguida y acarició mi cara.
- Sí.
- No sé a dónde pretendes llegar pero no me interesa.
- Te quiero. A ti. Sólo a ti. Ahí es a donde pretendo llegar. No quiero la compañía de otra persona, no quiero a Natalie, no quiero a nadie que no seas tú. Todos tenemos dudas, ¿no? Yo las tuve pero te aseguro que no las volveré a tener. He aprendido, Judi. He aprendido de todo esto mucho. Si estoy aquí es porque, a pesar de que estuviera enfadado, te quiero. Te quiero mucho. A ti.
Sonreí medianamente y rodeé su cintura con los brazos apoyándome en su pecho.
- ¿Y Natalie?
- Ni siquiera fue ella el motivo de mis dudas. Estaba ella igual que pudo estar otra persona. Lo único que me pasó fue que estaba enfadado y en lugar de romper cosas me dio por pensar. Es que no te imaginas lo enfadado que estaba –rió-. No recuerdo haber estado así nunca –se mordió el labio inferior y agradecí que estuviera ahí, conmigo.
- ¿No la has vuelto a ver?
- Sí. La dije que lo sentía pero que no podía llegar a sentir por ella lo que sentía por ti, por mucho que pasara el tiempo… Sois tan diferentes –me clavó su mirada y ambos sonreímos-. En serio, sois tan completamente diferentes que no sé en qué momento se me pudo pasar por la cabeza la estupidez de intentarlo con ella –rió de nuevo y le abracé con fuerza.
- Te he echado de menos –le di un beso en la oreja y comprobé cómo se estremecía. Sonreí ante aquel gesto y busqué sus labios con necesidad, con urgencia.
- Y yo a ti. Te diría que empezáramos de cero pero no me parece justo. Hemos pasado muy buenos momentos juntos y no quiero olvidarlos ni hacer como si no hubiesen existido. Pero podríamos olvidarnos de los últimos meses, eso sí. Por favor. Como si lleváramos sin separarnos desde que nos conocimos, ¿vale?
- Me parece bien. Pero, ¿qué les contaremos a nuestros hijos cuando nos pregunten que hicimos durante todo este tiempo?
Se rascó la cabeza y le abracé aún más fuerte. Que guapo era.
- Tenemos tiempo para inventarnos algo, ¿no crees?
Asentí y le besé de nuevo.
- Chicos… -la puerta se tornó ligeramente y Lorena asomó la cabeza-. La comida ya está, luego podéis seguir con la reconciliación.
- ¿Qué reconciliación? –preguntó.
- ¿Alguna vez hemos estado enfadados? –Le miré y sonreímos de nuevo.
Lorena suspiró y se fue murmurando al salón.
- Te quiero –susurré.
- Y no quieres dejar de hacerlo, ¿verdad? Porque voy a querer que lo hagas siempre.