8 de julio de 2011

Capítulo 52.

¿Cómo se empieza a olvidar?

- Pequeña…
- Ni pequeña ni leches.
Michael rió. Por alguna extraña razón le resultaba divertido que estuviera enfadada. Resoplé con tanta fuerza que hubiera jurado verme capaz de provocar un huracán.
- Tranquilízate.
- No, Michael, no me tranquilizo. He estado muy tranquila toda la mañana a pesar de las circunstancias. Pero ya no me tranquilizo más. Ya tenía pensado clavarle un tenedor y un cuchillo, pero creo que ahora iré a por un arma más grande.
- Cálmate, anda –suspiró mientras me abrazaba-. Así no vas a ninguna parte.
- ¿Y ella? ¿Ella dónde va, Mike? Toda la mañana sonriéndote, y tocándote los rizos y hablando con esa voz de… Aggg, ya sabemos que es perfecta, pero podía disimularlo un poco, ¿no?
- Un momento… ¿Estás celosa? –sonrió.
- ¿Te resulta gracioso que lo esté? Porque a mí no me hace nada de gracia ver como el diablo ese se presenta aquí el día de tu cumpleaños a ofrecerte…
- Su amistad –me cortó.
- Sí, claro. Si a mí también me encanta atacar a las novias de mis amigos, es una afición que tengo desde pequeña, deberías probarlo.
- Natalie no te está atacando, Judi. En ningún momento lo ha hecho –le miré incrédula. Antes temía pagarlo con él, pero ahora se lo estaba ganando él solito-. Y respondiendo a tu pregunta de antes… Sí, me resulta gracioso que estés celosa porque no tienes ningún motivo para estarlo –sostuvo mi cara y me besó. Pero esta vez no funcionó. Le aparté y me quedé frente a él.
- Lo peor de todo es que la defiendes.
- No la defiendo, Judi. Pero Natalie sólo trata de ser simpática.
- ¿¡Qué!? No si ahora resulta que la caigo bien, ¡pues menos mal! Porque el día que no lo haga me mata directamente.
- Estás exagerando demasiado…
- Michael, ha insinuado que estoy contigo solo porque eres un “pez gordo” –según reproduje sus palabras mi enfado se multiplicó por tres-. Y tú te has quedado callado. Lo que menos necesito ahora es que encima la defiendas –miré hacia otro lado intentando canalizar mi ira.
- Pues no vas a encontrar otra cosa.
Esas palabras fueron como un cubo de agua fría. Muy fría. Cayeron de pronto y me dejaron helada, sin posibilidad de reacción. Le miré de nuevo y sentí que me faltaban poco más de 10 segundos para romper a llorar.
- ¿Qué? –fue todo lo que pude decir.
- Conozco a Natalie desde hace mucho más tiempo de lo que te conozco a ti. Sé cómo es y las intenciones que tiene conmigo. Ha venido para pasar el día a mi lado después de mucho sin vernos y quiero que esté aquí. Y, sinceramente, la actitud que estás teniendo es más propia de una niña de 15 años que de ti. No sé qué te pasa, pero si vas a estar así, lo mejor es que te vayas.
Cincuenta cubos de agua fría. Y rompí a llorar.
- Pues entonces perdóname a mí por querer pasar yo también el día contigo. Ha quedado bastante claro quién es la que sobra aquí.
Me di la vuelta y comencé a caminar hacia la puerta. Pero a los pocos pasos allí estaba él de nuevo.
- Judi… No quiero que te vayas. Pero, por favor, trata de llevarte bien con ella –se acercó y atrapó mis lágrimas-. Es muy importante para mí.
- Eso es evidente.
- Tú no eres así… Tú confías en mí, siempre lo has hecho. ¿Se puede saber qué te pasa?
- ¿Qué me pasa? Que duele darse cuenta de que algo que creías que era perfecto no lo es. Y no lo digo por ti, lo digo por nosotros. ¿Qué pinto contigo? ¿Qué lugar ocupo en esa mesa, Michael? ¿Qué pinto viendo como tú y Natalie recordáis momentos juntos mientras vuestros padres charlan divertidos? ¿Puedes explicármelo?
- Eres mi novia.
- ¿Y cuántas veces has deseado que eso no fuera así?
- ¡Ninguna! ¿Cómo puedes decir eso?
- Cambio la pregunta. ¿Cuántas veces has deseado que yo perteneciera a tu mundo? Y contéstame sinceramente. Cámbiame por Natalie, imagíname con esos padres, con esa posición. ¿Cuántas veces has deseado que eso fuera así? No quiero mentiras –Michael me miró. Y permaneció callado. Sólo hay una cosa más clara que un “sí”. El silencio-. Vale, es todo lo que necesitaba oír. No soy suficiente para ti –me sequé las lágrimas y continué caminando hacia la puerta.
- No te vayas… ¿Qué voy a decirles a mis padres? –oí a lo lejos.
Me giré, sin dar crédito a lo que acababa de oír.
- ¿Es eso lo que te importa, el que les vas a decir? Estupendo Michael, de verdad. ¿Sabes qué? Que se acabó.
Se acercó corriendo y cogió mis manos.
- Judi, por favor… No digas eso ni en broma. Te quiero y lo sabes, y…
- Y nada. Nada, Michael. Soy insignificante a tu lado. Brillas más que todas las estrellas del cielo juntas y yo jamás seré así. No soy lo que esperas, ni lo que quieres.
- No, no, no. Eso no es así. Judi tú…
- Yo no pertenezco a tu mundo y es hora de ir aceptándolo –le corté de nuevo-, así que se acabó.  Volveré a la vida normal que tenía antes de conocerte.
- ¿Vida normal? ¿Ahora no tienes una vida normal?
- ¡No, Michael, no! No la tengo. ¿Y sabes otra cosa? Creo que empiezo a echar de menos un entorno que me quiera tal y como soy. Así que se acabó.
Comencé a caminar de nuevo con la certera convicción de que esta vez no me iba a detener.
Y no lo hizo.
Salí por la puerta y el enorme sol sí me hizo detenerme en seco. Y entonces me rompí. Caí al suelo y comencé a llorar desconsolada. Por primera vez en varios meses había entendido de verdad que no era posible que alguien como yo estuviera con alguien como Michael. Y eso dolía. Mucho. Y dolía porque yo le quería de verdad, porque por primera vez estaba a gusto con alguien y deseaba pasarme así todo lo que durara un “para siempre”. Porque no imaginaba mis días sin él y ahora tendría que empezar a comprobar lo duro que era.
Me arrastré como pude hasta las escaleras y me senté en ellas, apoyando la cabeza en las rodillas.
Y ahora, ¿qué? No quería volver a mi vida “normal”. ¿Cómo iba a querer eso? Quería a Michael, pero sólo había una cosa que tenía más clara que eso… Que no podía estar con él. Por su bien y por el mío. Él necesitaba más, siempre iba a querer más, él y su entorno. Todos hubieran deseado una Natalie, y yo no lo era. Yo era una chica normal, con los problemas y la vida normal de una chica española de 18 años cuyo mayor triunfo había sido lograr buenas notas durante toda su vida. Eso es lo que yo era. Y desde luego, quedaba muy lejos de lo que una estrella pudiera desear.
Así que se había acabado. Y tocaba pensar en otro tipo de futuro.
¿Por dónde tenía que empezar?
Es más, ¿cómo se empieza a olvidar?

Capítulo 51.

Celos.

Total, que allí estaba yo. Por un lado deseaba desaparecer y así evitar ver como la estupenda Natalie seguía sonriéndole a mi estupendo novio, algo que me ponía de los nervios y que sin embargo no parecía importarle excesivamente a Michael, que la contemplaba demasiado entusiasmado. Estaba convencida de que si pasaban dos horas más juntos, acabarían casándose al día siguiente. ¿Estaba exagerando? Quizá un poco, pero por si acaso… No pensaba moverme de allí. Y si la chica-diablo tenía alguna intención con Michael tendría que vérselas primero conmigo.
- Judith, querida, ¿te importaría acompañarme a darle un par de instrucciones a las cocineras? –sonrió Kate.
Genial. No podía negarme, pero tampoco me agradaba la idea de dejar allí solo a Michael. Le miré como esperando que me pidiera a través de esos ojazos, o de algún gesto, o de telepatía si era necesario, que me quedara. Pero él la miraba a ella. Y charlaban divertidos. Así que con aires malhumorados salí de la sala tras Kate.
- ¿Te ocurre algo, cielo?-me preguntó Kate, colocándose a mi altura.
- Oh, no, no es nada. No te preocupes.
- Yo también he sido joven, querida, recuérdalo. Y conozco esa mirada… Y ese estado de ánimo. Pero yo si fuera tú estaría muy tranquila… Michael te adora. Y lo seguirá haciendo.
- ¿Incluso si aparece una chica con apariencia de ángel? –suspiré.
- Esa chica apareció hace mucho, y eres tú. Michael no tiene ojos para otra.
- ¿Entonces solo la mira constantemente de esa forma por cortesía? –ironicé-. Es evidente que Michael está interesado en la conversación que está manteniendo con ella.
- Son amigos desde pequeños, y hacía mucho que no se veían, eso es todo. A Michael no le gusta Natalie.
- ¿Cómo no le va a gustar si me gusta hasta a mí? ¿Te has parado a observar lo maravillosamente vestida que iba? Y yo con mis cochambrosos pantalones. Lamentable.
- ¡No digas eso! –Rió- Y confía en mí, soy su madre, le conozco. Michael no tiene ningún tipo de intereses en Natalie.
- ¿Podrías afirmar que Natalie tampoco está interesado en él?
Kate sonrió.
- No, pero eso no es asunto tuyo, ni siquiera de Michael. Tienes que confiar en él -se detuvo y aferró mis manos mirándome fijamente-. Jamás le había visto tan feliz como ahora, y eso es porque te tiene a ti al lado. Así que prométeme que vas a exhibir tu estupenda sonrisa durante todo el día. Eres preciosa y nada inferior a Natalie, ¿me oyes? No lo olvides.
Continuó caminando hacia la cocina pero no soltó mi mano; no acerté si lo hizo para darme seguridad o para evitar que me quedara clavada en el lugar. Nunca había tenido excesiva confianza en mí misma. No es que me creyera inferior a los demás, es que consideraba que no tenía nada de especial, y desde luego nada por lo que Michael pudiera fijarse en mí. Siempre lo había creído así, y por tanto alguien como Natalie suponía una seria amenaza.
Toda la euforia que se había apoderado de mí desde primera hora de la mañana había desaparecido, y me encontraba tan apagada que de lo único que tenía ganas era de meterme en mi cama y compadecerme de mí misma,  y sin embargo tenía que aguantar una comida que no hubiera deseado ni a mi peor enemigo. Perfecto.
Escuché como Kate les explicaba rápidamente a las cocineras qué era exactamente lo que quería, y en un par de minutos habíamos salido de allí para dirigirnos de nuevo hacia la sala dónde se encontraban todos.
Cuando entramos la escena no había cambiado. Joseph continuaba hablando con el matrimonio y Michael y Natalie se encontraban apartados, también charlando. Dirigí un par de miradas para comprobar que todo seguía como lo había dejado y al instante bajé la cabeza, quedándome alejada de ambos grupos.
- Podemos irnos sentando, en menos de diez minutos lo tendremos todo listo –sonrió Kate.
- Vaya, ¡qué rapidez! –exclamó Michelle.
Sin apenas darme tiempo para seguir odiando todo lo que tenía alrededor, Michael se colocó junto a mí y apoyó sus labios en mi frente, sin decir ni hacer nada. Bajé la cabeza aún más y entonces me retiró el pelo hacia atrás.
- ¿Estás bien, pequeña? –susurró tan tierno como siempre.
- Sí –me limité a decir.
Se colocó detrás de mí y me abrazó tan fuerte como le fue posible, colocando su cabeza sobre mi cuello.
- No aguanto que me hables con monosílabos y lo sabes. ¿Seguro que no pasa nada?
- Seguro, Michael. Todo está bien.
Sabía que Michael sabía que me pasaba algo. Pero también sabía que él sabía que ahora mismo no saldría nada de mi boca y tendría que conformarse con esos monosílabos que tan poco le agradaban. Que se aguantara, eso le pasaba por interesarse por la chica-diablo. Ahora le castigaría con mi fina indiferencia.
- Pues sonríeme un poco, anda… Sé que este no es el día que te hubiera gustado, pero cuando acabemos de comer te prometo que hacemos lo que quieras. Charla un poco con Natalie, es genial, seguro que te encanta –me aparté de él y le miré con cara de pocos amigos-. ¿Qué? –preguntó sin entender.
Me mordí el labio y decidí callarme. No era justo enfadarme con él, porque no tenía culpa de nada, así que le di un tímido beso y me guardé los pensamientos bajo llave.
- Nada. A comer –sonreí como pude.
Cuando llegamos a la mesa ya estaban todos sentados, y Michael me ofreció el sitio contiguo a su madre, quedando él frente a Natalie, hecho que no me sorprendió. Sonreí ante lo absurdo de la situación y decidí no hacer ni el más mínimo caso a lo que sucedía a mi alrededor. Me pondría a repasar la lista de la compra o cantaría para mí misma. Y que el resto del mundo hiciera lo que quisiera.
Poco me duró la alegría, apenas cuarto de hora, ya que una vez servida la comida, de repente, todos parecían interesarse por mi vida.
- Bueno, Judith, cuéntanos un poco de ti. Queremos saber cosas sobre la novia de nuestro joven Michael –sonrió Will.
- Pues… Soy española, y apenas llevo unos meses aquí. Vine por pura cabezonería, la verdad, siempre me ha parecido un lugar interesante y me empeñé en venir. Sí o sí, no había una tercera opción –miré de reojo como Kate sonreía ante mis palabras-. Y aquí sigo. La verdad es que me ha ido muy bien desde el primer día que llegué aquí.
- Y que lo digas –dijo de pronto Natalie, con una sonrisa tan poco cargada de simpatía como de amabilidad-. Estás saliendo con unos de los peces gordos del panorama. Si creyeras que te va mal es para matarte.
Por si había alguna duda, ya sí me había quedado claro que esta chica no quería continuar con su vida, me estaba pidiendo a gritos que acabara con ella. ¿Quería guerra? Bien, la tendría.  Pero guerra limpia, además, le daría mucho uso a mi gran don de la palabra si es lo que quería. Y luego, al cabo de media hora, le clavaría el tenedor.
- Descuida, jamás oirás tal cosa de mi boca. De hecho, no sé si a alguien le puede ir mejor. Tengo un trabajo que me encanta, una familia que me apoya en todo, unos amigos estupendos y un novio perfecto –la miré y sonreí. Judith 1, Natalie 0.
- ¿En que trabajas? –preguntó Michelle.
- Trabajo en una pequeña guardería. Y lo adoro, la verdad. Estoy muy contenta.
- Y los niños con ella –añadió Michael-. No veis lo bien que se entiende con ellos –me miró y sonrió. Parecía orgulloso.
- ¿Y cómo os conocisteis? –preguntó de nuevo Will.
- Um… Interesante pregunta. No sé si decir que fue gracias a mi hermano Jermaine o por culpa de mi hermano Jermaine –rió Michael, provocando también una gran sonrisa en mí-. Judith tuvo una especie de accidente con Jermaine mientras él iba con el coche. Ese es el resumen.
- Muy oportuno, Jermaine, ¿no, Judith? –volvió a añadir Natalie-. Quién te iba a decir que ibas a conocer a Michael Jackson a través de un accidente. El lugar justo en el momento adecuado. Vaya suerte –exclamó irónica.
Pude ver las miradas de reproche que la lanzó su madre. Si la chica-diablo era una señorita en condiciones, desde luego no lo estaba demostrando.
Michael aferró mi mano y le miré, a punto de estallar. Me pidió calma con la mirada y yo se la aseguré con la mía.
El tenedor. Y el cuchillo como no se callara. Eso la iba a clavar.
- En realidad… No fue nada grave –dirigí mi mirada hacia sus padres, que se mostraban mucho más agradables conmigo, e ignoré la presencia del diablo-. Sólo fue un golpe.
-Este Jermaine, siempre a lo loco –sonrió Will-. Pero por lo menos sirvió para que os conocierais.
- Sí, la verdad es que casi hasta le di las gracias –sonreí.
- Claro –sonrió Natalie. La miré de tal forma que Michael sostuvo con más fuerza mi mano, pero la calma ya se me estaba agotando; y la paciencia también-. ¿Sabes, Michael? Eres tú el que tiene mucha suerte en realidad. Con toda la cantidad de don nadies que hay por ahí intentando cazar a algún famosillo ingenuo, y tú has dado con alguien que no es así. Qué afortunado eres –sonrió, alcanzando el colmo de la ironía.
Me levanté lo más educadamente posible y miré a Joseph, que tenía una expresión tan extraña como indescifrable. No logré saber si le resultaba agradable esa situación o si por el contrario le pareció de lo más equivocado por parte de Natalie realizar esos comentarios.
- ¿Me disculpáis? Tengo que ir al baño.
Caminé deprisa con la intención de llegar al cuarto de baño antes de que explotara y soltara la cantidad de groserías que, por otro lado, la chica-diablo se merecía escuchar. Sin embargo Michael me detuvo a los pocos pasos de abandonar la mesa, cuando ya nadie podía vernos.
Ojalá no hubiera hecho eso. Porque ahora lo iba a pagar con él.

6 de abril de 2011

Capítulo 50.

Va a ser un día curioso.

Subimos a la habitación prácticamente en silencio. Observé cómo había dejado todo a un lado de la cama y sonreí ante ello. Agarró mi mano y tiró de mí hacia allí, donde se sentó. Le imité y, sin darme ni siquiera tiempo a decirle algo, me besó. Durante mucho, mucho, mucho tiempo. Me besó sin dejarme apenas respirar. Me besó con necesidad; la misma necesidad que yo tenía de besarle a él, de estar con él.
Sostuvo mi cara entre sus manos, clavándome sus ojos.
- Ha sido perfecto –susurró.
- Pero sólo porque tú eres perfecto. Y no me discutas –coloqué mi dedo índice en su boca, obligándole a callar-, lo eres y punto –sonreí.
Llamaron a la puerta y Mike se incorporó, diciendo un tímido “adelante”. Kate entró en la habitación y se abrazó durante unos segundos con su hijo. Verles así era conmovedor.
- Felicidades, cariño –susurró tras besarle en la frente. Después me miró y sonrió-. Hola, Judith.
- Hola, Kate –sonreí aún más. Cuánto adoraba aquellas escenas. ¡Cuánto echaba de menos a mis padres!
- Michael, cariño, han venido unos amigos de Joseph que desean felicitarte.
- Oh, mamá. ¿Es absolutamente necesario?
- Sí. Además, estoy segura de que te alegrarás de verles… Vaya, ¿y todos estos cuadros? –preguntó mientras se acercaba a la cama.
- ¿Te gustan? –Mike sonrió como tanto me gustaba a mí; podría iluminar el universo entero.
- Son muy bonitos, ¿se lo has regalado tú? –la mirada de Kate se posó en mí y yo asentí. Sonrió de tal modo que me hizo darme cuenta una vez más de lo mucho que la agradaba que yo estuviera al lado de su hijo. “Cuida de él –me dijo en cierta ocasión-, no le falles”. A día de hoy, las dos estábamos seguras de que iba a cuidar de él tanto como fuera posible-. Os espero abajo. No tardéis, por favor, no queremos hacerles esperar –añadió mientras cerraba la puerta tras ella.
Michael se tumbó en la cama, sin ninguna intención de moverse. Sonreí ante aquel gesto de auténtico niño y me tumbé sobre él. Me rodeó con sus brazos y exhibió su sonrisa picarona, casi maliciosa.
- ¿Y si nos quedamos aquí? –se inclinó para besarme el cuello consciente de que era prácticamente imposible que me negara a algo cuando hacía aquello.
- Probablemente me arrepienta pero… No, Mike, tienes que bajar.
Me sostuvo fuerte por la cintura y me depositó en la cama, colocándose él sobre mí. Me clavó su mirada mientras me levantaba ligeramente la camiseta y me acariciaba la tripa.
- No seas cruel.
- ¿Lo soy? –me susurró al oído, tras lo cual llevó su boca hasta mi cuello.
- Para, Mike…
Se incorporó ligeramente, lo justo para mirarme, y volvió a susurrar:
- Párame tú.
Genial. Como yo tenía una gran fuerza de voluntad cuando se trataba de él… Si había que esperar a que yo le parara, quizá dentro de 50 o 60 siglos habríamos salido de la habitación.
- ¿Cómo se hace eso? –Rió ante mi desesperación y me miró, deteniendo la “tortura”- Vaya, gracias.
- Sólo serán unos segundos, para que puedas descansar. No te hagas ilusiones, no voy a parar por ahora… -me guiñó un ojo y sonrió. Que insultante era para la especie humana que fuera tan guapo. Se había llevado el sólo toda la belleza. Menudo egoísta.
- Mike, escucha. Bajamos, estamos un rato y volvemos a subir a que continúes con tu tortura, ¿vale?
- No quiero bajar, Judi. Los amigos de Joseph son tipos aburridos.
- No lo hagas por Joseph, hazlo por Kate.
Me miró y yo, que sabía que había pronunciado las palabras mágicas, me incorporé ofreciéndole mi mano. La tomó a regañadientes y salimos de la habitación en dirección al salón.
Allí sólo se encontraban 5 personas, y 2 de ellas eran los padres de Mike. No sé por qué, pero me esperaba más gente.
- Por fin te dignas a aparecer –Joseph se acercó hasta nosotros, seguido de todos los demás-. Felicidades, hijo –le estrechó entre sus brazos durante pocos segundos, casi avergonzado por hacer aquello.
- Gracias, Joseph –Michael posó la mirada en los demás-. Hola, Will. Hola, Michelle, estás estupenda.
- Gracias, Michael. Tú también estás muy guapo. Felicidades –le besó en la mejilla y sonrió.
- Felicidades, muchacho. ¿Cuánto tiempo llevamos sin vernos? ¡Casi un año! –exclamó el tal Will mientras le tendía la mano.
- Hola, Michael –susurró una dulce voz.
¿Quién era ella? Lo exigía saber de inmediato. Morena, ojos azules, aspecto angelical, dulce sonrisa… Y por como miraba a Michael me hacía entender que el diablo se había presentado ante nosotros para robarme lo que más quería.
- Hola, Natalie. Estás muy guapa.
Oh, vaya, ¿en serio? Ninguno nos habíamos dado cuenta… Un momento, ¿¡Natalie!? ¿No era la chica de la que hace tiempo me había hablado Janet? ¿La misma que le gustaba a Michael? Genial. Es más, perfecto. ¿Y yo tenía que competir contra ella? Bajé la cabeza y el blanco de sus zapatos concentraron toda mi atención. Y ya puestos, pues analicé todo su vestuario con la esperanza de encontrar algún defecto. Vestido beis sin mangas y con un ligero vuelo, bolso pequeño y blanco, diadema en el pelo que resaltaba su color moreno… Acto seguido me miré a mí misma disimuladamente. Vaqueros caídos, zapatillas all star y camiseta de hombrera. Vamos, el deseo de belleza de todo hombre. Vale, doña perfecta, puedes quedarte a Michael.
La chica-diablo (me había permitido el lujo de rebautizarla y cambiarla el nombre) se acercó a Michael y le dio un abrazo.
- Felicidades, Mike. Tú también estás guapísimo.
Estupendo, de eso tampoco nos habíamos dado cuenta. Gracias por la aclaración.
¿Por qué no se casaban ya y acababan con mi sufrimiento?
Michael se separó un poco de ella y posó sus ojos en mí. Había llegado el momento de decirme que se había enamorado de otra.
- Natalia, Will, Michelle, os presento a mi novia, Judith.
Mi cara de sorpresa debió resultarle graciosa a Mike, pues soltó una risita. La chica-diablo me extendió una mano, sonriendo.
- Encantada –fingió. Por supuesto que fingió. La noticia de que Michael tuviera novia la agradó tan poco como a mí que ella estuviera allí. Reprimí los deseos de soltar una carcajada cargada de maldad, y la estreché la mano.
- Igualmente –sonreí haciendo gala de mis 4 años de clases de teatro.
Se giró de nuevo hacia Mike y comenzó a preguntarle por todos los aspectos de su vida.
No presté demasiada atención a la conversación. Preferí evadirme y pensar de cuántas formas podía hacer desaparecer a alguien y que nadie fuera capaz de responsabilizarme por ello. Vaya por delante que no era una persona violenta, más bien todo lo contrario. Paz y amor. Pero cuando se trataba de Michael…
Espera, espera, espera. ¿De verdad estaba celosa? Michael me había demostrado durante todo este tiempo lo mucho que me quería, ¿y ahora yo estaba celosa? ¿Yo, que nunca lo había sido? …
Pues sí, lo estaba. ¿Por qué la chica-diablo no paraba de sonreírle? ¿Y por qué le tocaba sus preciosos rizos? ¡Nadie se les tocaba! Nadie excepto yo, obviamente.
Desvié mi mirada hacia otro lado para no acabar con alguien antes de tiempo, o para no acabar yo dándome cabezazos contra la pared.
Me fijé en cómo Joseph y William mantenían una animada conversación, con alguna carcajada de vez en cuando. Me pregunté si de verdad era posible que alguien tan serio tuviera sentido del humor. De repente bajaron el tono de voz y Joseph le puso una mano en el  hombro; parecía estar convenciéndole de algo. Williams asintió y ambos se giraron hacia nosotros.
Y lo supe. No sé por qué, pero lo supe. Y esperé la inminente noticia mientras me deshacía en pedacitos.
- Escuchad, familia, he convencido a William para que os quedéis a comer aquí. ¿Qué os parece?
El pedacito de mi pierna derecha quiso patearle el culo, pero desechó la idea de inmediato.
- Es una ideal genial, Joseph –sonrió Michelle.
- No se hable más entonces, iré a avisar a las cocineras.
Eso, vete a avisarlas mientras a mí me dan nauseas.
Bajé la cabeza suspirando. Lo que iba a ser un día romántico con Mike, se había convertido en una reunión entre sus padres y unos amigos; y para rematar la jugada, la chica-diablo estaría presente todo el día.
Michael se acercó a mí y aferró mi mano, como si con ello quisiera darme fuerzas. Después miró a Natalie, que le miraba fijamente. Conocía esa mirada. Estaba segura de que así es como le miraba yo. Con amor, con deseo. Ella lo hacía de igual modo. Michael posó sus ojos en mí de nuevo, pero yo bajé la cabeza otra vez.
En ese momento, barajaba 3 opciones de acabar con ella.
Iba a ser un día curioso.

28 de marzo de 2011

Capítulo 49.

Felicidades.

Me senté intranquila. A los 10 segundos me encontraba en pie de nuevo, nerviosa. Caminé hasta la cocina y volví al salón con un tenedor en la mano. Me senté de nuevo en el sofá y observé el el objeto que sostenía. Un momento… ¿Qué hacía con un tenedor en la mano?
- Judi… ¿puedes explicarme qué pretendes hacer con un tenedor? –preguntó Nana, como si me hubiera leído la mente.
- No sé. No sé. No me estreses, por favor.
- ¿Yo? ¿Estresarte? No, de eso te encargas tú sola siempre, nunca has necesitado ayuda de los demás.
La saqué la lengua y resoplé. Dejé el tenedor en la mesa. Total, ni siquiera sabía que hacía con él. Cuando estaba inquieta hacía muchas tonterías de las que ni siquiera me daba cuenta. También pensaba muchas tonterías; era incapaz de encadenar más de dos frases con sentido. De hecho, en esos momentos, sostenía una zapatilla de Nana en la mano. Cuando caí en la cuenta la deposité cuidadosamente en el suelo, y miré a Nana, deseando que no se hubiera percatado de ello. Pero sí. Lo había hecho. Y me taladraba con la mirada.
- Antes de que te pongas a juguetear con todos los objetos de la casa… ¿Quieres tranquilizarte?
- No. O sea, sí. Pero, ¿cómo voy a tranquilizarme? –me levanté a la cocina y caminé de nuevo hasta el sofá a los pocos segundos. Nana me agarró por los hombros y me balanceó.
- ¡Tranquila! Vas a hacer un surco en el suelo como sigas caminando a esa velocidad.
- ¿Qué estará haciendo ahora? –antes de que Nana pudiera contestar la tapé la boca-. ¿¡Y si no le gusta!? A lo mejor me ha quedado demasiado cursi, he dicho muchas pasteladas…
Me taladró de nuevo con la mirada.
- ¿Has dicho cursiladas o verdades?
- Mmmm… Verdades, muchas.
- Deberías plantearte lo de tu inseguridad. Deberías confiar más en ti misma…
- Deberías, deberías… -me burlé.
Nana me hizo caso omiso y continuó con su discurso.
- Judi, que tengas a mil personas que te quieren no es casualidad, significa que haces las cosas bien.
Lo pensé durante unos segundos.
- No. No es casualidad –sonrió satisfecha-. Así que será suerte, supongo –reí, provocando sus desesperación. Tenerla a ella sí era una verdadera suerte-. No aguanto más, me voy. Voy a llamar a su casa y me voy.
Me levanté, cogí el teléfono y tecleé su número tan rápido como me fue posible. Me contestó una de las cocineras, tan amable como siempre, haciéndome saber que en menos de media hora Sam estaría en la puerta para recogerme. Ya estaba lista, con lo cual mi única tarea sería esperar esa media hora en el sofá. Media hora...
Juraría que cuando bajaba por las escaleras a encontrarme con Sam, lo que había pasado eran décadas, y no una simple media hora…

Y juraría que lo que transcurrió desde mi casa a la de Michael fueron siglos. Siglos enteros. Unos 10, o así. Cuando abrió la puerta de la gran mansión, yo era 1000 años más vieja.
Una vez me di cuenta de que estaba empezando a desvariar y de que mis pensamientos se alejaban de lo que la gente consideraba la normalidad, decidí dejar de pensar.
- Ah, claro, genial. Total, no tienes que pensar qué decirle cuando le veas… -me maldije a mi misma mientras caminaba hacia la puerta de entrada. Por suerte, Michael no andaba por allí, así que al menos tendría unos… 5 minutos antes de encontrarme con él para pensar exactamente qué tenía que decirle. Estupendo. Mis nervios se multiplicaron por 3000.
Subí las escaleras despacio, dándome cuenta que toda la prisa que había tenido durante toda la mañana, estaba descendiendo brutalmente hasta el punto de llegar a convertirse en pasividad. No quería hablar con él, ¿y si no le había gustado? Seguro que llegaba su magnífico padre con un magnífico descapotable que…
- Judi…
¿Estaba soñando, en el paraíso, o esa perfecta voz se encontraba detrás de mí? Me giré mientras un escalofrío me recorría de arriba a abajo, y me mordí el labio inferior al ver a Michael frente a mí. Descendí las pocas escaleras que había subido, tratando de descifrar qué escondían sus ojos, los mismos que nunca me habían mentido. Él no se movió, continuó mirándome fijamente mientras mi corazón latía a mil por hora; mientras, estaba segura, su corazón latía a dos mil por hora. Me acerqué hasta dónde se encontraba y aferré su mano. La mágica pulsera relucía sobre su tez morena.
- Yo… -trató de decir.
- Chsss, no digas nada –le tapé la boca-. Lo primero de todo… Felicidades –sonreí y aparté mi mano lo suficientemente rápido para darle un suave beso y lo suficientemente deprisa para impedir que tratara de volver a hablar. Pero haciendo gala de su agilidad, se zafó de mi mano, y me miró aún mas fijamente, haciéndome casi daño por la intensidad de sus ojos.
- No sé ni qué decirte… -susurró.
- ¿Me quieres?
- ¿Cómo? –mi pregunta pareció extrañarle, dejándole absolutamente descolocado. Sonreí.
- Que si me quieres.
- Sí. Sí. Mil veces sí… -el tono de su voz me hizo darme cuenta de que, a su parecer, estaba diciendo algo obvio. Sonreí aún más.
- Es suficiente. Es más, es lo único que necesito que me digas.
- Pero…
- Chsss –le interrumpí de nuevo-. Michael, esto no ha sido nada. No es nada comparado con lo que te mereces –alcé mi dedo en señal de silencio; aún no había acabado de hablar-. No puedo ofrecerte gran cosa, mírame… -me retiré de él, y comprobé que me miraba, siempre con esa expresión de desconcierto en su cara-. Pero si, sea lo que sea, puedo hacer algo para mantenerte a mi lado… Entonces lo haré. Pero esto, Michael –susurré mientras me acercaba a él nuevamente, acariciándole el rostro-, esto no es nada comparado con lo que alguien como tú merece.
Tomó mi mano de su cara y la aferró con fuerza, bajando la mirada hacia ella.
- No es cierto –afirmó, aún con la mirada baja-. Tú puedes ofrecerme todo. Es más, nadie puede darme lo que tú me das. Judi, esto… Esto que has hecho… -miró al cielo y después depositó de nuevo esos profundos ojos en mí-. Jamás podré compensarte por ello.
Reí, acercándome más a él.
- Michael, no tienes que compensarme por ello. No quiero que me compenses.
- Eso tampoco es cierto. Ha sido… Mágico –sostuvo mi mano con más fuerza y esa palabra cobró el significado que él quería darle-. Y necesito agradecértelo de algún modo.
- No…
- Sí. Todo lo que has dicho, todo lo que has hecho… Nadie, jamás, había hecho tanto por mí. Nadie me había demostrado tanto. Nadie me había dado tanto. No sé cómo agradecértelo, de verdad… Todo lo que pueda decirte se queda corto. No sé…
- Sólo tienes que saber una cosa. Sólo quiero que sepas una cosa, que estés seguro de una cosa.
- ¿Cuál?
- Que me quieres. No necesito más, Mike. Esa es la mayor recompensa que puedes darme.
- Te quiero –susurró-. Pero no es suficiente.
- Sí, si lo es.
- No, no lo es, Judith. Esta vez no -puse los ojos en blanco, y me rodeó con sus brazos. Me levantó el mentón y me hizo mirarle-. ¿Sabes? Cuando era pequeño mi madre solía contarme un cuento. Trataba acerca de un mago, un mago que decidía dónde y cómo colocaba a todas las personas en el mundo, y cuál sería su cometido mientras estuvieran en él. Por supuesto, es sólo fantasía, un cuento para niños pequeños. Pero… Si algún día me encuentro a ese mago, le daré mil gracias por haberte cruzado en mi camino.
Intenté hablar pero esta vez fue él quien detuvo mis palabras.
- Te prometo que algún día te compensaré por todo esto. Hasta entonces… No sé qué decirte –sonrió.
- Anda, no seas exagerado, tampoco ha sido para tanto.
- ¡¿Que no ha sido para tanto?! –me cogió por la cintura y me levantó por los aires, obligándome a agarrarle por el cuello. Me mantuvo unos segundos en el aire, acariciando mis labios con su nariz. Nuestros ojos chocaron y saltaron chispas. Me besó, lento, suave, tierno. Como el sabía hacer. Temblé, y me depositó en el suelo-. Cuando creí que no podría describir todo lo que había experimentado durante toda la mañana, vas tú y me haces el regalo más significativo que jamás me harán: explicarme el significado de la palabra “magia”. Eso ha sido todo esto, mágico, Judi. Mágico.
- Vas a ponerme roja…
- Siempre estás roja –me sacó la lengua-. Umm… No quiero parecer empalagoso, pero… Te quiero. Mucho.
- ¡Empalagoso! –le empujé-. Es broma, me encanta que me lo digas.
- ¿Sabes lo mejor de todo?
- Sorpréndeme –le achuché más fuerte, apoyándome en su pecho. Podía sentir sus latidos, casi tan intensos como los míos.
- Que ahora sé cuando acabará esto.
Alcé la cabeza buscando su mirada.
- No me asustes. ¿Cuándo?
Me besó con cuidado y sonrió.
- Cuando mi corazón deje de latir.

22 de marzo de 2011

Capítulo 48.

29 de agosto de 1979 (VII)

Y rompí a llorar. Mientras sonreía, mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas, mientras daba las gracias interiormente por todo esto; mientras, las lágrimas descendían por mi cara, lágrimas de felicidad, de agradecimiento. E incluso de incredulidad. Tanto tiempo comprobando día tras día como las personas se acercaban a mí por el personaje y no por la persona, tanto tiempo haciéndome ver a mí mismo que sentimientos tan naturales y necesarios como el amor y la amistad iban a ser difíciles de descubrir; y ahora… Ahora todos esos pensamientos se derrumbaban, y florecía entre la hierba marchita algo que jamás llegué a imaginar, una flor tan grande y tan bella que dejaba atrás cualquier rastro de dolor, de duda, de angustia. Ahora por fin comprendía lo que significaba tener una persona a tu lado, alguien a quien dar la mano cuando lo necesitas, alguien a quien tender la mano cuando te necesita; alguien a quien querer.
Suspiré y deposité la nota sobre el cuadro que permanecía en el suelo. Iba a ser tremendamente difícil encontrarme con ella de nuevo, y sin embargo tremendamente fácil por las inmensas ganas que tenía de abrazarla. Pero no sabía qué iba a decirle. No sabía qué tenía que decirle. Todo había alcanzado una dimensión tan grande que cualquier palabra parecía quedarse corta ante tanta… Maravilla. Recurrí a esa palabra por trigésimo novena vez en la mañana, pero estaba totalmente justificado.
Me incorporé con energía sabiendo que aún no había acabado todo. Judith solía terminar las cosas de una manera espectacular, y aunque este último regalo había sido increíblemente… maravilloso, simplemente sabía que aún no había acabado todo.
Observé como un pajarillo de intensos colores se desplazaba de un árbol a otro, donde las hojas verdes abundaban llenando todo de colorido, y, aún mirándole, comencé a andar sin saber muy bien dónde tenía que ir. Continué recogiendo unas pequeñas conchas que aún quedaban a los lados del camino preguntándome cuántos sacos habría traído de la playa; porque estaba claro que habían sido sacos teniendo en cuenta la cantidad de ellas que había. Me pregunté si algún día Judith iba a dejar de sorprenderme… La respuesta llegó en 5 segundos: no. Jamás iba a dejar de sorprenderme; todo lo que hacía, y la manera en que lo hacía… Siempre me asombraría; todo lo que era, todo lo que la rodeaba, todo lo que conseguía hacer. Todo lo que me hacía ser a mí.
Vislumbré a no más de 10 pasos una forma rectangular y caminé, casi corrí, hasta ella, una vez más ansioso por ver lo que me esperaba. Estaba envuelta en papel dorado, y, aunque a simple vista también parecía tratarse de un cuadro, el tacto era suave, esponjoso, como si fuese…
- No puedo creerlo… -sonreí mientras lo desenvolvía. Sí, ¿cómo no iba a creerlo? Se trataba de ella, era capaz de cualquier cosa. Repasé con los dedos su sedosa y lisa textura, recorriendo cada letra inscrita en ella.
Una almohada. Pero no una almohada cualquiera. La almohada de su habitación. Aquella que había soportado tantas peleas entre nosotros, aquella que tuvimos que coser más de una tarde para que dejara de echar plumas; aquella en la que tantas veces hemos dormido; aquella que había oído tantas confesiones entre nosotros.
Observé esas palabras que tanto me habían hecho soñar en los últimos meses, y que tan bien comprendía ahora a pesar de no formar parte de mi idioma. O al menos, de mi idioma meses antes de conocerla, ya que gracias a ella me manejaba bien en el español. Y esas dos pequeñas palabras representaban desde entonces un mundo para mí…

Una persona que es capaz de hacer que una simple almohada tenga tanto significado… No es alguien normal. Y yo tenía la suerte de tenerla… Allí, conmigo. No sé en qué momento decidieron cruzarla en mi camino, y tampoco sé por qué, sólo sé que estaré eternamente agradecido por darme la luz y la fuerza que, estaba seguro, me acompañaría toda mi vida.
Extraje la nota que contenía y me asombré de su pequeño tamaño: no era ni un cuarto de folio, cuando lo normal era que escribiera sin parar. Algo que me encantaba, por supuesto. <<Es como si nada más levantarme, me dieran cuerda. ¡No puedo parar de hablar en todo el día!>>, recordé divertido las palabras que me había dicho al poco de conocerla. Como adoraba que la dieran cuerda. Abrí el papel, y me encontré con mi mundo ahí dentro:
“TE QUIERO. ¿Hace falta decir algo más?”
Fueron sus palabras. Sonreí. No hacía falta añadir nada más.
Bajé la vista y me encontré con otro sobre. Mantuve la sonrisa mientras lo recogía, y la conservé después de darme cuenta de lo que era:


El nudo en la garganta volvió, al igual que el caudal de emociones que se hicieron dueñas de mí. Jamás lograría compensarla por todo aquello; no habría forma posible de devolverle todo lo que me había transmitido. Estaría infinitamente en deuda con ella. No sólo por lo de hoy, por todo lo demás.
Me levanté lentamente sosteniendo la almohada con el brazo derecho, mientras que con el izquierdo hacía ademán de guardarme la carta en el bolsillo. Fue entonces cuando vi otro sobre en el suelo; debía estar bajo la almohada y por ello no lo había visto anteriormente. Volví a sentarme, y cogí el sobre. Pesaba. Extrañado, lo abrí. Un papel y una pulsera era lo que había en su interior. Observé ésta última; sin ser una reliquia, era bastante bella. Una serie de trenzas marrones y blancas daban una forma dinámica a la pulsera. En el centro se encontraba una estrella, no muy grande, pero brillante. Deposité todo en el suelo y me la puse sin mucha dificultad. Acto seguido me dispuse a leer las palabras que me aguardaban:
“Bueno… Hemos llegado al final. Lo curioso es que, con todo el tiempo que te he hecho perder recogiendo cada cosa, si lo piensas bien en realidad no te he regalado nada de mucho valor… Y lo siento por ello. Te lo he repetido mil veces: te bajaría la luna si me fuera posible. Aunque le daría envidia ver como eres mucho más hermoso y deslumbrante que ella, y ninguno queremos que la luna que cada día nos regala ese cielo tan bello que a ambos nos gusta contemplar sienta celos, ¿verdad? Pero la ganarías, estate seguro de ello.
Michael… Uf, que difícil es esto. ¿Cómo resumir en tan pocas líneas tanto sentimiento? Pasaré a lo esencial. Simplemente… Te quiero. Te quiero y probablemente jamás quiera a nadie tanto como te quiero a ti. Es tanto lo que me has dado, es tanto lo que has cambiado, es tanto lo que me has hecho crecer, comprender, ver y… Amar. Es tanto, Michael, que cualquier cosa que pueda decirte se va a quedar muy muy corta. Así que me limitaré a recordarte una vez más, y las que quieras, lo mucho que te quiero. Por todo. Por todo lo que eres, por todo lo que me haces ser. Por todo lo que somos. Por tanta magia entre nosotros.
Magia… Es una palabra que solía utilizar mucho mi abuelo, ¿sabes? Siempre decía que si creyéramos en que todo tiene algo mágico en su interior, seguramente seríamos más felices. Nunca le pregunté por qué decía aquello, porque tampoco lo consideraba necesario. Cuando tenía 14 años decidió que era lo suficiente mayor, y niña a la vez, para regalarme esta pulsera que ahora, espero, tengas puesta. En realidad, me dio dos. Me explicó que, como todo, tenía magia. Me colocó una en la muñeca izquierda y sostuvo la otra en su mano. Mirándome como sólo él sabía hacer, y transmitiéndome tanto como quería transmitirme, me dijo que le entregará esa segunda pulsera a la persona con quien estuviera dispuesta a compartir toda mi magia interior; a la persona de quien quisiera descubrir toda la magia que habitaba dentro de él; a la persona con quien compartiera la verdadera magia que puede haber entre dos seres humanos: el amor.
Así que… Es tuya. Te corresponde, desde el principio. Por ser tan… Mágico. Porque todo lo transformas en sonrisas, en abrazos calurosos, en caricias dulces, en palabras importantes, en buenos momentos. Por eso te corresponde, porque me has demostrado que lo que decía mi abuelo era verdad: todo tiene magia. Tienen magia unas conchas, tiene magia un simple papel amarillo, unos cuadros pintados, unas margaritas, una almohada… Todo tiene magia. Y tiene magia porque tú formas parte de todo ello, y eso es precisamente lo que mi abuelo quería que algún día llegara a comprender.
Por eso es tuya. Por hacer todo eso posible. Por entregarme tus segundos de cada día y hacer que los míos transcurran con… Magia.
Te quiero, Michael. Te quiero ahora, y te querré hasta que mi corazón deje de latir.”

16 de febrero de 2011

Capítulo 47.

29 de agosto de 1979 (VI)

No sé cuánto tiempo permanecí tumbado en la hierba, mirando como las escasas nubes se desplazaban lentamente por el cielo azulado. Mi cabeza daba vueltas de un recuerdo a otro, de una imagen a otra, releyendo cada palabra que me había escrito la persona más maravillosa que había conocido hasta ahora; la persona más maravillosa que, estaba seguro, existía en toda la tierra. O al menos, la verdadera maravilla de este mundo para mí.
Me incorporé aturdido en cuanto recordé que aún no había acabado esto. No sabía qué me esperaba ahora, ni en qué lugar de aquel maravilloso paraje, pero desde luego no iba a esperar mucho más para descubrirlo. Coloqué los cuadros en el árbol más cercano, y supliqué para mis adentros que no se hubieran acabado las pinturas que encerraban momentos entre nosotros. Decoraría mi cuarto con cada imagen que me había regalado. Así tendría al alcance de mis ojos el motivo más maravilloso para levantarme cada mañana.
- Maravilla… -repetí en voz alta. Había perdido la cuenta de las veces que había necesitado esa palabra en los últimos minutos para describir todo lo que me estaba pasando.
No anduve más de 10 pasos hasta que me detuvo, de nuevo, esa forma cuadrangular que tanto ansiaba. Sonreí ampliamente, y me mordí el labio. Me acerqué hasta ella y sosteniéndola entre mis manos me deshice del papel que la envolvía.
Un cielo azul despejado. Un sol espléndido al fondo. Aguas cristalinas. Pequeños peces casi invisibles bajo éstas. El horizonte. Y nosotros. Las manos entrelazadas. Mirándonos. Y sonriendo.
No necesité más de 10 de segundos para saber de qué se trataba. No era un mar cualquiera, ni un cielo cualquiera, ni unas aguas normales y corrientes. Ni siquiera la luz del cuadro era la misma que había en otros.
Era nuestro mar, nuestro cielo, nuestras aguas y nuestra luz. Nuestras manos unidas y nuestras sonrisas resplandecientes; en nuestros días, en nuestra playa.
Sonreí ante aquel manantial de recuerdos, y extraje la nota que, como siempre, incluía el marco.
“Y llegados a este punto, yo me pregunto… ¿Para qué quiero el mundo? ¿Para qué quiero las calles, los edificios y los coches? ¿Para qué quiero las prisas, las impaciencias y las esperas que vivo día a día en el mundo? Incluso… ¿Para qué quiero la comida? Podría decir que hasta me sobra el aire.
¿Nos vamos? Vámonos.
¿A dónde? No sé, da igual. Lejos. Muy lejos. A nuestra playa. O a otro sitio. A cualquiera que podamos calificar como “nuestro” desde el primer momento que lo pisemos. Vámonos a… Vivir a un árbol. O a la orilla de un río. O a un desierto. O al Polo Norte. O al Sur. O al País de Nunca Jamás. Da igual dónde si vamos los dos.
No necesito calles mientras tú sigas siendo mi camino, porque eres el principio y el final al cual quiero llegar siempre; mi punto de partida y mi punto de llegada. Tampoco necesito edificios que me cobijen, tú eres mi guarida y el mejor lugar para descansar; y para vivir. Tú eres mi vehículo para ir a cualquier parte, y el único lugar dónde quiero estar es contigo. Porque contigo no hay prisas, ni impaciencias, ni esperas: todo es eterno, sencillo, y sin esperas: está aquí, y ahora; no hay temor a que falte. Me sobra la comida si puedo alimentarme de tus sonrisas, de tus besos y de tu voz. Y lo único que puede robarme el aire es tu ausencia.
Contigo sólo me falta tiempo. Tiempo para explicarte todo lo que has cambiado, todo lo que has hecho, todo lo que me importas y todo lo que te necesito.
Por eso un árbol puede ser el lugar perfecto, por poco que parezca. Y la orilla de un río puede resultar acogedora contigo al lado. El desierto será también perfecto si me agarras la mano. Y sentiré calor en cualquier parte si tú me abrazas. Y hasta podré llegar volando a Nunca Jamás si me sonríes…
¿Para qué quiero el mundo? Para qué le quiero si hace tiempo construí uno perfecto a tu alrededor y es el único que hoy día me importa de verdad.
Así que… Vámonos. Donde quieras, ¡da igual dónde me lleves! Lo único importante es que estemos los dos, ¿verdad? Vámonos lejos de tanta mentira, de tanta envidia, de tanta hipocresía y de tanta maldad. Vámonos a cualquier parte donde no le debamos nada a nadie. Vámonos donde sólo exista lo que los dos queramos que exista.”

27 de enero de 2011

Capítulo 46.

29 de agosto de 1979 (V)

Deposité el ramo en el suelo de nuevo y guardé la carta en el sobre, dejándolo encima de las margaritas. Escogí un par de conchas al azar y continué caminando observando la fecha de ambas.
Hacía un día estupendo. El sol brillaba intensamente, dotando a las plantas de un color sensacional y a los animales, y a mí mismo, de una gran sensación de vida. Amaba los días soleados. Y Judi también. Siempre decía que cuando se levanta de la cama con los rayos de sol cegándola sentía la misma alegría que cuando a cualquier otra persona le entregaban un millón de dólares. Esbocé una gran sonrisa al recordar ese comentario. Era tan diferente a todas las personas que había conocido; era tan especial… Yo vivía en un mundo lleno de fama y riquezas que parecía ser insignificante para ella. Era tal el contraste entre ella y todos los demás… Tropecé con una piedra y mis pensamientos se perdieron. Seguro que si ella hubiera estado allí se hubiera reído a carcajada limpia. Se lo contaría después, quizá así se quitara la idea de la cabeza de que todo lo que hacía, lo hacía de una manera “insultantemente perfecta”, como repetía cada medio minuto. Nunca nada es perfecto. Siempre hay que buscar más.
Vislumbré a unos pocos pasos de donde me encontraba una forma rectangular envuelta. Un cuadro, seguro. Corrí hacia él y la impaciencia hizo que me olvidara de la delicadeza al desenvolverlo. Lo sujeté con las dos manos y observé el nuevo dibujo que se mostraba ante mí. Judi y yo volvíamos a ser los protagonistas. Ella aparecía a la derecha, riendo, con el pelo al viento y dando sensación de movimiento. Yo me encontraba a la izquierda, también en movimiento, y girado completamente, mirándola, y sonriendo. Nuestras manos estaban en el centro de la imagen, enlazadas y resaltadas por la luz del sol que aparecía en la parte derecha superior, donde el marco escondía la nota que me dispuse a leer:
“A veces, las cosas no salen bien. A veces, se estropean. A veces, se acaban. A veces, las perdemos sin culpa alguna, y a veces nos sentimos culpables por haberlas perdido. A veces, no podemos recuperarlas. A veces, lloramos por ello. Y a veces, simplemente lloramos. Por cualquier cosa. Por una pérdida, por una pelea, por una discusión, por un mal momento, por una mala racha, e incluso simplemente porque nos apetece. Y entonces, a veces, nadie puede rescatarte del pozo en el que estás. Y a veces, lo que se siente es soledad. Pero también, hay veces, que una sola mano, de una sola persona, es suficiente para ver todo de otro modo…
He sentido miedo. He sentido dolor. He sentido rabia. He sentido impotencia. He llorado. He chillado. Me he vuelto loca. Y entonces… Entonces has aparecido. Una risa. Una caricia. Una mirada. Un paseo hasta el cine, una charla en mi sofá, una película en tu habitación, una canción susurrada en mi oído. Y el miedo, el dolor, la rabia y la impotencia se marchan. Y las lágrimas y los chillos cesan. Y sonrío. Y te acaricio. Y te miro. Y todo cobra sentido de nuevo.
Hoy es un día para felicitaciones, pero también lo es para agradecimientos. Tu madre te agradecerá 21 años de amor. Tus hermanos te agradecerán tantos años de cariño. Y yo te agradezco tantos días de sonrisas, caricias y miradas que consiguen apartarme de las cosas que no salen bien, de lo que se estropea, lo que se acaba o lo que pierdo. Me das tu mano y me haces huir de todo lo malo. Consigues que me refugie en el mejor lugar posible; en ti…”
- … ¿Y ella me da las gracias? –los ojos se me inundaron de lágrimas, y doblé el papel con la vista, nublada, puesta en el dibujo. Lo agarré con ambas manos fuerte, apretándolo contra mí.
Y entonces, el marco se desencajó, apareciendo una doble forma tras él. Enjugué mis lágrimas y tiré de ello, descolocándolo aún más. Lo extraje y comprobé que era otro cuadro. Dos siluetas tenues aparecían tumbadas en una cama. La chica apoyaba su cabeza en el hombro del chico, que la rodeaba con sus brazos y parecía susurrarle algo al oído. Sus rostros estaban difusos, pero supe al instante que se trataba una vez más de nosotros. Extraje la nota del marco izquierdo:
“También, hay veces que simplemente no se puede huir. Hay muchas veces que hay que hacer frente a los problemas, a lo que nos duele. Y aguantar.
¿Y sabes qué? He aprendido que la vida es como una montaña rusa, es un continuo juego de contrastes, de experiencias totalmente dispares. Hay momentos en que los tienes que estar abajo, donde todo parece inmenso para ti, donde parece imposible subir. Pero únicamente puedes llegar arriba si antes has estado abajo; y sólo si has conocido lo peor de la vida podrás llegar a entender la grandeza de las cosas buenas.
No me importa estar abajo, no me importa sentir dolor y no me importa no poder huir en ciertos momentos si te tengo a mi lado, abrazándome; si puedo estar contigo mientras me susurras al oído un dulce “voy a estar”. No me importar tener que soportar todo tipo de situaciones desagradables si voy a tenerte junto a mí para volver a subir, y entender que la verdadera grandeza la posees tú.”