3 de julio de 2010

Capítulo 33.

Te conozco mejor que a mí mismo.

Para mi asombro, dormí plácidamente hasta las 2 de la tarde del día siguiente. El cansancio había hecho mella y a pesar de las innumerables dudas que me habían surgido y de las tremendas preocupaciones que soportaba, conseguí conciliar el sueño de una forma poco común en mí cuando tenía semejante lío en la cabeza.
Las chicas me habían esperado para comer, con una gran sonrisa en sus rostros y me dieron abrazos monumentales las tres. No tuve que contarlas mucho, puesto que las había llamado prácticamente todos los días. Únicamente les hablé de lo acontecido los dos días anteriores, el paseo por el bosque y la “discusión” posterior; lo que había pasado con Joseph y como habíamos acabado Michael y yo.
Decidí que, a pesar de decírselo, hoy no iría a verlo. Me daría un paseo, largo, hasta la guardería para anunciar que había vuelto de mis vacaciones y dedicaría la tarde a pensar en lo que, en realidad, ya tenía claro...
- Chicas -dije al tiempo que cogía las llaves-, si llama Michael decid que estoy durmiendo, o algo así... Pero que no venga, ¿vale?
Me miraron y asintieron. Sabía que no era justo hacerle eso, pero no podía enfrentarme a él todavía. A pesar de tener las cosas relativamente claras, iba a ser bastante difícil. Pero, ¿qué otra opción tenía...?
En la guardería también me acogieron con los brazos abiertos. Volví a ver a todos mis niños de nuevo, que me sacaron sonrisas como sólo ellos sabían. Mis compañeras y algún padre me preguntaron acerca de mis vacaciones (sólo dos o tres sabían que con quien me había ido era el mismísimo Michael Jackson) y se alegraron de tenerme de vuelta. Me dijeron que aún no tenía que comenzar, ya que no me esperaban todavía y mi sustituta tenía contrato por 5 días más.
Llegué a casa agotada tras el largo paseo, lo cual realmente agradecí, así me quedaría en seguida dormida sin necesidad de torturarme demasiado.
- Ha llamado Michael -me dijo Lorena, nada más entrar.
- Lo imaginaba...
- Tres veces.
- ¿Tres?
- Sí.
- Se le veía preocupado... -apuntó Nana.
Genial.
A la mañana siguiente me levanté pronto, en contra de todos los pronósticos; esta vez los nervios no me habían dejado dormir. Desayuné cuatro galletas, ordené la habitación, me arreglé rápidamente y me dirigí al teléfono. Marqué el número de Michael tras suspirar unas cuantas veces y pregunté por Sam cuando Diana, una de las cocineras, contestó. Preferí hacerlo así, aun a riesgo de llegar a Hayvenhurst y que Michael no estuviera. Le pedí a Sam que me pasara a buscar cuanto antes y en menos de tres cuartos de hora estaba en frente de la puerta de mi casa.
- Buenos días, Sam.
- Buenos días, señorita.
El camino fue largo y tenso. Las luchas internas proseguían dentro de mí y no había forma de acabar con ellas.
- Espera aquí, preguntaré por el señorito Jackson en seguida -dijo Sam, una vez habíamos llegado.
En menos de 5 minutos Michael apareció tan radiante como siempre. Lucía una camiseta verde y unos pantalones vaqueros. Tenía el pelo ligeramente mojado y la sonrisa en su cara brillaba por su ausencia.
- ¿Por qué no viniste ayer? -me espetó una vez que estuvo cerca de mí, sin darme ni siquiera la opción de saludarle. La frialdad en sus palabras me pilló desprevenida y tuve que tragar saliva un par de veces antes de sentirme capaz de contestar.
- Estuve en la guardería, a decir que había vuelto. Fui andando, así que me ocupó toda la tarde.
- Inventaron los teléfonos hace tiempo, creía que tú lo sabías mejor que nadie. Podías haber llamado. Yo lo hice, ¿sabes? -de nuevo esa frialdad, unida a un tono muy apreciable de reproche.
- Oye, relájate. No me hables así.
- ¿Cómo se supone que tengo que hablarte? -me soltó de igual forma. Le miré fijamente a los ojos, que carecían de la dulzura a la que me tenía acostumbrada y vi su semblante serio como nunca había visto.
Estupendo. Nunca habíamos discutido, cuando la conversación se iba de tono o cuando no estábamos de acuerdo en algo habíamos cedido alguno de los dos para así no tener que enfrentarnos; pero parece que siempre hay una primera vez para todo.
- No tengo porque aguantar que me hables así, Michael. Cuando estés de mejor humor, si quieres, hablamos.
Me di la vuelta y comencé a caminar hacia la puerta de salida. Muy en el fondo sabía, o creía saber, que Michael correría detrás de mí a decirme que lo sentía y que por favor me quedara para hablar. Pero no lo hizo. Cuando había caminado unos cuantos pasos me giré y le vi quieto, como si le hubiera echado cemento encima. No lo podía creer. ¿Encima estaba enfadado él?
Retrocedí mis pasos y me coloqué frente a él, sintiendo como me hervía la sangre. Será crío.
- Espera, ¿eres tú el que está enfadado? Es decir, me sueltas todas las cosas que piensa tu padre acerca de mí y de nuestra relación, no niegas que piensas algunas de ella, seguro que bastantes, y encima... ¿Te enfadas tú? ¿De qué se supone que va esto? ¡Soy yo la que tendría que estar enfadada! Sin embargo vengo a intentar hablar contigo, ¡y me contestas como me has contestado¡
Permaneció callado y al cabo de unos segundos bajó la cabeza, incapaz, supuse, de mirarme.
- Estoy asustado.
- ¿Qué?
- Que estoy asustado. Estoy asustado porque te conozco. Te conozco mucho, Judi, muchísimo. Te conozco más que a mí mismo. Sé lo que estuviste pensando en el viaje de vuelta, sé lo que pensaste ayer durante todo el día y sé cual es la conclusión a la que has llegado -hizo una pausa, esperando que yo dijera algo, pero preferí callar. Si se lo decía todo él solo, sería más fácil. Además, tenía razón, me conocía tanto que podía saber todo lo que había pasado por mi cabeza-. Has estado durante todos estos meses alimentando mi sonrisa y apartándome de aquello que pudiera hacerme daño. Has hablado conmigo durante horas y horas sólo para intentar conseguir que me sintiera mejor; has llorado cuando yo lo he hecho,y has evitado de todas las formas posibles que lo volviera a hacer -suspiró y agarró mi mano-. Y ahora te has dado cuenta de que tú también puedes dañarme, lo que supone en ti una contradicción: has intentado a toda costa apartarme del dolor porque es lo último que quieres para mí y resulta que tú también puedes causármelo. ¿Cuál es la única solución que ves en todo esto? -permaneció callado durante unos segundos-. Irte -tembló su labio inferior y me siguió traspasando con la mirada-. Alejarte de mí -hizo una pausa de nuevo y supe que en menos de dos segundos iba a comenzar a caerme lágrimas como si fuera una fuente-. Estoy asustado porque eso es lo que has decidido.
Permanecí callada, a la espera de que siguiera hablando. Pero no apartaba la mirada de mí y me di cuenta de que quizá era mi turno. Una lágrima resbaló por mi mejilla y la atrapé en seguida, antes de que pudiera hacerlo él.
- ¿Estoy en lo cierto? -cuestionó, mientras tomaba aire.
Asentí.

2 de julio de 2010

Capítulo 32.

¿Esto es un error?

Cuando salí de la ducha me le encontré tirado en la cama, jugando con mi camiseta azul entre sus manos. Le miré confundida y sonreí.
- ¿Se puede saber que haces con mi camiseta?
- Ha llamado mi madre. Sam había salido hace un par de horas hacia aquí para recogernos.
- Um... Siento que se tenga que hacer este enorme viaje. Pobre.
Siguió jugando con mi camiseta, como si no le importara ni mi presencia ni mi pregunta.
- ¿Por qué ignoras mis preguntas? -me miró confundido y puse los ojos en blanco-. ¿Piensas ponerte la camiseta? -repetí al tiempo que le lancé la toalla después de secarme del todo el pelo.
- Sí. ¿Crees que me quedaría bien? -se levantó de un salto y se colocó frente al espejo. Genial, había recuperado el buen humor. Sonreí con ganas-. Quizá deberías dejarme tu falda blanca, para ir más conjuntado.
- Que payasito eres -reí-. Trae anda, habrá que empezar a hacer la maleta.
Se acercó hasta mí, me cogió por la cintura y puso carita de pena.
- ¿Me haces la mía? -me besó dulcemente por el cuello. Me mordí el labio inferior e hice un esfuerzo monumental por no arrastrarle a la cama.
- No, guapo. Te la haces tú solo, que vas siendo mayorcito.
Se separó de mí al instante y caminó hacía su armario. Comenzó a sacar camisetas y a tirármelas a la cabeza y después hizo lo mismo con los pantalones, mientras reía alegremente.
- Espera, ¿y antes te he llamado payaso? No eres un payaso, eres el circo entero -dije, mientras me quitaba su bañador de mi cabeza.
Una vez hubo terminado de vaciar el armario encima de mí, dio una vuelta de esas que sólo sabía él hacer e hizo una reverencia.
- Tachaaaan. Circo Michael Jackson. Adquiera sus entradas en...
- ¡Cállate anda! -me doblé de la risa.
Nos llevó dos horas terminar de hacer las maletas. Michael tuvo que sentarse en la mía un par de veces para poder cerrarla... Después bajó a realizar un par de llamadas y subió corriendo las escaleras. Cogió las dos maletas y se dispuso a bajar.
- Mike, ¿vas a bajar tú las dos?
- ¿Dudas de mi fuerza? Porque si quieres te subes encima de una maleta y te bajo a ti también, ¿eh? Últimamente estoy hecho un musculitos.
- Si, si. Lo que tú digas. Anda, vamos -reí.
Nos sentamos en el sofá, dejando las maletas al lado. Estuvimos cerca de dos horas y media recordando los diferentes momentos divertidos que habíamos vivido durante nuestra estancia aquí y de repente los dos nos callamos: ninguno quería irse.
Entonces me invadió la duda. ¿Por qué la llamada de Joseph? ¿A qué se debía? Antes Michael estaba tan alterado que no quise preguntarle y hacerle volver a ello. Pero había recuperado el buen humor y sabía que ahora sí me lo podría contar tranquilamente. Así que suspiré y me dispuse a hacerle el interrogatorio.
- Esto... Michael...
- Quieres saber que quería Joseph. ¿Verdad?
Asentí.
- Pues... Verás -tomó aire y aferró mis manos-. ¿Recuerdas que te dije que el 28 de julio lanzábamos Don’t stop ‘til you get enough? -asentí de nuevo-. Joseph, antes de venir, me dijo que debía estar en Los Ángeles antes de ese día, para ver como evolucionaba todo y para poder contar conmigo si se presentaba cualquier asunto. Yo le dije que estaría sin problemas -hizo una pausa, miró al techo y dirigió sus ojos a mí de nuevo-. Me ha llamado para recordármelo. Y también para advertirme que no estar allí podría suponer problemas en cuanto a la promoción o algo así. También está cerca el lanzamiento del disco, así que supongo que todo el mundo quiere tenerme cerca.
- Pero... ¿Cuál se supone que es el problema? Aún es 18.
- El problema es él, Judi. Parece que busca las discusiones -suspiró-. Se lo he dicho. Todavía quedaban días. Pero no ha querido escucharme y en seguida se ha lanzado a echarme más cosas en cara.
Bajó la cabeza y jugó con mis manos. Sujete su mentón con una mano delicadamente y le obligué a mirarme.
- ¿Qué cosas?
Tardó varios segundos en comenzar a hablar de nuevo.
- Bueno, me ha dicho que mientras él se encargue de esto tendré que hacerle caso, acatar sus decisiones, y bla bla bla... Es algo por lo que no tendrá que preocuparse dentro de poco. El 29 de agosto me encargaré de hacerme mi propio regalo de cumpleaños expulsándole de mi vida profesional -dijo firmemente.
Miré su rostro, que mostraba nerviosismo y supe que había algo de lo que no me estaba hablando. Recordé sus palabras: “Yo soy libre para estar con quien quiera...”. Estaba casi segura de que yo era ese “quien quiera”, pero Michael no quería hablarme de ello. Y tendría que hacerlo.
- Mike...
- ¿Si?
- ¿A qué te referías con que eres libre para estar con quien quieras?
- A que lo soy. Tengo libertad absoluta para decidir de quien me rodeo y que personas quiero que haya en mi vida.
- Estoy de acuerdo, pero... Hay algo que no me estás contando. Y quiero que me lo cuentes. Sea lo que sea.
Sujetó con más fuerza mis manos y se recostó contra el sofá.
- Judi, no es necesario hablar de esto. A mí no me importa lo que diga Joseph. Es mi vida, no la suya. Y sé lo que quiero en mi vida.
- Vale, y me parece genial. Pero cuéntamelo.
Me aproximé hasta él y nuevamente le insté a que me mirara.
- Joseph piensa que estar contigo me puede perjudicar. En todo. Dice que afectará a diferentes cosas de mi carrera, pero que además puede afectar a mi vida personal... Siempre ha dicho que una relación puede desviar las prioridades de un artista hacia otro tipo de cosas y, según él, hace que uno se olvide de componer y ensayar, o que incluso no quiera hacerlo. Ahora que estoy, más o menos, empezando con algo grande, estar contigo puede hacer que pierda el interés en querer conseguir cosas importantes dentro del mundo de la música. Además... Siempre habla también de las fans. Dice que si la mayoría se enterara de que estoy contigo, seguramente dejaría de comprar mis discos.
- Eso es una tontería. La gente compra tus discos porque eres bueno.
- Dice que afectaría gravemente a las ventas...
- No le escuches.
- No lo hago.
Nos quedamos callados un rato, hasta que caí en la cuenta de algo.
- ¿Y respecto a tu vida personal?
- Él... -hizo una pausa de esas que me parecían eternas, y soltó un puñado de aire enorme-. Él no se fía de ti, de las intenciones que puedas tener conmigo. Dice que millones de chicas se acercan a personas famosas para poder aprovecharse de ellas... Aparecen de la noche a la mañana, y fingen estar tremendamente enamoradas para poder sacar algún beneficio de ello. También dice que sólo los tontos caen en la trampa... Piensa que soy el más tonto del mundo, e intenta convencerme casi a diario de que esto es un error.
Bajé la cabeza y apreté mis ojos con fuerza.
- Judith, ya te he dicho que yo no escucho lo que dice.
- ¿No piensas que esto sea un error? -dije, tras varios segundos, aún con los ojos cerrados.
- ¡Pues claro que no! Eres lo mejor que me ha pasado en mucho, mucho, mucho, muchísimo tiempo.
- Y... Tampoco piensas que me esté aprovechando de ti. ¿No?
- En absoluto.
- ¿Sabes que te quiero?
- Lo sé.
Sonreí tímidamente. Sabía, o al menos tenía una ligera idea, que Joseph pensaba todo eso acerca de nuestra relación, pero que Michael pudiera pensar lo mismo... Sentí que me clavaban un millón de espadas cuando esa idea pasaba por mi cabeza.
- ¿Piensas que te perjudico?
- Ya te he dicho que eres lo mejor que me ha pasado.
- No te he preguntado eso.
Permaneció callado.
- Michael.
Me miró. Pero no dijo nada.
- Contéstame. ¿Piensas que puedo llegar a perjudicarte en algo? Sé sincero.
Agachó la cabeza y sostuvo más fuerte mis manos.
- Michael... -le miré con incredulidad. ¡Ni siquiera era capaz de contestarme!-. Michael, quiero que...
El ruido de la puerta nos interrumpió, detuvo mis pensamientos e hizo que Michael volviera a mirarme de nuevo. Le devolví la mirada, intentando reprimir las lágrimas que, estaba segura, iban a empezar a caer y me levanté a abrir la puerta.
- Hola, señorita, ¿qué tal lo han pasado? -preguntó Sam, tan amable como siempre.
- Eh... Bien. Han sido unas vacaciones muy agradables -logré decir.
- Cuando quiera podemos irnos, señorito.
Me giré y vi a Michael cargado con las dos maletas, sin apartar su mirada de mí.
- Vámonos ya, Sam -dijo, con un hilillo de voz.
Me acerqué hasta él y le arrebaté mi maleta de la mano.
- Judi...
- Ahora no.
Avancé hasta el coche y la guardé en el maletero. Sam me abrió la puerta y entré tan deprisa como pude, colocándome en el otro extremo de donde, sabía, se iba a sentar Michael. Me apoyé contra la ventanilla y cerré los ojos. Al cabo de unos segundos sentí su suave y cálida caricia en mi brazo, pero no me molesté en mirarle. Permanecí con los ojos cerrados, deteniendo mis lágrimas con grandes esfuerzos.
- Judi, escúchame...
- No -le interrumpí-, ahora, no. Estoy cansada, y quiero dormir. Ya hablaremos.
Me hice un ovillo encima del asiento, abrí los ojos ligeramente y vi como Michael se sentaba en el lado opuesto. No es que estuviera enfadada con él... Es que todo esto dolía. Durante todo este tiempo había estado intentando evitar que muchas personas le hicieran daño; había luchado contra todo sólo para verle sonreír, para apartarle del dolor. ¿Y resulta que era yo la que le podía dañar?
No sé cuantas horas estuve dándolo vueltas, sintiendo como Michael también lo hacía. Le observaba mirar el cielo a través de la ventana y sabía que sus pensamientos eran los mismos que los míos. La única vez que nuestros ojos chocaron en la oscuridad, se acercó hasta mí, me acunó entre sus brazos y me susurró:
- No soporto esto. No soporto esta distancia -me besó suavemente en el pelo-. No soporto estar unos centímetros lejos de ti...
Me apoyé contra él y sólo así pude librarme de los malditos pensamientos y conciliar el sueño de una vez.
Cuando llegamos eran las 4 de la mañana. Desde que Michael se acercó a mí había permanecido dormida, así que no se me hizo tan largo como pensé nada más subir al coche.
Llegamos a mi casa, y me despertó con un tímido beso.
- Pequeña, hemos llegado.
Bajé, aún soñolienta y me desplacé hasta el maletero, donde Sam ya estaba bajando mi maleta. Dudé si despedirme de Michael, que aún se encontraba dentro del vehículo, pero decidí que lo mejor era darnos un tiempo a los dos, al menos una noche, para pensar.
- Cuanto siento que tengas que hacer estos enormes viajes, Sam. Espero que te dejen descansar durante muchas horas.
- No se preocupe señorita, estoy perfectamente -sonrió-. Que descanse.
- Igualmente. Buenas noches -dije, mientras caminaba hasta el portal.
Oí como se abría la puerta del coche y sabía que lo siguiente que escucharía sería su voz.
- Judi...
Me giré despacio y me acerqué hasta él.
- Michael, es tarde. Ya nos veremos.
- ¿Ya nos veremos? ¿Qué quiere decir eso? ¿No vendrás mañana a casa?
Bajé la cabeza.
- No lo sé.
Agarró mi rostro y me obligó a mirarle.
- Judi, por favor, escúchame.
- No, escúchame tú a mí. No sé como esto ha podido acabar así, lo único que sé es que haré cualquier cosa, cualquiera, con tal de que nadie, y me incluyo, te haga daño.
- Tú no me haces daño... Tú sólo...
- Mike -le interrumpí de nuevo-. Es muy tarde, y estamos cansados los dos. Mañana iré a tu casa y hablaremos, ¿de acuerdo?
Comencé a caminar de nuevo, pero él agarró mi mano.
- Dame un beso, por favor...
Se me hizo un nudo en la garganta al tiempo que escuchaba eso. Me acerqué hasta él y le di un leve beso en la mejilla, sabiendo perfectamente que él buscaba mis labios con necesidad...
Me alejé tan rápido como pude, sin volverle a mirar.
Era increíble como las cosas podían cambiar tanto en apenas unas horas...

Capítulo 31.

Impedimentos.

Decidí posponer mi momento ducha y me senté en el sofá, atenta a todo lo que Michael pudiera decir. Su voz sonaba tranquila en un principio, en realidad pocas veces lo había visto alterado. Como supuse que iba para largo, me levanté del sofá y le acerqué una silla para que pudiera sentarse en ella. Me lo agradeció con la mirada y se sentó, no sin antes suspirar.
- Joseph, escúchame, sé lo que hago, ¿de acuerdo? Aún quedan unos días... -hizo una pausa y cerró los ojos-. No, no, no. No estoy estropeando nada. Nada tiene porque cambiar si yo... -volvió a hacer una pausa, esta vez mucho más larga. Yo comencé a ponerme nerviosa, la conversación estaba subiendo de volumen. No sólo lo notaba en la voz de Michael, también en su rostro, que ahora se mostraba tenso-. Creo que soy lo bastante mayorcito como para tomar mis propias decisiones. Sé que lo olvidas muy a menudo pero voy a cumplir 21 años, Joseph, no soy un crío. Te aseguro que dentro de poco tendrás que dejar de preocuparte por estas cosas -pausa de nuevo. Me acerqué hasta el él y apoyé mi mano en su hombro. Me miró de reojo y apoyó su mano sobre la mía-. Claro que me importan, ellas me dan mucho, pero no tiene nada que ver, yo soy libre para estar con quien quiera... -se me heló la sangre tras escuchar esto. ¿Se estaban refiriendo a mí? ¿Le estaba metiendo en problemas con su padre?-. Sé perfectamente que esto no te gusta, pero ¿sabes qué? Me importa muy poco si te gusta o no. Es mi vida y yo decido -tras unos segundos en silencio, se incorporó, nervioso, exaltado y supe que la conversación había llegado a su fin-. ¡Se acabó! No tengo porque aguantar esto. Soy una persona adulta, no vas a volver a controlarme. Nunca. Cuando digo se acabó, es que se ha terminado. ¡Del todo!
Dicho esto, colgó. Le observé asombrada; nunca le había visto perder los papeles. Siempre había discutido con su padre, pero nunca había presenciado ninguna y me sorprendió la frialdad con la que se trataban. Michael ni siquiera se dirigía a él como “padre”, sino como Joseph.
Me acerqué hasta él, abrazándole todo lo fuerte que podía.
- ¿Estás bien? -le susurré.
Él se separó y se llevó una mano a la cabeza.
- No, no estoy bien. ¡Estoy harto! Harto de que se meta en mi vida, de que quiera controlar todo lo que hago. Ponerme impedimentos, prohibiciones... ¿Quién se cree que es para obligarme a hacer algo, para controlarme de esta manera? Le he dado todo lo que tiene, vive donde vive gracias a mí, ¡todo lo que tiene es gracias a mi esfuerzo! Ha llevado mis discos, mis canciones, incluso mi forma de cantar como él ha querido, ¡y yo nunca le he exigido nada! Lo único que le pido es que me deje vivir la vida, que no se meta en mis decisiones... ¡Y ni siquiera respeta eso! -daba vueltas por el salón deprisa, moviendo las manos, suspirando y con un tono de voz elevado. Finalmente se sentó en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas, sujetando entre sus manos su cabeza. Me acerqué hasta él y le acaricié sus rizos-. No puedo más, Judi, de verdad. No puedo más...
- Ven, ven conmigo.
Me apoyé en un brazo del sofá, atrayéndole conmigo y haciendo que se recostara contra mí. Permanecimos unos minutos en silencio y aprecié como derramaba algunas lágrimas. Sentí de nuevo su dolor y mi corazón comenzó a hacerse pedazos.
- ¿Qué te parece si nos duchamos y damos un paseo nocturno por la playa? -dije al cabo de un tiempo -. Seguro que conseguimos olvidar esto.
Se incorporó y mirándome a los ojos cogió mi cara.
- Lo siento, pero... Creo que sería mejor que nos fuéramos. No quiero... No quiero más broncas, más discusiones. No quiero llamadas telefónicas cada poco tiempo. No quiero que mi madre esté pendiente de todo, que seguro que lo está -desvié mi mirada y traté de contener el millón de sentimientos que tenía. Una vez más, algo se había interpuesto entre nosotros, pero lo último que quería es que también se sintiera mal por creer que él había fastidiado todo; él no había hecho nada-. Lo siento, lo siento mucho -continuó diciendo Michael-, no sabes cuánto me gustaría quedarme aquí contigo mucho más tiempo.
Agarré sus manos, y le besé dulcemente.
- Oye, no es tu culpa y lo sé. Eres culpable de otras muchas cosas -intenté sonreír y vi como el también lo hacía-, pero de esto no. No pasa nada, recuerda que tenemos mucho tiempo, es decir, una vida entera, para tomarnos otras vacaciones. Así que si tenemos que irnos... Nos vamos. No hay ningún problema.
Me levanté, sosteniendo aún sus manos, e hice que se levantara él también.
- Te quiero -dijo mientras me abrazaba.
- Yo también te quiero, Mike.
Subimos a la habitación, y se metió a duchar. Di varios paseos por la casa y me asomé al balcón para poder contemplar todo eso que me había maravillado durante varios días. Repasé cada mínimo detalle con total atención, deseando no olvidarme nunca de aquel asombroso lugar. Todo había sido tan absolutamente perfecto... Ojalá pudiéramos volver algún día.
Noté como caían unas gotitas de agua en mi hombro y me giré. Michael acababa de salir de la ducha y sólo llevaba puesta una toalla que dejaba al descubierto su precioso torso.
Le miré, totalmente fascinada y sonreí.
- Eh, esto es un delito. Es escándalo público. Deberían detenerte -me mordí el labio inferior y pasé mi dedo índice con suma delicadeza por su pecho-. Creo que es mi turno, el agua calentita me espera.
Comencé a caminar, pero agarró mi mano y me giró de nuevo.
- Algún día volveremos, te lo prometo -acarició mis mejillas suavemente y, todavía mirándome, se apoyó contra la barandilla del balcón.
Nos quedamos frente a frente durante unos segundos y pude sentir una vez más toda esa magia que giraba en torno a nosotros.
Si hace medio año me hubieran dicho que iba a estar completamente enamorada en poco tiempo, hubiera reído largo y tendido. Hasta hace relativamente poco me sentía incapaz de sentir nada por ningún chico; ninguno era lo suficientemente especial; ninguno me hacía sentir lo suficientemente especial. Yo era de hielo.
Si además hubieran añadido que ese chico iba a ser, nada más y nada menos, Michael Jackson, y que él me iba a corresponder, me hubiera reído a carcajadas durante horas de la persona que hubiera dicho tal tontería, e incluso le hubiera recomendado algún manicomio.
Sin embargo, ahí estábamos ahora.
Y cada vez tenía más claro que seguiríamos estando. Daba igual donde.
Si él estaba, si yo estaba, si estábamos juntos, todo eso que habíamos ido construyendo poco a poco, estaría.

Capítulo 30.

Esto va a durar mucho, ¿verdad?

Para gran sorpresa mía, Michael no se puso su ropa después de salir del agua. Yo tenía claro que no me la iba a poner, ya que estaba sucia y mojarla solo empeoraría las cosas. Pero que Michael hiciera lo mismo, me hizo entender que había adquirido una grandísima confianza en mí. Ese simple gesto me hizo sonreír durante más de 5 minutos sin parar.
- No es que no me guste verte sonreír, pero... ¿A qué viene algo tan excesivo? Llevas mucho rato haciéndolo.
- ¿No quieres que lo haga?
- Me encanta que lo hagas -se sentó y me apoyó contra él, mientras sacaba de la mochila lo que habíamos traído-. Pero estoy intrigado, ¿a qué se debe?
- ¿Y todavía lo preguntas? ¿O es que quieres que lo diga una vez más para así alimentar tu ego?
- Quiero que me lo digas una vez más -respondió al instante.
- Mi sonrisa se debe a ti. Todo se debe a ti. Mi felicidad, mi alegría... Tú eres el culpable. -le miré y sonreí. Él me abrazó con más fuerza-. Esto va a durar mucho, ¿verdad?
- Depende de lo que entiendas por mucho. Si mucho significa siempre, entonces... Sí.
Mi sonrisa se volvió aún más amplia.
Comimos y dimos de comer a la hierba.
Sí, la dimos de comer a base de tirarnos todo lo que caía en nuestras manos y que luego se pudiera recoger, porque, como bien decía Michael “no es justo que ensuciemos algo que estaba limpio cuando llegamos”. Aún me seguía asombrando la gran preocupación que tenía por todas las cosas que había en este mundo.
- Por cierto, en cuanto a mi ego... Te aseguro que está bien alimentado. Ya sabes, por eso de tener a miles de chicas gritando mi nombre... -hizo un gesto de chulería, al pasarse las manos por los hombros y sonrió.
- Creído -le saqué la lengua-. Tampoco eres para tanto, ¿eh?
- Seguramente ese sea el motivo por el que tiemblas cada vez que te beso, que no sea para tanto -volvió a repetir el mismo gesto y recibió un codazo por mi parte.
Después de comer nos tumbamos en la hierba boca arriba. Me arrastré hasta él y me coloqué en su pecho.
- Cántame algo -susurré.
- Tú me dirás... ¿Qué quieres que te cante?
- Um... -lo pensé durante unos instantes, y me incorporé mirándole, hasta que nuestros ojos chocaron-. Got to be there.
Se llevó la mano a su garganta y tosió ligeramente. A continuación entonó unas cuantas notas y sonrió.
- ... “Cause when I look in her eyes I realize I need her sharing in the world, beside me...”

Cuando abrí los ojos estaba anocheciendo. Me levanté deprisa y miré a Michael, también dormido. Sonreí al verle tan tierno. Realmente parecía un ángel.
- Mike... -le susurré al oído, para después darle un beso-. Está anocheciendo, deberíamos irnos.
Entreabrió los ojos y me miró como si no supiera quién era. Levantó la cabeza y se rascó la frente.
- ¿Eh? -dijo, finalmente.
Me eché a reír. Cuando se despertaba no era persona, al igual que yo. Tenía que pasar un buen rato hasta que volviera a ser alguien con quien poder cruzar más de dos palabras con sentido.
- Que es tarde, deberíamos irnos.
- Ah... Sí.
Se levantó y yo hice lo mismo. Recogimos las cosas en silencio y echamos un último vistazo antes de reemprender la marcha.
- Culpa tuya -dijo, tras 10 minutos caminando en silencio.
- Culpa mía, ¿el qué?
- El quedarnos dormidos; y el que vayamos a llegar a casa mañana por la mañana.
- El quedarnos dormidos lo entiendo, aunque también es un poco responsabilidad tuya. Sino tuvieras esa voz tan dulce, te aseguro que no me quedaría frita.
Se paró en seco.
- ¿Estás diciendo que mi voz aburre? Tendré que buscarme a otra que valore más mis dotes.
- Estoy diciendo que tu voz es dulce, bonita, suave; y a la vez sexy; por lo que hace que yo me olvide de todo y consiga despejar mi mente hasta sólo centrarme en esas canciones tan perfectas que cantas y...
- Vale, fin. Se acabó. Has llegado al límite del peloteo, lo siento, no puedes continuar diciendo cosas -sonrió.
Caminamos durante unos segundos en silencio, hasta que caí en la cuenta de que también me había inculpado de otra cosa.
- Oye, ¿por qué va a ser culpa mía lo otro?
- Entre los resbalones que te pegaras, el tiempo que perderás pidiéndome que te lleve a caballito y las veces que protestarás, no llegamos en 10 horas por lo menos.
Le taladré con la mirada y eché a andar más deprisa.
- Estás graciosillo hoy, ¿te has tragado un payaso o qué? Veremos quién es el lento ahora.
No tardamos demasiado tiempo en llegar, mucho menos que lo que habíamos tardado en ir, y eso que estábamos cansados. Pero cuando me tocaban mi orgullo... Una cosa es que yo supiera que era infinitamente más lenta y torpe que él y otra que se riera de mí por ello quince mil veces al día.
Entré por la puerta de la casa antes que él y me giré con un gesto de orgullo.
- Creo que he llegado antes que tú, ¿eh? Señorito “soymásrápidomáságilymásguapoquetú”.
- No he dicho que sea más guapo que tú -me saco la lengua.
- Ya, eso le digo yo -le cogí la cara y le besé, al tiempo que comenzó a sonar el teléfono.
- Vaya -sonrió-, el teléfono es capaz de sonar sin botones de por medio.
- Bobo -reí-. Yo lo cojo.
Caminé deprisa hasta el salón y dejé la mochila que llevaba en el sofá.
- ¿Si? -contesté.
- Vaya, por fin. Llevo llamando todo el día, ¿se puede saber dónde estabais?
No me costó reconocer la fría voz de Joseph, el padre de Michael. No me hacía mucha gracia hablar con él, nunca había sido muy simpático ni muy agradable conmigo, y eso que yo me esforzaba por tener una conversación con él. Pero nuestra relación se basaba simplemente en que él era el padre de la persona con la que estaba. Tampoco hacía falta ser excesivamente inteligente para darse cuenta de que no le gustaba para nada la relación que yo mantenía con Mike.
- Hemos estado todo el día fuera. Michael me enseñó un bosque que hay que aquí cerca, muy bonito, y decidimos pasar el día allí.
- Ah, vale -su indiferencia hizo que me saliera humo por las orejas-. Bueno, dile a Michael que se ponga, tengo que hablar con él. Es importante y no tengo mucho tiempo, así que dile que rapidito -respondió secamente.
No me molesté en decirle nada. Dejé el teléfono de mala manera y llamé a Michael, que apareció al instante.
- ¿Quién es?
- Tu padre. Dice que es importante.
Su gesto cambió, suspiró y se dirigió al teléfono. Decidí que era hora de darme una ducha y así despejarme un poco. No sé como lo hacía, pero Joseph conseguía ponerme de mala leche en menos tiempo que ninguna otra persona había hecho nunca.
- Judi -me llamó Michael. Me giré y observé que estaba frente al teléfono, aún sin contestar-. ¿Parecía enfadado?
Mi cara se lo dijo todo y a mí la suya, también. Una de nuestras virtudes era que sabíamos entendernos a la perfección sin necesidad de hablar. En ese momento, con sólo mirarle, presentí que nuestras vacaciones habían terminado.


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Chicas, INFINITAS GRACIAS a vosotras.
Poco a poco voy hablando con muchas de vosotras, y la verdad, sólo puedo decir eso... GRACIAS.
Me alegra muchísimo que disfruteis leyendo, tanto como yo lo hago escribiendo.
Cada mínimo comentario me saca millones y millones de sonrisas, y me hace seguir con esto :)
Un besazo enorme para todas!
Michael, you came and you change my world. L.O.V.E.

1 de julio de 2010

Capítulo 29.

Lo será si estamos tú y yo.

Me faltó tiempo para quitarme la camiseta, ante la atenta mirada de Michael, y la deposité en un árbol tan rápido como pude.
- ¿Qué miras? -pregunté, acercándome a él.
- Nada, nada... Me fascina como puedes llegar a ser tan rápida para lo que quieres -enarcó una ceja-. Hemos tardado horas en cruzar unos kilómetros de nada, pero te hablan de desnudarte y... -sonrió.
Le lancé una de mis malévolas miradas y ni me molesté en contestarle. Tiré de su camiseta hacia arriba, hecho que, por supuesto, hizo que me recorrieran mil escalofríos. Me pregunté cuando dejaría de ser tan endeble con sus encantos. Él no opuso resistencia y una vez que la tuve en la mano, la tiré y me eché a sus brazos. Pero me esquivó y me miró con cara de pocos amigos.
- ¿Te importaría ordenar también mi ropa? Ya sabes, por eso de que ya está suficientemente manchada como para encima darla otro repaso más.
- Pues por eso no lo hago, como ya está manchada, ¿qué más da? -sonreí.
Iba a protestar, pero le callé con mis labios. Acaricié su cuello con una mano y le atraje más hacía mí, al tiempo que con la otra desabotonaba el botón de su pantalón. Me separé de él y le interrogué con la mirada, a la espera de su aprobación. Se limitó a sonreír y agarró mi cintura, mientras desabrochaba él también mi pantalón.
Entonces algo me rozó el pie. Detuve sus labios y miré hacia abajo.
- ¡¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!! -estaba segura de que mi grito lo habían oído mis padres en España. Pero eran perfectamente comprensibles. Una rana había encontrado refugio en mi pobre y pequeñito pie-. ¡¡Quitámela, quitámela!! -me di la vuelta y me subí encima de la espalda de Michael, que estaba doblándose de la risa.
- ¡Sólo es una rana! -sus risas también podían oírse a kilómetros.
- No me hace gracia, ¡líbrate de ella!
- Lo haré cuando te bajes, preciosa.
Me depositó en el suelo y se agachó.
- Hola rana, perdona a mi novia y a sus gritos, es que a veces es un poco boba.
- ¡¡Michael!! Dila que se vaya.
Oí como se reía con más intensidad y, para mi disgusto, vi como la cogía entre sus manos.
- Ven, dala un besito -dijo, mientras me la acercaba, con su estupenda sonrisa.
- Ojala se ponga a saltar y se estampe contra tu cara, fíjate lo que te digo -le grité mientras retrocedía unos pasos.
- Alomejor no es una rana, es un sapo.
- ¡Peor me lo pones!
- ¿Y si es un príncipe y quiere enamorarse de ti? Bueno, eso no me beneficia, pero está claro que me reiría un rato. Toma, dala un beso.
- ¡¡¡Michael Joseph Jackson!!! ¡O te llevas la rana lejos de mí o traeré tanques para destruirla por mi cuenta!
En ese momento él ya no podía reírse más y yo me había dejado la garganta de tanto chillar. Se acercó hasta la orilla y la depositó.
- Pobre rana, te devuelvo a tu hábitat, que no tienes porque sufrir escuchando a la histérica de mi novia. Compadécete de mí, que todavía me queda bastante por aguantar -se giró, mordiéndose el labio inferior y caminó hasta mí.
- No vas a tocarme con esas manos, te lo advierto.
Me apoyé en un árbol y me quité los pantalones en menos de dos segundos, mientras veía como Michael seguía caminando hacía mí mostrándome sus manos, sonriendo como sólo él sabía. Eché a correr hacía el lago, pero me pilló por el camino y me agarró por detrás, sosteniéndome por la cintura.
- Quita tus zarpas de encima.
- Ya me dirás eso cuando quieras que te acaricie... -me soltó y caminó hasta el árbol. Le saqué la lengua y me metí en el lago.
A los pocos segundos él estaba metido también. El agua estaba bastante fría, pero decidimos echar varias carreras y acabamos sofocados.
- ¿Sabes? -rodeé su cuello con mis brazos y le di un beso-. Tengo una teoría.
- Estaré encantado de oírla -devolvió mi beso y aferró mi cintura.
- Estoy convencida de que al mundo le pasa algo con los botones de tus pantalones.
- ¿Y cómo has llegado a esa conclusión, sabia Judith?
- Pues... Porque la primera vez que te le desabotoné, interrumpió el teléfono. Dentro de lo que cabe es normal, los teléfonos existen y la gente llama si necesita algo. Pero que la segunda vez que te desabotone un botón, una rana se posé encima de mi pie... Eso es totalmente surrealista. El mundo ha hecho un complot para que nunca pueda llegar más allá. ¿Qué crees que será lo próximo que pasará?
- Um... Invasión espacial. Seguro. Los extraterrestres se harán dueños de la tierra -sonrió.
- Bueno, cuadra dentro de la teoría.
Le besé durante unos segundos y, tan rápida como pude, empujé su cabeza hacía abajo, hundiéndole en el agua. Salió de debajo de ésta como una moto y suspiró.
- Me lavé ayer el pelo -no dijo nada más, no hizo falta. Su pelo era sagrado, así me lo había hecho saber hacía tiempo. La verdad, yo también pensaba lo mismo. Esos rizos deberían estar en un museo.
- Te la debía. Tú me bañas en barro, yo te baño en agua. Deberías darme las gracias, es mucho más limpio.
Dicho esto se lanzó a por mí. Estuvimos, sin exagerar, más de una hora hundiéndonos el uno al otro. Y lo mejor es que no nos cansábamos. Reíamos y reíamos, chillábamos, nos salpicábamos. Cuando empezó a salirme agua por las orejas de tanto tragarla (evidentemente, Michael era mucho más rápido que yo, y por lo tanto, besé el fondo del lago más veces que él), se acercó a mí y me cogió.
- No creo que haga falta que bebas más agua en mucho tiempo. Has tragado bastante.
- Muy gracioso.
Me besó el cuello mientras yo jugaba con uno de sus rizos.
- Judi.
- Dime, Aquaman.
- Algún día llegarás más allá.
- ¿Más allá de que?
- Del primer botón de mi pantalón.
Sonreí ampliamente y sostuve su cara con más fuerza.
- ¿Ahora...?
- No, ahora no -me calló.
- ¿Por qué no?
- Quiero que sea especial.
- Lo será si estamos tú y yo.
Lo pensó durante unos segundos y supliqué que decidiera que esa razón era suficientemente válida. Me miró y sonrió.
- ¿De verdad crees que es un buen momento? Y sobre todo, ¿de verdad crees que es un buen lugar? -iba a hablar, respondiendo dos enormes “sí” a ambas preguntas, pero continuó hablando él, mientras levantaba sus cejas-. Podrían empezar a aparecer ranas, y sapos, y toda clase de animales que habitan en los lagos, que harían bastante desagradable...
- Vale, vale, cállate. Me has convencido.
Besó mi nariz y agarró mi mano, mientras comenzaba a nadar hacia la orilla.
- Vamos a comer anda, ya va siendo hora. Como se te arruguen más las manos no voy a quererte por vieja -me sacó la lengua y sonrió.
¿Había alguien más perfecto en este planeta que ÉL?

29 de junio de 2010

Capítulo 28.

Cuando un montón de barro se vuelve especial.

- Que pelota eres a veces -dije, una vez me había bajado de sus brazos.
- ¿Yo? Si eres tú la que se pasa todo el día: “Michael, que guapo eres”, “Mike, que no sé que” -agarró mi mano y sonrió. Hizo una pausa y rió de nuevo-. “Michael que sonrisa más bonita” -miró mi cara, que mostraba una total incredulidad y se echó a reír a carcajadas.
- Serás idiota. No te preocupes que de mi boca no volverá a salir ni una sola palabra bonita. A ver cuánto eres capaz de sobrevivir sin mi “peloteo”.
- Ni 5 segundos.
Volvió a levantarme por los aires y me apoyó contra un árbol, sujetándome firmemente por las piernas.
- Suéltame, eres demasiado feo para mí -sonreí, acariciando sus mejillas con mi nariz. Pude ver su deslumbrante sonrisa de reojo y después de darme unos cuantos besos, de esos que tanto me gustaban, por el cuello, volvió a dejarme en el suelo.
- Vamos deportista, aun nos quedan muuuchos rincones que explorar.
Agarró mi mano y continuamos andando.
Íbamos a un ritmo lento para poder contemplar todo el paisaje perfectamente. Sabía muy bien que Michael adoraba la naturaleza y todo lo que tuviera que ver con ésta. He de decir que era un panorama totalmente cautivador. Llevábamos siguiendo desde hacía un buen rato un pequeño camino que él conocía a la perfección. Había árboles a ambos lados de éste, todos ellos de un verde intenso e inmensamente altos. Más próximos al camino se hallaban diferentes arbustos, llenos de flores que yo no sabía ni que existían. Mike iba contándome todo lo que sabía acerca de ellas, y recogía una flor de cada tipo para mí.
- Una flor para otra flor -me decía sonriente.
- Luego soy yo la que pelotea...
Después de media mañana recorriendo ese camino, Mike comentó que debíamos adentrarnos en el bosque para poder llegar a un claro con un lago, donde comeríamos. No pude evitar acordarme de aquel maravilloso día en su casa, donde empezó todo. Él lo notó y agarró más fuerte mi mano, sonriendo.
- Espera, ¿me estás diciendo que vamos a tener que caminar por aquí? -dije mientras contemplaba el poco agradable sendero que había ante nosotros. Estaba todo lleno de barro, pues dos días antes había llovido y no parecía nada seguro para alguien que tiene una gran capacidad para resbalar en cualquier parte.
- Oh, venga ya, no seas quejica. Vamos.
Tiró de mí de mala gana y en cuanto puse el pie en la primera piedra me di cuenta de que llegaría a casa siendo, no una persona con barro, sino un montón de barro con una persona apenas visible debajo.
Cavilé cada mínimo movimiento para evitar caerme y vi como Michael iba de piedra en piedra sin ninguna dificultad. ¿Por qué tenía que ser tan absolutamente perfecto en todo?
- Eh, SuperMichael, ¿serías tan amable de esperarme?
Se giró y me observó con esa sonrisa burlona en su cara.
- No sé que decirte, todavía te quedan unos cuantos años hasta llegar a donde estoy yo.
- ¡Lo que daría para verte revolcado en el barro después de un gran resbalón!
Se acercó hasta donde yo estaba y me tendió la mano.
- Anda, ven. No me extraña que me pelotees tanto, soy más bueno que el pan.
- Que el pan duro, querrás decir -hice una mueca y le miré-. Yo no paso por ahí -el peligro se hallaba ante mí. Había una distancia considerable desde donde yo estaba hasta el siguiente lugar donde era recomendado pisar.
- No seas miedica, no te vas a caer.
- ¿Y si lo hago que?
- Pues no pasará nada excepto que me reiré de ti -sonrió.
- Ah, es un consuelo -hice ademán de dar un salto, pero antes le miré con desconfianza-. Agárrame, por favor.
- Que si...
Inspiré profundo mientras oía su risita de fondo, lo cual no ayudó mucho. Di una gran zancada y puse un pie en un trocito de hierba, con tan mala suerte que resultó que ésta también estaba inundada. Resbalé y me agarré a Michael con fuerza, sintiendo cerca mi salvación. Pero, por primera vez, vi un gesto torpe por parte suya al resbalar él también.
Michael cayó al suelo, y yo encima de él.
- ¿Estás bien? -dije, mientras revisaba su rostro.
- Sí, eso creo. ¿Y tú?
- He caído en blandito -sonreí, mientras le acariciaba el pecho-. Que torpe eres, ¿no?
- Has sido tú, patosa. Has resbalado y me has hecho resbalar a mí.
- Ya, claro, excusas. Anda vamos.
Me incorporé de un salto, haciendo gala de lo bien que me encontraba y le observé tirado en el suelo, intentado limpiar sus brazos. Revisé toda mi ropa, sin una gota de suciedad y le volví a mirar. No pude evitar reírme. Me taladró con la mirada y se levantó él también. Decir que estaba manchado era poco, por lo que reí a carcajada limpia.
- Estás un poco lleno de barro, ¿no?
Volvió a clavar su mirada en mí y curvó las comisuras de sus labios. En un segundo adiviné sus intenciones, pero en medio segundo él ya las había realizado. Me cogió por la cintura, levantándome otra vez como si fuera un simple papel, y me depositó en el suelo con cuidado, pero en el sitio preciso, es decir, donde más sucio estaba todo.
- ¿Decías...? -sonrió, al tiempo que se inclinaba para besarme.
Detuve sus labios con mi dedo índice y le gruñí como un perro.
- Tus besos no te van a salvar ahora -le dije fríamente. Notaba el barro húmedo debajo de mi pequeño cuerpo y sentí como impulsos asesinos comenzaban a crecer en mí. Michael iba a pagar esto que me acababa de hacer-. Es más, no los voy a querer nunca más.
Quitó mi dedo de su boca y depositó sus labios en los míos. Me besó como siempre lo hacía, de una forma dulce pero pasional, y consiguió que mi pulso adquiriera una velocidad frenética. Recorrió con su mano mi cuerpo y separó unos milímetros su boca de la mía. Yo, vergonzosamente débil a sus encantos, como siempre, busqué sus labios con urgencia, pero él se apartó aún más y sonrió.
- ¿Perdona? -dijo, riendo-. Creí haberte escuchado que no ibas a querer más mis besos.
Le miré durante unos segundos con confusión, hasta que fui capaz de reaccionar.
- Pues claro que no les quiero. ¿Y tú los míos?
Reuní todas las fuerzas que tenía y conseguí empujarlo, tirándolo contra el barro de nuevo. Sonrió y pude sentir como se estremecía ligeramente. Acerqué mis labios y recorrí con ellos su cuello, observando como él los buscaba de igual modo que había hecho yo antes: con necesidad. Le di un tímido beso y clavé mis ojos en su profunda mirada. Entreabrió la boca, se humedeció los labios y se acercó hasta los míos. Pero me aparté, como él había hecho anteriormente y reí.
- Eh... No, no. Yo tampoco quiero los tuyos -dijo, mientras se levantaba, haciendo que yo cayera de nuevo en el barro. Extendió su mano y yo la agarré con firmeza, sin apartar mi mirada de la suya-. ¿Ves? Por esto es por lo que te quiero.
- ¿Porque te niego los besos? -sonreí, al tiempo que el hacía lo mismo.
- Porque haces que cualquier cosa, cualquiera, sea mágica.
Me aproximé a él y rodeé su cintura, todavía con la mirada fija en sus ojos.
- “Judi, que bien me lo paso contigo”, “Judi, que especial lo haces todo” -dije, intentando imitar su voz. Hice una pausa y observé como se mordía el labio inferior-. No hace falta que me pelotees tanto, ¿eh? -sonreí-. Si quieres que vuelva a concederte mis besos, solo tienes que pedírmelo.
- Um... -rozó mis labios con su dedo y sonrió-. ¿Me das uno?
Le di uno, sólo uno, entre risas y me separé pronto de él, siendo consciente de que por su gran capacidad que tenía como imán, podría tirarme horas y horas besándole y no sería capaz de separarme.
Comenzamos a andar de nuevo, manchados hasta el último centímetro, pero felices como solo nosotros podíamos estarlo.
- Eres genial -dijo, de pronto.
- Lo sé -reí.
- Boba.
- No, en serio, sé que lo soy -dije, echándome el pelo para atrás y riéndome aún más-. Pero bueno, estoy intrigada. ¿A cuál de todas mis maravillosas cualidades has recurrido para hacer ese comentario ahora?
- Verás... Cualquier otra persona a la que hubiera tirado al barro, se hubiera levantado hecha un basilisco y yo hubiera acabado, seguramente, colgado de un árbol. Pero tú, sin embargo, sólo me niegas tus besos. Y ni eso, mira que poco has tardado en darme otro -acarició mi oreja con sus labios y agarró más fuerte mi mano-. Eres muy diferente a los demás. Y eso es genial.
Medité durante unos segundos lo que me había dicho, y suspiré.
- ¿Sabes? Creo que eres capaz de sacar lo mejor de mí. Porque reconozco que he tenido impulsos asesinos cuando me he visto tirada en el suelo, pero... En fin, tú estabas allí conmigo, así que... Los impulsos asesinos han dejado paso a otro tipo de impulsos -mordí mi labio inferior y sonreí-. Tú consigues que todo vaya mejor, aunque sea tumbada en un montón de barro.
- No es cuestión de mí, de que yo esté allí. Yo no hago nada. Eres tú, Judi. Tu forma de ser. No podrías enfadarte con nadie, porque todo te lo tomas bien; hasta cierto punto, claro. Pero, lo que te quiero decir... Es que no hay muchas personas que se tomen las cosas con una sonrisa y tú eres una de las que lo hacen. Por eso, entre otras cosas, eres tan genial.
- Me voy a poner roja, cállate.
- Siempre estás roja, así que no sería ninguna novedad -sonrió, acariciando mis mejillas-. Mira, aquí es.
Decir que era precioso se quedaba corto. Desde que estaba con Michael no hacía más que descubrir lugares verdaderamente maravillosos y éste no era una excepción. Los árboles rodeaban un lago, que, sin ser muy grande, resultaba muy bonito. El inmenso sol se reflejaba en el claro agua y daba a las plantas y la hierba un aspecto de frescura.
- ¡Guau! -exclamé, con la boca abierta.
- Te dije que te gustaría. ¿Qué te parece si nos damos un baño antes de comer?
Le miré aún con la boca abierta y mostré una sonrisa casi más amplia que toda mi cara.
- Me parece perfecto.