30 de marzo de 2012

Capítulo 71

Encontraremos la forma.

En el momento en que Michael insistió en que no le acompañara a su casa, yo decidí hacerlo aún con mayor decisión. Pese a que durante toda la tarde se había mostrado como el chico alegre y divertido que es, sabía que aquella pregunta sobre sus padres había trastocado sus pensamientos y les había sobrevolado todo el tiempo que estuvimos charlando con mi familia. Lo noté en su expresión y en sus gestos. Una de las ventajas de pasar tanto tiempo con una persona es que acabas conociéndote cada mínimo detalle suyo a la perfección. Lo conocía. Y sabía que le había afectado.
Mis padres y mi hermana se despidieron calurosamente de Michael, a pesar de que éste había prometido que haría todo lo posible para poder despedirse de ellos mañana en el aeropuerto, tal como iba a hacer yo. Me gustó la idea, pero sabía que sería difícil. A pesar de haberse distanciado últimamente mucho de Joseph, seguía informándole con bastante frecuencia de los lugares a los que iba a ir. Y estaba cien por cien segura de que Joseph le diría que no era buena idea que fuera a un aeropuerto, donde cada día se pasean millones de paparazzis en busca de sus exclusivas. Así que por primera vez, y sin que sirviera de precedente, estaría de acuerdo con algo que Joseph le aconseja a Michael.
Cuando bajamos a la calle, Sam aún no había llegado, así que decidimos esperar dentro del portal para evitar posibles altercados. Mi calle no era realmente muy transitada, pero cuanto menos nos expusiéramos mejor. Con el éxito de Off the wall todo se había “complicado” un poco; a Michael le resultaba muy difícil pisar la calle sin que nadie se le echara encima. A mí no me importaba en exceso, era él quien se preocupaba demasiado por ello. “Acabarás cansándote…”. Pronunciaba esas palabras completamente seguro de ellas. Después suspiraba y agachaba la cabeza. Y yo me reía. ¿Cansarme? ¿De qué? ¿De Michael? No tenía sentido.
- No parecías muy convencida de que mañana vaya a acompañaros al aeropuerto –dijo de pronto, interrumpiendo mis pensamientos.
- Es complicado, Mike. Me alegraría que pudieras venir, pero si no puedes no pasa absolutamente nada, quiero que lo tengas claro –me acerqué a él y acaricié su nariz con la mía, sonriendo. Algo que él no hizo.
- Hasta el día que pase.
- Para.
- Llevo razón.
- No, no la llevas.
- Llevo razón y un día se demostrará.
Suspiré y abrí la puerta del portal. Encontrarme con el coche conducido por Sam fue un alivio. Si no deteníamos aquella conversación acabaríamos discutiendo, o semi-discutiendo.
- Ya está Sam, vamos.
En el trayecto a su casa, mientras Michael y Sam charlaban, no pude evitar pensar en cómo Michael y yo habíamos cambiado en ese aspecto. Es verdad que desde que volví de España la paz había reinado entre nosotros, pero aún así sí habíamos tenido alguna que otra conversación que podría haber desembocado en un enfado –que logramos evitar poniendo los dos de nuestra parte-. Eso era impensable para nosotros en un principio. Supongo que por miedo a decir algo hiriente demasiado pronto o tal vez porque realmente no nos conocíamos bien el uno al otro, pero lo cierto es que no discutimos por primera vez hasta que no pasó un tiempo largo. Algo que no puede decirse de los últimos meses. Pese a ello, sentía que eso nos había hecho más fuertes. A mí, desde luego, me había servido para valorar mucho más a Michael. Puede que en ocasiones fuera demasiado cabezota, demasiado poco adulto o demasiado desconfiado. Pero eran minucias comparadas con todo lo que me aportaba. Ahora sí podía decir que le conocía bien. Y desde luego no iba a permitir que nada me volviera a separar de él.
Aparté los ojos de la ventana para dirigirlos a él, inclinado ligeramente sobre el asiento delantero para poder hablar tranquilamente con Sam. No sé si era realmente consciente de mi suerte por tenerle a mi lado. Pues claro que no iba a permitir que nada me volviera a separar de él.
Quedé con Sam unas dos horas más tarde en la entrada principal para que me llevara de vuelta a casa. Según me habían dicho mis padres, querían dar un paseo por el barrio, así que tenía tiempo suficiente para hablar con Michael sin prisas.
Caminamos hasta nuestro árbol de siempre, a unos diez minutos de la entrada, en completo silencio.
- ¿Te has enfadado? –preguntó finalmente al tiempo que se sentaba y se apoyaba en el árbol. Le miré sin entender.
- ¿Enfadarme por qué?
- Nuestra charla en el portal.
- Querrás decir nuestro intercambio de cinco frases escuetas –me senté yo también y sostuve su mano.
- Siete –apuntó.
Puse los ojos en blanco y de reojo le vi curvar ligeramente los labios.
- ¿Por qué iba a enfadarme? ¿Porque pienses que en un tiempo me habré cansado de ti, lo cual significa que no te acabas de creer que quiero estar contigo? Que va, por esas cosas no me enfado.
- Odio tu ironía.
- No, no la odias. Te encanta y además la imitas –levanté las cejas y sonreí. Esta vez el también lo hizo-. No me he enfadado, Mike, pero como comprenderás no me hace mucha gracia que pienses que voy a salir corriendo. Y esta conversación la hemos tenido muchísimas veces, no quiero volver a ello, de verdad.
- Confío en ti. Pero también sé que las circunstancias no son demasiado… Favorables a nosotros.
- Encontraremos la forma de que lo sean.
- ¿Cómo?
Lo medité unos segundos. Necesitaba encontrar una respuesta lo suficientemente convincente para aparcar el tema por ahora. Cuando creí que nada podría salvarme de aquello, decidí recurrir a lo más fácil.
- Mírame a los ojos.
- Aham.
- ¿Me quieres?
- Sí.
- ¿Qué hay más favorable que eso? –mostré la cara que suelo mostrar cuando quiero que la persona con la que hablo se de cuenta de que llevo razón y acto seguido le besé, sin darle opción a contestar.
Me lo devolvió de buena gana mientras acariciaba mis mejillas. Antes de que me hiciera perder la noción del tiempo, decidí detenerle. Nos quedamos frente a frente y de la forma más dulce posible, le susurré:
- Te quedaste demasiado pensativo cuando mi padre te preguntó sobre los tuyos –le di tiempo para que contestara, pero en lugar de eso se alejó ligeramente de mí. Supuse que necesitaba un impulso así que se lo di-. Háblame de ello.
- ¿De lo siempre? –suspiró. Sabía que aquello le dolía, pero guardárselo dentro no ayudaba.
- De lo que haga falta. Repíteme trescientas veces una cosa que seguiré escuchándola con la misma atención y con el mismo interés que la primera vez que la dijiste.
Sonrió y acarició de nuevo mi cara.
- En realidad… Hay algo de lo que todavía no te he hablado.

29 de marzo de 2012

Capítulo 70.

Muy familiar

- ¡Hola! –respondió jovial mi hermana. Imaginé que se había lanzado a darle dos besos. Así que también imaginé que Michael estaría sonriendo por aquel gesto tan cariñoso.
Me levanté y caminé hacia la puerta, adelantando a mis padres, que también iban hacia allí. Me acerqué a él y le di un suave beso en la mejilla. Me sonrió y supe que nada podía salir mal.
Así que con más confianza de la que imaginaba me giré colocándome frente a mis padres, que mostraban una expresión entre fascinación y alegría.
- Michael –le miré-, te presento a mis padres, Fernando y Nieves, y a mi hermana, Alba –dije en un perfecto inglés-. Mmm… -miré a mis padres y señalé a Michael-. Os presento a Michael, mi novio –dije en un perfecto español.
Mi padre avanzó dos pasos hasta él y le tendió la mano. Mike la estrechó con agrado.
- Es un placer conocerle por fin –dijo en un torpe español. Me reí ante aquello y mi padre levantó las cejas; de sorpresa, supuse.
- Igualmente –sonrió-. Mi hija te ha enseñado español, por lo que veo.
- No, papá. Bueno, lo he intentado, pero sólo logré que aprendiera palabras sueltas –suspiré y le miré negando con la cabeza por su poco interés por aprender mi lengua materna. Palabras como “farola” o “croqueta” se las sabía de memoria, sí. Pero solamente porque las consideraba “graciosas”. Era un caso perdido-. Esto ha sido de su cosecha propia.
- Oh… –mi padre volvió a mirarle y sonrió- Que amable.
Se separaron y Michael caminó ligeramente hasta mi madre.
- Encantado de conocerla, es usted muy hermosa.
- Igualmente, cielo –sonrió y después me miró a mí-. Judith, dile que no me trate de usted o empezará cayéndome mal desde el principio –me taladró con la mirada. Sin duda eso era algo que había aprendido a hacer de ella.
- Tranquila, no creo que vuelva a dirigirse a ti en español. Probablemente sea la única frase con sentido que sepa –sonreí y volví a mirarle.
- No te he entendido, pero por la cara de maldad que has puesto seguro que has dicho algo malo de mí –enarcó una ceja y sonreí.
- Malísimo –le saqué la lengua-. Y esta es mi hermana, Alba.
- Encantada –dijo la enana en inglés.
- Igualmente –Michael sonrió ampliamente y yo respiré con tranquilidad.
Primera toma de contacto superada.
A partir de ahora vendría lo más pesado, por ponerle un calificativo: traducir cada frase de cada uno a ambos idiomas.
- Que bien te lo vas a pasar –sonrió Alba, adivinando mis pensamientos.
La di un codazo y le susurré:
- Pon de tu parte o esta noche dormirás en el suelo –después les miré a todos y sonreí-. ¿Nos sentamos?
En ese momento decidí que todo aquello que quisiera decir lo haría en un primer momento en español. Después, se lo explicaría a Michael. Cuando éste hablara, primero se lo contaría a mis padres y después contestaría, con mis respuestas y con las de mi familia. Y cuando ésta hablara, primero se lo traduciría a Michael y después contestaría, con sus respuestas y con las mías. Debí haber puesto una cámara que grabara todo aquello.
Sorprendentemente, la comida transcurrió amena, divertida. Y muy familiar. Mis padres, como era lógico, querían saberlo todo él. A dónde quería llegar en el mundo de la música, cuál era su mayor objetivo, si seguiría grabando discos en solitario, dónde pensaba vivir en los próximos años... Qué le había hecho fijarse en mí, qué pensaba de nuestra relación, a dónde quería que llegara... Sus padres también salieron a la luz y Michael contestó a cada pregunta con gran respeto y objetividad, sin dejarse llevar por los sentimientos. Me asombró, pero a la vez no. Supuse que estaba demasiado acostumbrado a disimular una buena relación con ellos ante las cámaras.
En la hora que estuvimos sentados en la mesa, le formularon alrededor de nueve mil preguntas. Preguntas que, por supuesto, tenían que pasar por mi traducción para que Michael pudiera responderlas. Y respuestas que también tenían que pasar por mi filtro de idioma.
Ahora bien, Michael tampoco se quedó nada corto. Con su habitual curiosidad, quería saberlo todo de ellos. Su trabajo, cómo se sentían en él, sus amigos, si me echaban de menos, los estudios de mi hermana… Todo.
Una vez acabada la comida decidimos trasladarnos al sofá, donde el interrogatorio continuó. Fue una gran satisfacción para mí comprobar que parecían caerse bien entre ellos, a pesar de la gran barrera que suponía el idioma. Michael describió a mi padre como “buena gente y divertido”, y a mi madre como “un ángel”. De mi hermana dijo que era una copia de mí por lo que sólo había palabras buenas.
Todos coincidieron en que Michael era un gran chico.
Así que yo sonreía sin parar, conteniendo las ganas de comérmeles a besos y abrazos a todos. Qué fácil estaba resultando.
- ¿Por qué no han venido sus padres? Me gustaría haberles conocido –preguntó mi padre de pronto. Debí haberle advertido de que no preguntara aquello, pero por alguna razón se me pasó por completo. Y era normal que mi padre quisiera conocer a los padres de mi novio. Era lo que se había hecho toda la vida.
- No creo que fuera buena idea –afirmé muy segura-. Mejor dejamos ese tema aparcado.
- ¿Qué ha preguntado? –la expresión de Michael cuando le miré me hizo comprender que había entendido, al menos en parte, lo que mi padre había dicho.
- Nada, nada –traté de ocultar.
- Judi… -me suplicó con la mirada y no me quedó otra: no podía esconderle nada cuando hacía aquello.
- Que por qué no han venido tus padres.
Mantuve la vista fija en él pero apartó su mirada de la mía y sonrió; imaginé que con ironía. Después miró a mi padre y dibujó una sonrisa, esta vez más amplia.
- Estaban ocupados –dijo al fin.
Dirigí la mirada a mi padre cuando transcurrieron unos segundos y le expliqué brevemente que tenían una vida muy ajetreada.
- Vaya, es una pena –señaló con evidentes signos de tristeza-. De verás me hubiera gustado conocerles.
Se lo traduje a Michael y éste respondió de inmediato:
- Ellos también hubieran estado encantados de conoceros, de verdad.
Sostuve su mano y temí por la alegría que había abundado en él durante este tiempo. No quería que se esfumara.
Siempre había admirado de mi madre la capacidad para darse cuenta de cuándo algo no va bien. Y sobre todo cómo sabía cambiar las situaciones y conducirlas hacia donde no hicieran daño.
- ¿Cómo es posible que no te de vergüenza subirte a un escenario ante millones de chicas que gritan tu nombre? –preguntó de pronto, acabando con el silencio que se había instaurado.
Sonreí ante aquello y la di las gracias con la mirada. Ciertamente era un ángel.
Michael rió cuando le pregunté aquello y volvió a ser el mismo de siempre en apenas unos segundos.
La alegría volvió. Las sonrisas con ella.
Aún quedaban trescientas millones de preguntas que realizarse.

Capítulo 69.

Un momento para la familia

Cuando a las ocho de la tarde sonó varias veces el timbre, cada una estaba en una punta de la casa. Yo me encontraba en el sofá con Nana, hablando de todo y nada a la vez, con ese punto de tristeza en la mirada que surgía cuando recordábamos a Lorena. Ella estaba en su cuarto desde hacía ya dos horas. Marina, por su parte, seguía en el baño. Probablemente habían pasado dos horas también desde que se había metido a duchar.
Pero sonó el timbre y en menos de veinte segundos todas estábamos paradas frente a la puerta. Nos miramos entre nosotras y finalmente Nana se decidió a abrir.
Lo primero que vi fue el rostro sonriente de Alberto, el padre de Marina, que corrió a abrazarse a ella seguido por Marta, su madre, y Alba, su hermana.
Después atravesaron el umbral Ángel, Reyes y Ángela, padres y hermana de Lorena.
Los padres de Nana, Antonio y Maribel, y su hermano, Iván, fueron los siguientes en pasar.
Finalmente yo sonreí ante la imagen de mis padres, Fernando y Nieves, y mi hermana, Alba, y también me abracé a ellos.
Una vez finalizada la ronda de besos y abrazos, y con la calma reinando de nuevo en la casa, establecimos un horario que nos permitiera cambiarnos a las dieciséis personas que allí nos encontrábamos antes de que pasara una hora, para poder llegar al restaurante con tiempo. Optamos por que cada padre y madre se cambiara en la habitación de su hija, después pasarían los hermanos y por último nosotras, a las que nos describieron como “las más tardonas”, probablemente con la mayor razón del mundo.
Milagrosamente, cuarenta y cinco minutos después todos estábamos listos para celebrar lo que sería la última noche de este año que había sido tan diferente; tan inolvidable.
Fui la última en salir de casa, echando un vistazo a lo que había sido mi hogar en todo este tiempo. Cerré la puerta, me observé los zapatos negros, sonreí y bajé corriendo las escaleras.

La cena en el restaurante no puede describirse como algo normal cuando los que cenábamos éramos nosotros. Lo único que faltó fue que las madres se tiraran comida. Los demás lo hicimos.
Reímos, hablamos más fuerte de lo normal e incluso en algunos momentos cantamos. Pero tratándose del día que era todo estaba permitido. Y más sabiendo que sería la última noche que tendríamos así en mucho tiempo; las cosas a partir de ese día comenzarían a cambiar con la marcha de Lorena.
En ocasiones bajaba la cabeza y trataba de imaginarme cómo sería mi vida después de perder a una persona que me había acompañado cada día durante más de quince años; no podía ni pensarlo. Al final llegué a la conclusión de que sólo podía resignarme, aceptarlo y tratar de acostumbrarme a ello. Tarea difícil. Estos pensamientos siempre solían acabar con una pequeña patada de Marina por debajo de la mesa. La miraba y sonreíamos, aunque en el fondo las dos pensábamos lo mismo: nada sería igual.
Entonces volvía a desconectar y observaba como mi padre divertía a todos con sus chistes, como Alberto le acompañaba de buena gana, como Antonio reía sin pasar, como Ángel se unía al festival del humor y como Iván trataba de poner un poco de orden, algo en lo que dejó de insistir después de muchos intentos, pasando él también a formar parte de la fiesta. Después miraba a mi madre, que charlaba animada con las demás. Muy animadas. Mi hermana, Alba y Ángela, por su parte, cotilleaban acerca de todo aquello que puede pasar por la cabeza de una adolescente. Después surgía un tema común y dieciséis voces trataban de hablar a la vez.
Así dimos entrada al nuevo año, con un momento para la familia difícil de olvidar por mucho que pase el tiempo.
El show no terminó ahí. Quedaba lo mejor: dormir dieciséis personas en un piso construido para cuatro. Como supimos con bastante antelación que íbamos a tener la visita de todos los padres, decidimos comprar un par de colchones que colocaríamos en las habitaciones de Nana y Lorena; la mía y la de Marina ya contaban con un colchón de más. Así que los padres dormirían en las camas en las que solíamos dormir habitualmente nosotras, y en los colchones, sobre el suelo, dormiríamos los hijos. Fue divertido, y difícil, lograr una cierta coherencia en las colocaciones a pesar de que todos parecíamos tenerlo muy claro desde un principio. Cuando finalmente lo logramos, caímos todos rendidos por el cansancio.
Cerré los ojos y creía seguir escuchando risas.

Risas que continué escuchando al día siguiente en la comida de Año Nuevo. No fue muy diferente a la cena de la noche anterior, excepto porque el cansancio era un poco más grande. Pero las ganas de pasarlo bien, todos juntos, eran las mismas. Así que se pasó igual de rápido.
Después decidimos enseñarles la ciudad, al menos en parte. Andamos lo que no está escrito y cuando llegamos a casa el agotamiento se había multiplicado por mil.
Para entonces yo ya estaba dándole vueltas a lo que iba a ser el día siguiente. Había hablado con Michael por la mañana alrededor de quince minutos, los suficientes para que, de repente, los nervios crecieran en mí. Nunca les había presentado un chico a mis padres. Por si eso fuera poco, nunca les había presentado un chico que no hablara su idioma. Vamos, que iba a ser un espectáculo. Además, sabía que Mike también era un manojo de nervios, lo que hacía que aumentaran los míos. Me tumbé en la cama, o como se pueda llamar a un colchón en el suelo, y prácticamente recé para que todo saliera bien. Cerré los ojos y traté de visualizar a Michael al lado de mis padres y de mi hermana. A los pocos segundos sonreí. Era una imagen preciosa.

Me había pasado toda la mañana en la cocina con mi madre: comida para cinco. Marina se había llevado a su familia a conocer a Adrien; Nana se los había llevado a un restaurante y Lorena a otro. Así que en casa quedábamos mis padres, mi hermana y yo; de momento.
Me senté en el sofá junto a mi hermana y miré el reloj. No era habitual que Michael llegará tarde y ya llevaba quince minutos de retraso. Por mi cabeza pasaron ideas tan absurdas como que se había arrepentido; me fustigué mentalmente por desconfiar de él y volví a mirar el reloj: dieciocho minutos tarde. Suspiré y dirigí mis ojos a mi hermana, que me observaba divertida.
- ¿Nerviosa? –preguntó con su habitual tono gracioso en la voz.
La hice una mueca y volví a mirar al frente.
- Casi nada.
Entonces sonó el timbre. Me levanté al instante pero Alba me empujó hacia atrás, haciendo que volviera a caer.
- De eso nada –sonrió-, abro yo.
Observé desde el sofá como caminaba hacia la puerta mientras me mordía el labio. Mi madre había salido de la cocina y mi padre apareció en el salón; también les lanzaba a ellos miradas de reojo.
Oí como la puerta se entornaba y cerré los ojos. Que nervios más tontos.
- Hola –su dulce voz sonó a lo lejos.

26 de marzo de 2012

Capítulo 68.

Despedidas.

31 de diciembre de 1979.
- A mí me siguen gustando más los zapatos grises que los negros –comentó Marina tras mirarme de arriba a abajo.
- El negro es más elegante –Nana la dirigió una rápida mirada y después volvió a observarme a mí-. Yo me pondría esos.
- El vestido tiene tonos grises. El gris va bien.
- El vestido, en su mayoría, es negro. El negro va bien.
- Sí, pero toda de negro parece que va a un funeral, no a una cena.
- No va toda de negro… El vestido tiene tonos grises –Nana le guiñó un ojo y después se acercó para mirarme más de cerca-. No puedo creer que faltando sólo unas horas sigas sin saber qué ponerte.
- ¡Sé el 90% de las prendas que voy a llevar puestas! –Protesté al tiempo que me quitaba los zapatos-. Sólo me falta el calzado.
- Y la chaqueta.
- Y los complementos.
Las dirigí una mirada asesina y coloqué los zapatos de nuevo en su lugar. Después volvería a pensar en ello.
- Chicas –Lorena asomó la cabeza en mi dormitorio y las tres nos giramos para observarla-, ¿podéis venir al salón? Quiero hablar con vosotras.
Intercambiamos una fugaz mirada y la seguimos. Estaba sentada en una esquina del sofá, con pocas muestras de alegría en su rostro y con las manos entrelazas y apoyadas en sus rodillas. Marina se sentó a su lado y Nana al lado de ésta. Yo opté por el suelo.
- Lo he estado pensando mucho… -comenzó, sin dejar de mirar el suelo-. Hace tiempo que llevo dándolo vueltas, de hecho, y por fin he tomado una decisión… -suspiró y nos miró una por una-. Creo que es hora de volver a España.
Soltó aquellas palabras a tal velocidad que fue difícil encontrarlas un sentido nada más oírlas. Al cabo de unos segundos miré a Nana, que miraba fijamente a Lorena, y después a Marina que, sin embargo, me miraba a mí. Nos lo dijimos todo: que se fuera no era una noticia sorprendente.
- ¿Lo has pensado bien? –Pasados unos minutos, Nana rompió el silencio.
- Sí, aquí no tengo mucho más que hacer. Entiendo que vosotras estéis a gusto, pero yo… Hace meses que dejé de trabajar y echo de menos España.
- ¿Cuánto tiempo llevas pensándolo? –preguntó de nuevo Nana, aunque ya conocía la respuesta: un par de meses.
- Más o menos desde Septiembre. El verano fue difícil para mí, ya lo sabéis. No ha sido algo fácil de decidir, pero sé que es lo mejor para todos –suspiró de nuevo y me miró-. No sabía si esperar hasta después de la cena para decíroslo, pero al final he decidido que sería mejor así. Mis padres ya están al tanto de ello.
Asentí y aparté bruscamente mi mirada de ella. Por supuesto que no era una sorpresa que se fuera. Lorena ya no era feliz aquí, con nosotras. Probablemente las cosas hubieran sido diferentes si hubiera puesto un poco de su parte, pero estaba claro que lo que ella deseaba era volver. Que no hubiera encontrado un trabajo desde junio era algo decisivo, pero ninguna de nosotras dudaba que el acontecimiento que más había alimentado su voluntad de irse era que hubiera vuelto a tener contacto con su exnovio. Desde que en agosto decidió llamarle por primera vez, iniciando así un ciclo de siete llamadas telefónicas por semana, dejó de preocuparse por muchas de las cosas que sucedían aquí. Al parecer, su ex, un chico mucho mayor que ella que la dio más tristezas que alegrías, la echaba de menos. Nosotras no mostramos excesivo interés cuando volvió a hablar con él, ¿qué podíamos hacer? La había hecho daño; y cuando una hermana sufre no puedes volver a ver con los mismos ojos a la persona que la ha hecho sufrir. Pero tampoco puedes prohibirla nada.
- Os voy a echar de menos, de verdad. Pero una tiene que saber donde está su sitio… Y el mío ahora mismo no está aquí –se puso de pie y miró al frente-. Ya sabéis que no me gustan las despedidas… Quiero que esta noche cenemos con nuestra alegría habitual y que celebremos el año nuevo como siempre hemos hecho, ¿vale? Quién sabe, a lo mejor en un tiempo he vuelto por aquí…
Reí silenciosamente ante aquello. Todas sabíamos que no volvería.
El timbre me hizo levantar la cabeza. Me incorporé casi de un salto y corrí hasta la puerta.
- Hola –sonrió Michael, extendiendo su mano y tocándome la mejilla-. ¿Han venido ya mis adorables suegros? -Puse los ojos en blanco sonriendo y tiré de su camiseta hacia adentro-. ¿Qué te pasa? No tienes buena cara.
- Ahora te cuento –susurré.
- ¡Hola! –saludó efusivamente a las chicas cuando entró en el salón.
Ninguna se había movido de su posición, excepto porque Lorena se había vuelto a sentar. Las tres miraban al frente. Estaba convencida de que no habían vuelto a cruzar una palabra. Michael se giró hacia mí confundido y le indiqué con la mirada que fuera a la habitación. Una vez allí, cerré la puerta.
- ¿Qué ha pasado? ¿Habéis discutido?
- Lorena se va.
Me senté en la cama cabizbaja.
- ¿A dónde?
Incliné la cabeza para mirarle y comprendí que no se había enterado de nada. Sonreí y extendí la mano. Él me la sostuvo y se sentó a mi lado.
- Vuelve a España.
- Vaya… Lo siento mucho –me acurrucó en sus brazos-. ¿Os lo ha dicho hoy?
- Sí…
- Menudo día ha elegido, ¿no? ¿No se supone que hoy todo tiene que ser risas y alegrías?
Reí de buena gana y le miré.
- Se supone. Pero también se supone que se volverá con sus padres y no quería esperar hasta el último día para decírnoslo… -volví a bajar la cabeza y cerré los ojos. Odiaba las malas noticias en un día en que se supone que todo debían ser risas y alegría-. En fin, prefiero no hablar de ello por ahora –me puse de pie y fui en busca de mis zapatos-. Aún no me he decidido, ¿cuál de los dos me pongo? ¿Gris o negro?
- Mmm... Negro.
- Perfecto –sonreí.
- Y hablando de padres… -detuvo sus palabras y volví a mirarle-. ¿Cuándo vienen los tuyos?
- Aún les quedan tres o cuatro horas, así que si has venido para verles siento la decepción –me senté sobre él y le di un suave beso.
- He venido a verte a ti, boba. Pero también quiero conocerles a ellos… -dijo esto último casi avergonzado, lo que provocó una carcajada en mí-. ¿Qué te hace tanta gracia? –inquirió.
- ¿Te da vergüenza conocerles?
- Me da la misma vergüenza que le daría a cualquier chico conocer a los padres de su novia.
- Que mono eres cuando te pones así… -le toqué la nariz e hice que sonriera. Sabía que estaba nervioso-. Puedes posponer la vergüenza y los nervios, he pensado que es mejor que les conozcas una vez pasada la cena.
Mostró sorpresa en su rostro y arrugó la nariz.
- ¿Por qué?
- Bueno, estarán cansados del viaje, tienen que cambiarse e irnos derechos al restaurante. No hay tiempo para grandes presentaciones.
- Pero sólo quiero saludarles, nada más.
- Pero eso puede esperar.
- No quiero esperar.
Suspiré.
- No seas cabezota, anda. El miércoles organizo una comida y así os conocéis tranquilamente –bajó la cabeza pero se la subí de inmediato-. Sólo son un par de días más. Además, así aprovechas para estudiar frases en español con algún sentido, no quiero ejercer de traductora todo el tiempo.
Me sacó la lengua y le imité.
- He aprendido bastante español desde que estoy contigo, ¿eh?
- ¿Tanto como para decirle a mi madre lo guapa que está, a mi padre lo elegante que es y a mi hermana lo mucho que se parece a mí?
- Tanto y más –volvió a sacarme la lengua y sonreí-. Pero seguiré practicando para dar buena impresión.
- Así me gusta.
- Y ahora tengo que irme –se levantó de un salto y se colocó el pelo-. Ya que me niegas conocer a mis suegros, creo que voy a llevar a mi madre a dar un paseo. Así se relaja un poco.
- Me parece muy bien –me acerqué hasta él y le abracé-. Dala un beso de mi parte.
- Eso está hecho. Pásalo muy bien esta noche –se inclinó a darme un beso y me acarició la cara. Se apartó ligeramente y me clavó sus ojos. Sonreímos.
- Sé que no celebras estas cosas, pero… Espero que tengas un buen comienzo de año, Mike.
- Tú también, pequeña –volvió a besarme tiernamente-. Los negros –dijo señalando al lugar donde colocaba los zapatos. Sonrió y yo hice lo mismo-. Hasta el año que viene –abrió la puerta y me guiñó un ojo.
- Te quiero.
- Yo casi nada.
Le saqué la lengua y sonrió de nuevo.
Me senté en la cama e hice lo mismo. Había sido un muy buen año.

8 de diciembre de 2011

Capítulo 67.

¿Te había dicho ya...?

- ¿Vas a contarme de una vez cómo fue todo? –me recriminó con un gesto de enfado poco creíble. Cerró la puerta y se acercó hasta mí. Me mordí el labio inferior y sonrió.
- ¿Vas a quedarte a dormir? –Le besé y rodeé su cintura.
- ¿Vas a contestar alguna de mis preguntas? –puso los ojos en blanco y sonreí, abrazándole con más fuerza. Casi había olvidado lo maravilloso que era su olor. Casi.
- Depende, ¿vas a contestar tú a las mías?
- Depende, ¿vas a contestar a las mías tú? –me besó en la frente y suspiré-. Te prometo que algún día contaré las veces que suspiras en tan sólo 24 horas.
- Eres odioso.
- Oh, sí. Opinan lo mismo las millones de chicas que, de igual modo, suspiran por mí a lo largo de 24 horas –levantó las cejas y rió.
- Te lo tienes muy creído últimamente.
Le miré, tirando de su camiseta hacía mí y obligándole a besarme. Lo hizo de buena gana y lo agradecí, aun siendo perfectamente consciente que en menos de dos minutos iba a detener ese beso que me había ofrecido. Por alguna extraña razón que todavía no comprendía, Michael era capaz de dar prioridad a su curiosidad y su deseo de saber. Incluso cuando llevábamos varios días sin vernos.
Por tanto, no me extrañó cuando aferró mi cara con sus manos y me obligó a sentarme en la cama con una mirada. Obedecí, por supuesto. Pero no estaba dispuesta a rendirme tan fácilmente y continúe besándole; sabiendo, sin embargo, que él había dado por finalizado ese momento. Retiró su rostro con delicadeza y me clavó sus ojos.
- ¿Te había dicho ya que eres odioso?
Sonrió.
- Quiero que me cuentes cómo ha ido todo, después haremos lo que quieras.
- Define “lo que quieras” –sonreí con picardía.
Agachó la cabeza y me miró de reojo. Sonrió de nuevo.
Me abalancé sobre él, haciendo que se tumbara completamente y aferró mi cintura con sus manos; sin borrar la sonrisa de su boca. Le besé de nuevo y después me detuve a mirarle.
- Eres arrebatadoramente guapo.
- Y tú estás arrebatadoramente esquiva –mi rostro reflejó la confusión que me produjeron sus palabras. ¿Esquiva? ¿Yo? ¿Por qué iba a estarlo?-. ¿Pasó algo por lo que no quieras hablarme de tu viaje?
Y de repente lo recordé.
Sergio.
Me incorporé, dándome cuenta que ni siquiera había pensando en la forma de explicarle a Michael lo que había ocurrido con él. No sólo cómo había insistido para que me quedara, sino el deseo que había sentido yo porque me besara.
Porque sí, iba a contárselo. Aun con el riesgo de que se enfadara. Quería ser completamente sincera con él. Aun con el riesgo de que perdiera parte de su confianza en mí.
- No me asustes…
Desvié mi mirada hacía sus ojos. Él también se había incorporado y su rostro lucia una mayor confusión que la mía. Le acaricié mientras exhibía una media sonrisa para así tranquilizarle.
- No es nada.
-¿Desde cuando reaccionas así cuando se trata de “nada”?
Me mordí el labio de nuevo y por un momento odié que me conociera tanto.
- En serio, no es nada –traté de quitarle importancia-. Pasó algo, sí, pero no pienso contártelo hasta que no me des tu palabra de que no vas a preocuparte.
- Primero rehúyes hablar de ello y después me dices que no me preocupe… Aham, definitivamente estoy preocupado.
- No seas tonto, no he rehuido hablar de ello. Acabo de acordarme ahora mismo, fíjate la importancia que le concedo al asunto –le miré, esperando que le hubiera convencido mi explicación. Pero continuaba observándome confuso, incluso con cierta impasibilidad-. Vale, vale. Ya te lo cuento. Pero prométeme que…
- Habla –me cortó-. Y después veremos qué puedo prometerte –susurró. Estaba realmente preocupado; incluso temeroso. Y odiaba que se sintiera así. Me acerqué hasta él y me acurruqué en su pecho. Aferró mis manos y me sentí más segura.
- Es una tontería y no debes darle más importancia que la que tiene, ¿de acuerdo? –hice una pausa, esperando que respondiera. Pero no lo hizo así que decidí continuar con todas las consecuencias- La noche de mi cumpleaños me montaron una fiesta, como ya sabes. Y fue un montón de gente a la que esperaba ver, incluso más de lo que creía. Fue increíble –sonreí al recordarlo-. Pero no pudieron estar todos los que hubieran querido ir, y al día siguiente me encontré con varias de las personas que no pudieron y me explicaron sus motivos. Una de esas personas fue Sergio –dije la última frase de carrerilla para que no me costara tanto trabajo. Sentí como la figura de Michael se volvía más rígida y aún sin mirarle podía adivinar su expresión-. Me contó que estuvo trabajando, y que lo había sentido mucho, que le hubiera gustado ir y…
- ¿Y? –me interrumpió. Bajé la cabeza ante su tono cortante pero entendí su reacción.
- Dimos un paseo por el pueblo contándonos cómo nos iba todo.
- ¿Le hablaste de mí? –volvió a cortarme.
Me sentí incapaz de responder así que continué por dónde iba.
- Me llevó hasta el parque donde siempre nos habíamos visto e imaginé qué quería que yo recordara todo lo que había pasado entre nosotros.
- Pero no le detuviste a pesar de que sabías por qué te llevaba allí –susurró-. Y todavía no has contestado a mi pregunta.
No aguanté más y cambié de postura para que nuestros ojos quedaran a la misma altura, pero con cierta distancia. Observé su rostro serio y desanimado y pasé suavemente mi mano por él.
- Déjame acabar –susurré. Asintió y volví a sostener sus manos-. Me dijo que cuando me fui se dio cuenta de lo importante que era para él y que sentía no haberlo podido saber antes, porque me hubiera pedido que me quedara –enarcó una ceja y sonreí tímidamente ante ese gesto que tanto repetía-. Y después me besó.
Hizo ademán de hablar un par de veces pero siempre volvía a cerrar sus labios. Después de varios segundos me miró de nuevo y me dirigió las palabras con un cierto tono de reproche.
- Y tú le dejaste que lo hiciera.
- Sí –afirmé. No podía mentirle. No ahora-. Y lo hice por varias razones. Sobre todo por dos. La primera es que después de tanto tiempo, después de todo lo que tuve con él y después de tanto tiempo sin verle… Tenía ganas –lo dije tan bajo que no estaba segura de que me hubiera escuchado.
Cuando se levantó de la cama y se apoyó en la mesa entendí que sí.
- No puedo creerlo… No puedo creer que…
- Para el carro –esta vez fui yo la que le corté-. Te recuerdo que tú hiciste lo mismo con Natalie –levantó levemente su cabeza y dejó de mirar a la pared para colocarse de nuevo frente a mí.
- Yo nunca he tenido dudas.
- Esos días las tuviste.
- No respecto a otras personas. Siempre supe que te quería a ti.
- Mike, no tengo dudas, se acabaron hace tiempo. Estoy aquí y te quiero a ti –me miró de nuevo-. Déjame acabar.
- Las tuviste.
- Por unos minutos. Déjame acabar.
- ¿Qué pasará cuando esos segundos sean días? -bajó la cabeza de nuevo-. Acaba –susurró.
- Lo deseaba, sí. Pero lo deseaba también por qué quería estar de nuevo convencida de que no quiero que me besen otros labios que no sean los tuyos. Tuve dudas durante, quizá, unos minutos. Pero quería que lo hiciera porque en cuanto notara que lo que estaba pasando era real mis dudas iban a desaparecer. Yo te quiero a ti, y necesitaba algo lo suficientemente fuerte para volver a tenerlo claro de nuevo. Es extraño, pero es así. No estoy orgullosa de haberlo deseado, pero no puedo mentirme, ni a mí misma ni a ti. Porque no quiero hacerlo. Hubiera sido más fácil ocultarte todo esto pero quiero ser completamente sincera contigo, porque es lo que mereces. No hay dudas, no hay miedos. No hay nada de eso. Te lo aseguro. He vuelto cuando podía haberme quedado. Pero he vuelto. Y eso es por algo -me miró de nuevo y observé como la calma se había vuelto a instalar en su rostro-. Sé que no es muy fácil, pero confía en mí. Por favor.
Pasó su mano por mi mejilla y sonrió, indicándome que lo haría.
Se desplazó hasta la entrada de la habitación y, para mi sorpresa, apagó la luz. En menos de tres segundos había vuelto a acercarse a mí y me abrazaba dulcemente.
- En pocas ocasiones he dejado de confiar en ti –susurró. Pasó el dedo por mis labios y los besó. Tuve la sensación de que estaba sonriendo mientras lo hacía-. ¿Te había dicho ya que me quedo a dormir?
Sonreí yo también, casi incrédula por la poca importancia que le había dado. Imaginé que quería darme la seguridad que necesitaba, la confianza que necesitaba. Y se lo agradecí.
Con un solo movimiento hizo que los dos cayéramos a la cama. Sonriendo aún más. Busqué sus labios con urgencia y me los ofreció como siempre hacía.
- Tienes que contarme todo… -murmuró a los pocos minutos-. Pero creo que puede esperar, ¿no?
Reí y besé su cuello haciendo que se estremeciera.
- ¿Te había dicho ya que te he echado de menos?
Se tumbó sobre mí y acarició mi cara.
- ¿Te había dicho ya que te quiero?
Sus ojos centellearon aun en la oscuridad.

22 de septiembre de 2011

Capítulo 66.

No quiero dejar de hacerlo mientras tú sigas queriendo que lo haga.

- Genial… -susurré. Era lo que menos me esperaba y, para ser sincera, lo que menos me apetecía. Estaba enfadada con él, estaba muy enfadada con él.
- Hola… -susurró también.
Las chicas abandonaron la habitación inmediatamente y Michael se sentó en la cama, aunque a una distancia considerable de mí. Su rostro me indicaba que él también estaba molesto.
- ¿Estás enfadado? –pregunté seriamente sin darle tiempo casi a acomodarse.
- Sí, la verdad es que sigo bastante enfadado –su tono cobró seguridad y me regañó con la mirada.
- Pues no sé a qué has venido, esta vez no seré yo quien de su brazo a torcer si es lo que esperas que haga –le espeté para su asombro.
Esperó unos segundos en los que observé sus intenciones de hablar; intenciones que debió desechar al instante pues bajó la cabeza y juntó ambas manos sobre sus rodillas.
- ¿Qué nos está pasando? –murmuró-. ¿Por qué no hacemos otra cosa que discutir? No me esperaba algo así…
- ¿Y qué te esperabas? ¿Una chica que te diera la razón en todo? ¿Alguien que te bailara el agua aunque no estuviera de acuerdo con lo que haces o dices? Lo siento, Michael, pero yo no soy así. Tengo mi carácter y no tengo porque dejar que tú pases por encima de él –resoplé y continué mirándole. Me dolía verle así y me dolía todo aquello, pero si buscaba alguien dócil a quien manejar a su antojo se había equivocado de persona.
- No me refiero a eso –elevó levemente la cabeza y me miró de reojo como sorprendido por lo que acababa de escuchar-. Me gusta como eres, me gusta que tengas carácter. No quiero arrebatártelo porque es algo tuyo y además algo que aprecio. No sé por qué has dicho todo eso -Le miré sin entender y me acerqué ligeramente a él-. No esperaba tantas discusiones y tantos problemas en tan poco tiempo. No hablo sólo de ti, también hablo de mí. No sé que nos pasa pero quiero que acabe ya porque te quiero y quiero estar contigo. Y odio esta situación. Odio que estés sentada lejos de mí y odio no poder abrazarte cuando llevo tanto tiempo sin verte.
Levantó, esta vez sí, la cabeza del todo y posó su mirada en mí quizá esperando que le dijera algo. Pero llevaba tanta razón en todo lo que había dicho que parecía que cualquier cosa que yo pudiera comentar en estos momentos sobraba. Así que salvé la distancia entre nosotros y apoyé mi mano en su hombro. La sostuvo delicadamente y la acercó hasta sus labios.
- Siento no haberte llamado la noche aquella. Me hicieron una fiesta, apenas tuve tiempo para respirar, y luego estaba agotada y… Siento no haberlo hecho, en serio, pero tú tampoco debiste haber reaccionado así.
- Pero, ¿cómo crees que me sentía? Te hice un regalo de cumpleaños que muy pocas personas hubieran sido capaces de hacer, y no hablo del dinero que costó, habló de lo que significó. Significó tenerte lejos en un día que siempre ibas a recordar; acepté que no quisieras que fuera contigo con la única condición de que me llamaras todas las noches. Y la noche que de verdad tenías que llamar no lo hiciste. Y no sabes lo que me dolió. El día de tu cumpleaños, Judi, un montón de gente felicitándote y yo pegado al teléfono como un bobo –bajó la cabeza de nuevo y me sentí horrible. Pasé mi brazo por su cuello y le besé en el pelo dulcemente-. Sólo quería estar contigo de alguna forma posible y no me diste la oportunidad de hacerlo.
- Me siento fatal… -el nudo en la garganta apareció y me mordí el labio inferior en señal de aguante; no quería dar rienda suelta a lo que me rondaba la cabeza-. No sé ni qué decirte. Perdóname…
- Y después me dices que no te quiero, que sólo quiero a alguien cerca –me miró con media sonrisa y supuse que no le hacía ninguna gracia-. ¿Cómo puedes decir eso? Es algo que no me emociona excesivamente, pero si salgo a la calle tengo a mil chicas tirándose a mi cuello. Si sólo quisiera no sentirme solo me buscaría a una chica que no me trajera tantos quebraderos de cabeza como me traes tú –me apuntó con el dedo índice y me miró de esa forma que sólo él sabe hacer-. Si simplemente quisiera estar con alguien, si no me importara con quien, me buscaría a alguien más manejable y no a un terremoto como eres tú, que arrasas con todo; y me incluyo –sonrió de nuevo y volvió a bajar la cabeza-. Pero te quiero a ti y no quiero dejar de hacerlo mientras tú sigas queriendo que lo haga.
- No quiero que dejes de hacerlo… -musité-. Nunca.
Me miró de nuevo y me dio un tierno y rápido beso en los labios. Acaricié sus mejillas y me recosté contra él.
- Por eso veo absurdo tantas discusiones. ¿Me quieres? –preguntó a los pocos segundos.
- ¿Ya estás otra vez con preguntas que no tienen ningún sentido? Claro que lo hago y no quiero dejar de hacerlo mientras tú sigas queriendo que lo haga.
Ambos sonreímos y me retiró el pelo de la cara.
- ¿Puedo contarte algo?
- Sí –respondí segura.
- Llamé a Natalie -apreté los labios y fruncí el ceño. Eso sí que no me lo esperaba-. Y las veces que no contesté a tu llamada… La mayoría estaba con ella. Y no quise ponerme. No quería hablar contigo y ella era una de las razones. El primer día que la llamé estuvimos todo el día juntos. El segundo durmió en mi casa. A la mañana siguiente me besó. Y no protesté, ni siquiera me importó –bajé la cabeza y me rompí en pedazos. Me sujetó el mentón y elevó mi rostro para que pudiera mirarle de nuevo-. Escúchame –susurró-. La pedí tiempo, la dije que no quería que volviera a hacerlo porque tú estabas lejos y no era justo que pasara nada y que ni siquiera pudieras saberlo, que primero debía hablar contigo y… –no daba crédito a lo que estaba oyendo así que me levanté y caminé nerviosa por la habitación. Él se levantó al tiempo y trató de coger mis manos pero me zafé de él.
- ¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo?
- ¿Te das cuenta de que no me has dejado terminar?
- ¿Te das cuenta de que no quiero escuchar nada más?
Rió y me dieron ganas de darle un inmenso bofetón.
- ¿Y te ríes?
- Déjame acabar.
- No quiero.
- Vas a tener que hacerlo.
- ¿Me vas a obligar?
- Sí.
Nos miramos durante unos segundos y me apoyé en la mesa de espaldas. No quería escuchar más. No sabía ni cómo sentirme, ni qué decir, ni de qué forma matarles a los dos. Maldito diablo, siempre buscando el momento para colarse en la vida de Michael.
- Estaba enfadado, recuérdalo.
- Yo también estaba enfadada contigo pero no por eso caí en los brazos de cualquiera. Y no porque no tuviera oportunidades, ¿eh?
- Luego me contarás eso –levantó una ceja y sujetó mis hombros quedándose frente a mí-. Estaba muy enfadado y Natalie me había hecho pasar unos buenos días mientras que tú no me habías dado nada más que…
- ¿Quebraderos de cabeza? –le corté.
- Unos meses muy confusos –resopló-. Y yo quería estar bien de una vez y por un momento me planteé lo que habías dicho. ¿Y si no te quería a ti tanto como creía? ¿Y si sólo necesitaba a alguien? Tenía a Natalie y estaba bien, ¿por qué no intentarlo con ella?
- ¿Es absolutamente necesario que me cuentes todo esto? –solté una pequeña lágrima que atrapó en seguida y acarició mi cara.
- Sí.
- No sé a dónde pretendes llegar pero no me interesa.
- Te quiero. A ti. Sólo a ti. Ahí es a donde pretendo llegar. No quiero la compañía de otra persona, no quiero a Natalie, no quiero a nadie que no seas tú. Todos tenemos dudas, ¿no? Yo las tuve pero te aseguro que no las volveré a tener. He aprendido, Judi. He aprendido de todo esto mucho. Si estoy aquí es porque, a pesar de que estuviera enfadado, te quiero. Te quiero mucho. A ti.
Sonreí medianamente y rodeé su cintura con los brazos apoyándome en su pecho.
- ¿Y Natalie?
- Ni siquiera fue ella el motivo de mis dudas. Estaba ella igual que pudo estar otra persona. Lo único que me pasó fue que estaba enfadado y en lugar de romper cosas me dio por pensar. Es que no te imaginas lo enfadado que estaba –rió-. No recuerdo haber estado así nunca –se mordió el labio inferior y agradecí que estuviera ahí, conmigo.
- ¿No la has vuelto a ver?
- Sí. La dije que lo sentía pero que no podía llegar a sentir por ella lo que sentía por ti, por mucho que pasara el tiempo… Sois tan diferentes –me clavó su mirada y ambos sonreímos-. En serio, sois tan completamente diferentes que no sé en qué momento se me pudo pasar por la cabeza la estupidez de intentarlo con ella –rió de nuevo y le abracé con fuerza.
- Te he echado de menos –le di un beso en la oreja y comprobé cómo se estremecía. Sonreí ante aquel gesto y busqué sus labios con necesidad, con urgencia.
- Y yo a ti. Te diría que empezáramos de cero pero no me parece justo. Hemos pasado muy buenos momentos juntos y no quiero olvidarlos ni hacer como si no hubiesen existido. Pero podríamos olvidarnos de los últimos meses, eso sí. Por favor. Como si lleváramos sin separarnos desde que nos conocimos, ¿vale?
- Me parece bien. Pero, ¿qué les contaremos a nuestros hijos cuando nos pregunten que hicimos durante todo este tiempo?
Se rascó la cabeza y le abracé aún más fuerte. Que guapo era.
- Tenemos tiempo para inventarnos algo, ¿no crees?
Asentí y le besé de nuevo.
- Chicos… -la puerta se tornó ligeramente y Lorena asomó la cabeza-. La comida ya está, luego podéis seguir con la reconciliación.
- ¿Qué reconciliación? –preguntó.
- ¿Alguna vez hemos estado enfadados? –Le miré y sonreímos de nuevo.
Lorena suspiró y se fue murmurando al salón.
- Te quiero –susurré.
- Y no quieres dejar de hacerlo, ¿verdad? Porque voy a querer que lo hagas siempre.

20 de septiembre de 2011

Capítulo 65.

Lecciones.

Tres semanas después no sabía definir con exactitud cómo me encontraba, ni sabía ordenar la cantidad de cosas que pasaban por mi cabeza a cada momento del día. Todo formaba una especie de torbellino que me atrapaba sin posibilidad de escapar, lo que provocaba que yo misma sumara más cosas a ese torbellino y se fuera haciendo más y más grande hasta el punto de volverse imparable incluso cuando, en teoría, estaba durmiendo o descansando. Era el pez que se mordía la cola: cuánto más pensaba más problemas encontraba; cuántos más problemas encontraba más pensaba. No sabía cómo salir de todo eso. Al menos hasta hacía un par de días tenía claro dónde quería salir de eso: en mi casa, en mi pueblo, en mi ciudad, con mi gente. Pero ahora empezaba a echar demasiado de menos varias cosas. Sobre todo a mis tres ángeles; de las que llevaba una semana sin tener noticias. Las llamaba y no contestaban y ni siquiera tenía muy claro el motivo, porque lo había intentado a todas horas. No lograba dar con ellas y estaba empezando a preocuparme de verdad. Y a angustiarme.
Luego, Michael. Con la calma y la tranquilidad que me habían trasmitido muchas personas había decidido, tres días después de la discusión, volver a llamarle y solucionar las cosas. No podía estar tranquila si algo iba mal. Se había comportado como un crío, sí, pero yo tampoco había sido demasiado justa. Y como, por suerte, nunca había pecado de orgullosa, no me importaba dar yo el primer paso y pedirle perdón. Pero no contestó a esa llamada. Pensé que simplemente no estaba en casa y podría volver a intentarlo. Pero lo intenté y me dieron la misma respuesta: no puede ponerse. Diez llamadas más tarde la respuesta continuaba siendo la misma y lo único que había obtenido había sido una breve conversación con Janet. Ni una sola explicación salvo la que me tejí yo misma: su enfado no se había pasado. Así que mi orgullo de pronto creció y decidí no volver a llamarle. Y todo este asunto estaba empezando a hacerme replantear ciertas cosas.
Y para rematar estaba Sergio. Había perdido la cuenta de las veces que le había explicado que el beso para mí no había significado nada más que la confirmación de que quería a otra persona. Pero parecía ser que no lo entendía o que no lo quería entender. En cualquier caso lo que fuera que sentía por mí daba señales de ir aumentando, pues no me dejaba ni a sol ni a sombra. Y estaba empezando a agobiarme.
Así que preocupada, angustiada, pensativa y agobiada como estaba, una mañana tomé la decisión de volverme a Los Ángeles. Y la tomé como suelo tomar todas las decisiones: en un par de segundos. Me desperté, me incorporé en la cama y supe que había llegado el momento de regresar y enderezar un poco mi vida que, extrañamente, se había revuelto al volver al lugar que siempre me había hecho ser feliz. La vida tiene cosas extrañas y poco podemos hacer por entenderlas; estás muy a gusto en un sitio y al día siguiente decides que tienes que cambiar y marcharte.
No es que fuera a renunciar a mi lugar de origen, ni mucho menos, pero tuve la sensación de que mi estancia allí se había acabado al menos en un tiempo.
- ¿Lo has pensado mucho? –preguntó mi madre por enésima vez en la comida, que se había convertido en una tortura después de comunicarles mi decisión.
La miré confirmando con la mirada que no tenía vuelta atrás y me volví hacia mi padre, convencida de que estaba a punto de darme tres mil razones para que me quedara un par de días más. Pero todo lo que hizo fue sonreír.
- Lo echas de menos, ¿verdad?
- Y yo que pensaba que cuando te hablara de él ibas a protestar por el simple hecho de que hubiera un chico en mi vida… -sonreí yo también.
- Te veo ilusionada y feliz. Así que… -se pasó los dedos por la boca en señal de silencio y continuó comiendo.
- Mañana iré al pueblo a despedirme de todos y en dos días cogeré el avión –levanté la cabeza y miré al frente. Quise creerme que estaba tomando la decisión correcta.

Y correcto o no… En tres días estaba pisando de nuevo suelo americano. Nadie fue a recogerme al aeropuerto como en las películas, aunque tampoco me esperaba ningún tipo de recibimiento teniendo en cuenta que nadie sabía que había vuelto. Traté de llamar a las chicas pero, como los días anteriores, no había obtenido respuesta. Mi angustia creció cuando pensé de nuevo en ello y corrí a buscar un taxi que me reuniera con ellas de una vez por todas.
Todo estaba tal y como lo había dejado. Las calles, las personas, los teatros, los viejos monumentos. Mi portal, su escalera y la puerta de mi casa. Introduje la llave sin tener muy claro qué esperaba encontrarme después de tanto tiempo y abrí la puerta lentamente. Asomé la cabeza y comprobé que allí también estaba todo como lo había dejado. Avancé un par de pasos y vi a las tres frente a mí, con el evidente signo de haberse levantado de un sobresalto. Con sorpresa en sus rostros. Y alegría.
Corrieron hacia mí y las abracé de buena gana mientras oía como me habían echado de menos. Nos separamos a los pocos segundos y las miré a las tres en busca de señales de que algo andaba mal. Pero se mostraban como siempre, incluso más felices de lo habitual. Suspiré por pura incredulidad y esperé a que dijeran algo. Pero sólo se limitaron a hacerme trescientas preguntas a la vez sin dejarme siquiera contestar a alguna de ellas.
- Vale, vale, vale –dije al cabo de unos segundos de absoluta locura-. Lo primero de todo, ¿se puede saber por qué no contestabais mis llamadas? –reproché-. Me teníais preocupada. Mucho.
- ¿Ah, sí? –rió Marina.
- No veo porque esto puede causarte gracia –caminé hasta el sofá y me desplomé en él. No me había dado cuenta hasta ahora, pero estaba cansada.
- ¿Verdad que no? –preguntó Nana mientras las tres me rodeaban. Las observé sin entender y las di paso con la mirada para que me explicaran de una vez qué estaba pasando-. Es simple. Tú no dabas señales a Michael, nosotras no te las dábamos a ti.
Abrí la boca hasta el suelo.
- ¿Tenéis idea de lo preocupada que me habéis tenido? –prácticamente chillé-. ¡Y todo por una tontería!
- ¿Una tontería? –Preguntó Lorena-. Has estado a muchos kilómetros de tu novio y no le has llamado. Simplemente le hicimos un favor e hicimos que te sintieras como se sentía él: preocupado. Y confundido.
- Hace semana y media nos llamó pidiendo noticias tuyas. Dijo que hacía un par de días que no le llamabas y que no sabía cómo localizarte para saber si estabas bien. Le dijimos que todo estaba en orden y que no se preocupara. Pero, ¿qué íbamos a hacer? ¿Dejarlo como estaba? Sabes que somos mucho de dar lecciones –Sonrió Nana.
- Y ahora, cuéntanos la historia, el por qué de tu desaparición.
Mi cara de asombro solo era comparable con la sensación de enfado que se había apoderado de mí.
- La próxima vez que queráis dar lecciones os informáis un poco mejor de cómo está el asunto –me levanté del sofá y me giré para recriminarlas su actitud-. Michael y yo discutimos y después de eso le llamé unas quinientas veces para tratar de solucionarlo. Pero no contestó. Ni una sola llamada –sus caras cambiaron completamente y Marina se levantó del sofá tratando de hablar pero la callé-. Intenté dar con él a todas horas del día pero no quería ponerse. Cuando dejé de llamar debió arrepentirse y entonces habló con vosotras. Y vosotras, en lugar de hablar conmigo, decidisteis darme una lección. Ya está, fin de la historia. Me voy a dormir.
Salí del salón tan rápido como mis cansadas piernas me permitían y me encerré en mi habitación de un portazo. No sabía con quien estaba más enfadada de todos, sólo sabía que en esos momentos odiaba al mundo entero. Me puse boca abajo tratando de acabar con toda clase de pensamientos y, para mi sorpresa, concilié el sueño en pocos minutos.

- Judith… -apreté los ojos con fuerza y me di la vuelta. No sabía quién era, pero me daba igual-. Despierta, anda. Tenemos que hablar contigo –reconocí confundida aún la voz de Nana y resoplé.
- ¿Y si lo dejamos para luego?
- No… Tiene que ser ahora.
- Me habéis despertado, sabéis que os voy a odiar.
- Preferimos que nos odies por despertarte a que sueñes con matarnos mientras duermes.
- No estaba soñando con mataros… Sólo con daros una paliza.
- Nos quedamos más tranquilas. Venga –Marina tiró de mi brazo y me obligó a incorporarme-, tiene que ser ahora.
Las miré medio dormida y me arrasqué la cabeza.
- No soy persona, no sé qué queréis de mí.
- Te hemos preparado una cena riquísima para compensarte por lo de estos últimos días –sonrió Nana.
- Lo sentimos, en serio, pero Michael no nos contó nada de lo que había pasado.
- Si hubiéramos sabido que no fue culpa tuya no lo habríamos hecho, y lo sabes.
Sabía que estaban arrepentidas pero no iba a rendirme y a perdonarlas tan fácilmente… Al menos no iba a mostrarlas que ya lo había hecho.
- ¿Qué hay de cenar? –pregunté, aparentemente aún enfadada.
Se miraron y sonrieron.
- Espaguetis.
Reí.
- Perdonadas.
Nos abrazamos durante unos segundos y cuando estaba a punto de levantarme me retuvieron en la cama.
- Aún hay una última cosa que debes hacer antes de probar nuestros exquisitos espaguetis.
Las miré sin entender y entonces Michael apareció por la puerta.

25 de agosto de 2011

Capítulo 64.

¿Permanentemente fácil?

- No lo acabo de entender… -Sonia se rascó la cabeza, símbolo de que estaba pensando, y yo no tuve más remedio que soltar una risita.
- Pues es muy fácil, querida.
- Sergio te besó.
- Sí.
- Y tú querías que él te besará –afirmó María.
- Sí, pero no sólo porque sintiera deseos de besarle… -miré hacia otro lado y decidí ser sincera conmigo misma y con todas las demás-. Que también, a quien pretendo engañar. Ha sido una persona muy importante en mi vida, me guste o no, quiera olvidarlo o no. Ha sido muy importante porque ha sido el primero en todo, aunque nunca hayamos llegado a concretar la relación estaba claro que la había. Llevaba un año sin verle y estaba arrebatadoramente guapo. Así que sí, tenía ganas de besarle. Pero no era ese el único motivo –esperé la intervención de alguna de las chicas pero todas callaron, expectantes por mi continuación-. Es muy fácil, en serio –sonreí-. Yo quería que me besara porque quería saber si realmente quería que me besara.
- Esa frase es la misma que has pronunciado antes y nos has dejado igual a todas –suspiró Sonia.
Reí de nuevo y me mordí el labio.
- Quería saber qué sentía si volvía a besarme la persona que, antes que Michael, había sido importante.
- ¿Ves? Así sí –comentó Eva.
- ¿Y bien? –Ana realizó la pregunta que todas estaban deseando hacer.
- Nada de nada. Por eso le di las gracias. Porque siempre me había ayudado con todo y esta vez no ha sido menos. No me gusta haber tenido dudas de nuevo pero por suerte se han ido rápidamente. Y ha sido gracias a que Sergio me volvió a besar.
- Sabes que Sergio te quiere, aunque nunca te lo haya dicho… -dijo Eva al cabo de unos segundos.
- Lo sé, y yo también le quiero por todo lo que hemos vivido. Pero ahora…
Ahora sólo quería que me besaran otros labios. Y que me miraran otros ojos. Unos más oscuros. Y más bonitos. Miré al cielo y quise pensar que Michael estaba haciendo lo mismo. Mirar al cielo y pensar en mí.
Lamentaba haber tenido dudas pero he comprendido que es algo de lo que nunca vamos a podernos librar. Tenemos dudas a la hora de decidir qué hacer de comida, qué ponernos cada día, qué camino tomar para dirigirnos a un lugar… ¿Cómo no vamos a dudar en algo tan serio y fundamental como son las relaciones? Las dudas nos hacen crecer, nos hacen madurar. Y cuando se van sientes la satisfacción inmensa de tenerlo todo claro de nuevo. Sabes que volverán, sé que volverán, pero hasta entonces…
- Entonces te vuelves a ir.
- Me volvería a ir estuviera Michael o no. No puedo dejar a las chicas allí tiradas, las prometí que volvería –sonreí al tiempo que lo hacían todas.
- ¿No crees que con Sergio todo sería más fácil? Podrías quedarte aquí, nos tendrías a todos cerca. A ninguno de nosotros se nos escapa lo mucho que nos echabas de menos.
- Bueno, la palabra fácil es relativa. Sería fácil porque, como tú has dicho, os tendría a todos a mi lado, como siempre he querido y como siempre querré. Pero no sería nada fácil mirarle a los ojos y verlos verdes, y no negros –las guiñé un ojo y bajé la cabeza-. Puede que con Michael todo sea más complicado porque es quien es y vive donde vive, pero… Jamás había sido nada tan… No sé si podéis imaginaros cómo me siento cuando estoy con él. Hace que todo cambie de color, lo transforma todo. Es…
- Permanentemente fácil –sonrió Ana.
- Sí, justo eso –sonreí por la expresión utilizada y las miré de nuevo-. Él hace que cada momento no tenga la más mínima complicación. Es como si su norma general, y la única que puedes utilizar a su lado, fuera sonreír siempre. La energía, la vitalidad, la alegría que transmite… Hace que todo sea permanentemente fácil –sonreí de nuevo y agradecí encontrar, más o menos, las palabras exactas-. Claro que Sergio tiene sus ventajas y por supuesto que me gustaría quedarme, pero a la larga se me haría difícil, creedme. Me faltaría algo.
- Una última pieza, ¿puede ser?
Sonreí de nuevo.
- Sí –me detuve frente a la puerta de mi casa y las miré a todas-. Os he echado mucho de menos.
- Apunta, María, nos lo ha dicho ya trescientas noventa y cinco veces –todas reímos y Eva señaló a María-. Lo está apuntando, no me lo estoy inventando –sonrió también.
- Ya… Y lo que os gusta oírlo, ¿qué? ¿Eh? Voy a cenar algo, después me espera una charla telefónica de unas cuatro horas.
- Pobre, estará impaciente.
- Seguro que piensa que ya me he olvidado de él.
- Si yo fuera la mitad de guapa de lo que es él no sería tan insegura… -comentó María.
- Es parte de su encanto –sonreí.
- Dale recuerdos y dile que algún día iremos a conocerle.
Las mostré una última sonrisa e irrumpí en casa con ganas de cena familiar.

Me había pasado los últimos veinte minutos con el teléfono en la mano. Por alguna extraña razón no localizaban a Michael en su propia casa. Cuando ya habían pasado diez minutos y se habían puesto Caroline, la cocinera, por tercera vez para decirme que siguiera esperando, mis nervios se multiplicaron por trescientos. Por lo menos.
- ¿Hola?
Solté un enorme suspiro.
- Mike, por fin.
- Hola, Judi… -susurró con un tono preocupante en su voz.
- Um… Te iba a decir que lo sentía pero que me había olvidado de ti, pero si me hablas con esa voz lo descarto –no dijo nada y supuse que se lo había tomado en serio-. Era una broma, bobo. ¿Cómo estás?
- Bien –dijo al cabo de unos segundos, aunque el tono de su voz decía exactamente lo contrario. Preferí ignorarle y mostrarme alegre para así poder charlar animadamente.
- ¿Dónde estabas? Han tenido que llamar a varios policías para encontrarte.
- Eh… En el jardín, paseando.
Genial, había estado esperando con el teléfono en la oreja más de veinte minutos para que ahora no fuera capaz de decirme cinco palabras seguidas. Estupendo.
- Vale, supongo que no te he llamado en un buen momento; o no sé. Ya hablaremos.
- Espera –dijo cortante-. ¿Por qué no llamaste ayer?
- ¿Es todo lo que quieres saber de mí?
- Quiero saber por qué no pude felicitar a mi novia el día de su cumpleaños. ¿Estabas demasiado ocupada para hablar conmigo?
- No digas tonterías.
- No son tonterías, es una realidad.
- A veces te pones de un infantil que no hay quién pueda contigo, de verdad –le espeté. Había agotado mi paciencia definitivamente-. Me hicieron una fiesta sorpresa en la que se encontraban personas que llevaba sin ver más de un año, no sé si lo recuerdas.
- Y ahora que estás rodeada de tanta gente no hay un hueco para mí, ¿verdad?
- Si lo que quieres es que te cuelgue, te lo estás ganando a pulso.
Permanecimos unos segundos en silencio y empezaron a chirriar mis dientes. ¿Por qué no era capaz de entender que llevaba muchísimo tiempo sin sentir el cariño de las personas que habían estado junto a mí toda mi vida?
- Lo único que te pedí fue que me llamaras cada noche –dijo finalmente.
- Perdóname la vida por no poderlo hacer una noche -si él pretendía ser borde, es que no me conocía. Ni siquiera me había preguntado cómo estaba, cómo había ido todo. ¿Sólo le preocupaba la estúpida llamada que no había podido hacer?-. Voy a tener que colgar.
- ¿Cuándo piensas volver?
Abrí la boca hasta el suelo.
- ¿Cómo?
- Que cuándo vas a volver.
- ¿Sólo te preocupa eso?
- Cuando contestes a mi pregunta contestaré yo a la tuya.
Esta vez me faltó suelo para abrir la boca.
- ¿Sabes qué? A veces tengo la sensación de que no me quieres, que sólo…
- ¿Qué? –me cortó-. ¿Cómo puedes decir eso?
Ignoré su pregunta y seguí hablando.
- Sólo quieres a alguien cerca, alguien que esté a tu lado. Sólo quieres no sentirte solo. Perfecto, Michael. Llama a Natalie, ella sí está allí, y seguro que está dispuesta a llamarte todas las noches. Yo no soy ningún perro de compañía.
Y colgué.
Y no sabía cuándo volvería.
Ni pensaba decírselo el día que decidiera hacerlo.
¿Permanentemente fácil? Genial.
Me di la vuelta dispuesta a ir a mi habitación pero mi madre se cruzó en mi camino y escrutó mi rostro como si su vida dependiera de ello.
- Uy, uy. ¿Qué ha pasado?
- ¿Matar todavía es un delito?
Sonrió y me llevó hasta su habitación. Me sentó en la cama y me interrogó con la mirada.
- A Michael no le ha gustado nada que no llamara ayer. No sé por qué no entiende que ahora necesito estar con vosotros, puede que no vuelva a veros hasta dentro de otro año… Se comporta como un auténtico crío.
- Entiéndele tú a él también. Seguro que te echa de menos.
- Muchas veces pienso que no es a mí a quién echa de menos, es la compañía. No es a mí a quien quiere; lo que quiere es no sentirse solo.
Bajé la cabeza y sonreí por pura incredulidad. No podía creer que tuviéramos que discutir aún a kilómetros de distancia; era lo último que quería.
- ¿Por qué no te vas a la cama? –acarició mi pelo y me lo colocó como a ella siempre la había gustado: todo para atrás. Sonreí tímidamente ante ese gesto-. Echa el freno, llevas muchos días sin descansar. Mañana será otro día.
La di un beso y caminé hasta mi cuarto.
Caí rendida en la cama y de inmediato sucumbí al sueño.
Mañana sería otro día.