27 de junio de 2013

Capítulo 83



Todo

Desperté abrazada a él y esa era la mejor noticia que había tenido en los últimos días. Así que le achuché contra mí deseando no tener que soltarle nunca, nunca, nunca. Escuché cómo se reía y me besó en el pelo, achuchándome él también contra sí mismo. Adoraba esa sensación. Realmente pensaba que no existía una mejor. Despertarse abrazado a la persona que quieres y saber que ella te quiere por igual.
- Buenos días –dije, al fin, queriendo oír su voz de una vez.
- Buenos días, pequeña. ¿Qué tal has dormido?
- Pues… -Me incorporé y le besé dulcemente-. Muy bien. ¿Y tú?
- Pues… -Me tumbó de nuevo y pasó su dedo índice por mi brazo, provocando que me estremeciera-. Fatal, al lado de una chica feísima –Me besó y le aparté teatralmente.
- ¡Cómo osas! -Di un salto de la cama y me coloqué frente a él, con gesto de enfado-. Te has quedado sin desayuno –enarqué una ceja.
Se mordió el labio inferior y en seguida supe lo que estaba dispuesto a hacer. Se levantó él también de un brinco y vino directo a por mí.
- Si no quieres darme el desayuno –me dio un rápido beso-, tendré que cogerlo yo mismo.
Me abrazó con fuerza y me levantó del suelo entre risas. Cuando volvió a depositarme, tenía la sonrisa más sincera que le había visto en mucho tiempo.
- ¿Vas a desayunarme a mí?
- Aham –me besó de nuevo, dejándome sin aliento. Jamás podría acostumbrarme a su manera de besarme, de abrazarme o de tocarme.
- Te veo contento –comenté mientras, después de unos segundos, comenzamos a vestirnos.
- Lo estoy, me ha venido muy bien descansar estos días.
- No sabes cuánto me alegro.
Me hice una coleta como pude y me miré al espejo, sabiendo que la imagen no iba a ser precisamente algo agradable. A pesar de haber dormido mucho mejor que en los últimos días no estaba del todo descansada. Necesitaría muchas horas de descanso y paz para recuperarme de los días tan agotadores que estaba teniendo.
Pese a todo, su presencia siempre me transmitía calma suficiente para soportar lo que venía por delante. Me abrazó por detrás y me besó con ternura en el cuello.
Me di la vuelta, agarré su mano y nos encaminamos a la cocina. Era increíble, pero tenía hasta hambre, algo de lo que últimamente escaseaba.
Rápidamente elegimos un par de bollos de la cocina y calentamos dos vasos de leche que nos llevamos a la mesa del salón; allí era donde nos gustaba desayunar.
- Buenos días –una voz masculina a mis espaldas me sobresaltó. Todavía no me había acostumbrado ni por asomo a la presencia de Alex en la casa.
- Ah, Alex, buenos días –me giré y le sonreí amablemente.
- Buenos días –susurró Michael, en un tono de voz casi imperceptible.
Le miré extrañada, pero en seguida volví a concentrar mi atención en Alex.
- ¿Ya te vas? –Pregunté lo suficientemente alto para que me oyera, pues ya estaba dentro de la cocina.
- ¡Sí! –Oí su voz en la distancia. A los dos segundos se asomó para poder mirarme-. He quedado con dos amigos.
- Te levantas con mucha energía –comenté, sorprendida. Quién pudiera.
- Qué remedio, ya llego tarde –desapareció de nuevo en la cocina y, no más de diez segundos después, volvió a aparecer colocándose la cazadora-. Me voy. Te veré luego –pasó por mi lado y me tocó con suavidad el hombro-. Adiós, Michael –le saludó con la mano y Michael hizo lo propio con la cabeza.
Volví a mirar a mi precioso novio, cayendo en la cuenta de que no le había comentado nada acerca de mi nuevo compañero de piso.
- Sí, de eso quería hablarte -pareció leerme la mente-. ¿Desde cuando vive con vosotras?
- Mmm… ¿Un día? –Sonreí.
- ¿Y no pensabas decírmelo?
- ¿A través de tus llamadas inexistentes? –Le asesiné con la mirada haciendo que se riera.
- Tienes razón.
- Se llama Alex, y es amigo del novio de Nana. Es un chico muy simpático, te gustará.
- Mientras no te guste a ti… -Introdujo el bollo en la leche y, cuando ésta salpicó, reí a carcajadas. Era todo un experto en hacer que cualquier cosa que mojara en leche se rompiera-. No quiero ni una risita más.
Verdaderamente, él también estaba conteniendo la risa.
- Háblame de Natalie –le dije de pronto.
Clavó de nuevo su mirada en mí.
- No ha pasado nada, Judi.
- Eso ya lo sé –le lancé un beso.
- Todo ha ido bien. Quiero decir, todo lo bien que puede ir con ella –puso los ojos en blanco-. ¿Cómo una persona puede insistir tanto en algo que sabe que no va a conseguir?
- El día que la asesine dejará de insistir –sentencié.
- Pero si no eres capaz de hacer daño ni a una mosca –me tiró un pequeño trozo de bollo. ¿Quería comenzar una guerra?
- Las moscas me caen bien. Ella no.
- Alíate con ellas y asesinadla entre todas –se levantó, cogió su taza, caminó a mí y me dio un beso en la frente-. Voy al baño.
- ¿Con la taza? –Pregunté, divertida.
- Tonta –me dijo mientras se dirigía a la cocina.
Me dejó sola con mis pensamientos y supe que debía contarle lo de Edward. Al menos, parte de lo de Edward. No sería una buena idea contarle toda la versión a no ser que quisiera discutir con él tan pronto; y no quería, acababa de llegar. Pero odiaba ocultarle cosas, y más ese tipo de cosas. Una pareja debe basarse en la confianza y si no somos capaces de hablar de todo… ¿Qué nos queda? Debería aprender a confiar en mí tarde o temprano.
Me aliviaba el hecho de que no fuera una persona violenta; de ese modo descartaba por completo que todo ese asunto provocara una pelea entre Michael y Edward.
Regresó del baño y se sentó en el sofá.
- Pareces algo cansado –comenté, colocándome junto a él.
- Fue un viaje largo, y contigo es imposible dormir mucho –me guiñó un ojo. Adoraba su picardía.
Lamenté tener que acabar con ese momento, pero supe que tenía que hacerlo.
- En realidad, hay algo de lo que quiero hablarte.
Se revolvió en el sofá y se colocó de tal manera que pudiera verme mejor. Sostuvo mis manos con delicadeza y tomé aire con disimulo.
- Te acuerdas de Edward, ¿verdad?
- Cómo olvidarme del hombre que quiere robarme a mi novia.
Bien empezamos.
- Resulta que el otro día… -No sabía cómo seguir y me reí por puro nerviosismo.
- ¿Te ha besado? –Preguntó de pronto.
- Lo intentó.
- ¿Y qué hiciste?
- Le aparté y le dije que le daría un bofetón.
- Esa es mi chica –me abrazó riéndose.
- Me esperó una noche cuando salí del restaurante –continué hablando una vez que nos separamos-. Hacía muchísimo frío y sabes que uno de mis mayores miedos es morir congelada. Se ofreció a llevarme a casa y acepté. Sabe que estoy contigo.
- ¿Se lo dijiste? –Parecía sorprendido.
- No, ya lo sabía, no me dijo cómo pero lo sabía.
- Aham. Sigue.
- Poco más –mentí.
- Judith.
Que pronunciara mi nombre de aquella manera me hizo entender que significaba un “Judith, cuéntamelo todo”.
- Vale –me rendí-. Básicamente me dijo que no entendía cómo podía estar contigo cuando era evidente que me quitabas un montón de cosas.
- ¿Y qué le dijiste?
- Que no se atreviera a hablar de ti o de lo que tenemos cuando no tenía la más mínima idea de nada.
Permaneció callado.
- ¿Y qué piensas?
- Que no tiene la más mínima idea de nada.
Sonrió.
- ¿Te quito cosas?
- Sí –dije con sinceridad-. ¿Y? –Mi pregunta le sorprendió-. La pregunta no es qué me quitas, sino qué me aportas.
- ¿Y qué te aporto?
Parecía nervioso.
- Todo.
Nunca había sido más sincera en mi vida. Él me lo daba todo.

Capítulo 82



Ahora la decisión es tuya

Un sábado en el restaurante siempre es ajetreado, y, por supuesto, aquel sábado 16 de febrero no iba a ser una excepción. No estaba segura de si era mi impresión o si realmente estaba más lleno de lo habitual. En cualquier caso, lo cierto es que no me faltó trabajo. Cualquiera podría pensar que eso era justo lo que necesitaba, porque en muchas  ocasiones el trabajo era lo único que conseguía liberar a mi mente de los pensamientos que solían rondarla.
Por alguna razón, ese sábado sí fue una excepción en ese sentido. El exceso de trabajo se juntó con mi nerviosismo y ocasionó más de un incidente: platos en el suelo, despistes, incluso alguna que otra mala contestación muy impropia de mí.
Pero no podía evitarlo: estaba realmente nerviosa. Era consciente de que cuando regresara a casa Michael iba a estar esperándome allí. ¿Cómo no estar nerviosa?
Por otra parte, no podía evitar pensar que quizá habría decidido no ir a verme, puesto que salía tarde de trabajar y él estaría agotado por el viaje. Eso me ponía más nerviosa aún.
Cuando por fin, a eso de las dos de la madrugada, ascendía las escaleras de mi portal, no podía evitar pensar en esa segunda opción. ¿Y si no había venido? No, no, no. Moví rápidamente la cabeza de un lado a otro evitando seguir pensando en aquello y, respirando hondo, introduje la llave en la cerradura de la puerta de mi casa. Nervios.
- ¿Hola? –Susurré, dando por hecho que el 75% de los habitantes de esa casa estarían dormidos; todos, excepto yo.
No hubo respuesta.
¿Y si no había venido? ¿Y si no había venido? ¿Y si no había venido?
Caminé despacio hasta el salón, echando un rápido vistazo por si, tal vez, se había quedado dormido en el sofá.
Negativo. Allí no había nadie.
Nervios.
¿Y si no había venido?
Sólo quedaba una opción y no estaba dispuesta a que mis ideas me torturaran mucho más tiempo: si no había venido, quería saberlo ya. Así que caminé deprisa hasta mi habitación y abrí la puerta con energía.
Por supuesto, allí estaba.
Abrazado a uno de mis peluches. Y dormido como un angelito.
Ahogué la risa que me provocaba esa imagen y me fustigué a mí misma mentalmente. ¿¡Cómo no iba a venir!?
Caminé despacio hasta él y le di un tierno beso en la frente. Respiré su olor y el mundo me pareció un lugar mejor. Acaricié su dulce rostro con cuidado, siendo consciente de que si seguía así le despertaría. Quería que continuara dormido pero, por otra parte, no podía evitarlo. ¡Llevaba demasiado sin verle! Y había sido demasiado duro. ¡Y ahora estaba allí!
Sonreí en la penumbra y me mordí el labio. ¿Existía un ser más bonito en toda la tierra?
Decidida a dejarle dormir, me alejé de la cama lo suficiente para desvestirme sin hacer excesivo ruido. Deposité la ropa en la pequeña silla que siempre estaba presente en mi cuarto, me puse mi viejo pantalón para dormir y rebusqué cuidadosamente una manta en el armario para echársela por encima al angelito que tenía dormido en mi cama.
Me acurruqué junto a él y fue justo entonces cuando noté que su respiración cambiaba. Me incorporé ligeramente para comprobar su estado y pude apreciar cómo sonreía ligeramente. Se abalanzó sobre mí y me estrujó entre sus brazos.
- Mmmm… -Susurró.
Reí. Seguía completamente dormido.
- A dormir, señorito Jackson.
- De eso nada… -Susurró de nuevo mientras buscaba mis labios. Me dio un tierno y duradero beso que me hizo recordar por qué estaba con ese hombre. Lo amaba realmente. Se separó de mí unos centímetros y me besó, de nuevo con ternura, en la frente-. Te he echado de menos, y ahora te tengo, ¿crees que voy a seguir durmiendo?
Su voz sonaba más despejada y deduje que realmente no tenía intención alguna de volverse a dormir.
- Mañana me seguirás teniendo –insistí-. Y pasado. Y dentro de diez días.
- ¿Y de diez meses?
- Y de diez años –asentí, acariciándole de nuevo. Se había colocado sobre mí y sus perfectos rizos caían sobre mi frente.
- ¿Estás cansada? –Preguntó a los pocos segundos.
- Un poco, he tenido bastante trabajo –hice una mueca recordando lo patosa que había estado hoy. Después, hice otra mueca recordando lo pesada que, también, había estado. “¿Y si no viene?”, me repetí a mí misma con burla, “qué idiota puedo ser a veces. ¿Cómo no iba a venir?”
- Entonces si quieres, sólo si tú quieres, nos dormimos.
Dormir era lo último en lo que estaba pensando.
- ¿Llevas mucho esperándome?
- Casi veintiún años.
Su respuesta me dejó perpleja. Realmente me había echado de menos.
- Qué bobo eres.
- Por suerte has aparecido. Y ahora, eres mía –susurró junto a mi oído, provocándome un cosquilleo indescriptible.
- Toda tuya.
Busqué sus labios con urgencia, como acostumbraba a hacer. Sostuvo mi cara y me besó de buena gana durante un largo rato.
Entonces caí en la cuenta de algo. Sin saber cómo, aterrizó en mis pensamientos. ¿Por qué Kate quería que se olvidara de mí durante unos días?
Y al preguntarme aquello, fui consciente de otra cosa. No estaba en absoluto preocupada por lo que hubiera pasado con Natalie, porque sabía que no había pasado nada. ¿Había aprendido, por fin, a confiar en él absolutamente?
- ¿Qué ocurre?
Michael me conocía bien, y había notado que me había “desentendido” ligeramente de sus besos. Sólo ligeramente.
- Nada –contesté al instante. No eran horas para hablar de esos temas.
- Si vuelves a mentirme te mataré a cosquillas –afirmó convencido, provocando mi risa.
Reí, sí, pero realmente me daba miedo. La última vez que me había dicho aquello había estado, sin exagerar, cuarto de hora torturándome a cosquillas. Sin parar. No estaba dispuesta a que volviera a suceder tal cosa.
- Vale, es algo –confesé-. Pero no creo que sea un buen momento para hablar de ello.
- Siempre es buen momento para que hablemos.
- Mike, hace quince minutos estabas completamente dormido.
De pronto, se levantó de un salto y sin previo aviso encendió la luz de la habitación.
- Y ahora estoy completamente despierto –abrió los ojos todo lo que pudo y volvió a tumbarse, esta vez a mi lado.
- Vale… Cabezota –atrapé uno de sus rizos y comencé a juguetear con él-. Sólo me preguntaba por qué Kate querría que te alejaras de mí estos días –le dije sin rodeos.
- Bueno… -se incorporó un poco, atrayéndome con él-. Al principio yo tampoco lo entendía, la verdad. Cuando llegamos allí me hizo jurar que no cogería el teléfono hasta que volviéramos. ¿Cómo iba a decirla que no? Se lo prometí y no hice más preguntas. Supuse que necesitaba tranquilidad para todos. Pero cuando pasaron dos días la necesidad de saber de ti se volvió más grande que cualquier promesa –sonreí ante aquellas palabras-. Y hablé con ella. La dije que sólo quería saber si estabas bien. Y entonces…
- ¿Y entonces? –Pregunté, inquieta.
- Me dijo que los últimos meses no habían sido fáciles para ninguno de los dos. Y que era mucho más que evidente lo mucho que nos queríamos, pero quizá… -Permaneció callado unos segundos, supuse que estaba sopesando cómo hablarme de ello-. Quizá ninguno de los dos estábamos preparados para una relación tan seria, más teniendo en cuenta que ambos habíamos huido de ellas toda nuestra vida. Y que probablemente de ahí vinieran parte de nuestros problemas. Gran parte de culpa también la tiene la vida que yo llevo –clavó sus ojos en mí, que hasta entonces habían estado vagando por la habitación-. Entiendo que pueda resultarte difícil una relación así, con tantas… Restricciones –hizo una mueca-. Y ahí fue cuando me dijo que debía pensar, porque ahora vienen tiempos mucho más difíciles de los que hemos tenido hasta entonces. Grabaciones de disco, conciertos… Demasiado tiempo con Joseph. Además de los problemas que mi madre y él están teniendo últimamente, que es algo que me afecta inevitablemente.
Me sorprendió la madurez de sus palabras.
- Pero… ¿Y en qué tenías que pensar? –Pregunté, sin acabar de comprender.
- En si realmente lo que sentía por ti era tan fuerte como para involucrarte en todo lo que viene a partir de ahora.
Tomé aire. Y recé porque fuera más que fuerte.
- Así que he estado pensando bastante y… -Rió-. Me ha parecido una tontería, la verdad. No he llegado a ninguna conclusión que no supiera. Te quiero. Y no me imagino mi vida sin ti. Ni quiero imaginármela –me lancé sobre él y le abracé con fuerza-. Ahora la decisión es tuya –dijo a los pocos segundos.
Me separé de él y le interrogué con la mirada.
- Puedes decidir alejarte de mí antes de que todo empiece. Ni te imaginas lo que viene por delante.
- ¿De verdad me estás preguntando esto?
Estaba atónita. ¿Alejarme?
- Sí, de verdad quiero saberlo.
- Michael –sostuve su cara con firmeza y le miré fijamente-. Hasta el final –fue toda mi respuesta.

25 de junio de 2013

Capítulo 81

 Estoy completamente seguro

Con la aprobación de mis dos amigas en el bolsillo, la tarde después de la charla y todo el día siguiente se me hicieron mucho más cortos que el resto de los anteriores. Era impresionante cómo seguía necesitando de ellas para aclarar mis ideas, ¿iba a ser así toda la vida? Yo sola no había sido capaz de deducir lo que ellas me habían dicho claramente en apenas tres minutos: es mucho más lo que me aporta que lo que me quita. Nadie, absolutamente nadie a lo largo de mi vida, me había dado tantísimo como me daba Michael.
Y aun así, de vez en cuando seguía teniendo dudas acerca de nuestra relación. ¿Por qué? Bueno, con los ánimos mucho más calmados llegué a la conclusión de que las dudas forman parte de la naturaleza del ser humano. Y no iba a renunciar a ella.
Así que fin del problema. O al menos de ese problema.
La verdadera duda que me asaltaba ahora era si Michael me seguía queriendo, y todas las evidencias parecían estar gritándome un rotundo “no”. ¿Cuántos días llevaba sin saber de él? ¿Mil, más o menos? Suspiré mientras abría la puerta del portal y, antes de cerrarla, eché un último vistazo al cielo cubierto de estrellas.
Mientras subía las escaleras caí en la cuenta de que ese era el día que habíamos concertado para que Alex se trasladara a vivir a nuestra casa definitivamente, así que imaginé que la tarde había supuesto una cantidad de idas y venidas con sus pertenencias. Lo cierto era que, aunque en un principio no me hizo excesiva gracia, en esos momentos la idea me agradaba bastante. Una nueva amistad siempre significaba un poco de aire fresco en cualquier vida; y teniendo en cuenta cómo estaba la mía, me venía bien que alguien me ayudara a respirar.
- ¡Hola! –Exclamé al entrar, soltando una risita por la cantidad de cajas que vi tiradas por el suelo.
Mi risita se convirtió en carcajada cuando observe a los tres, Marina, Alex y Nana, tumbados en el sofá medio adormilados. Alex fue el único que se dignó a levantarse para saludarme y lo agradecí con un beso en la mejilla.
- ¿Así que por fin te has instalado? Me alegro –me quité la bufanda y la chaqueta y la dejé en una silla del salón.
- Instalarme no es precisamente la palabra que yo emplearía. ¿Ves todas esas cajas? Las hemos abandonado a las ocho de la tarde –volvió a sentarse en el sofá y vi cómo Marina asentía, sin ni siquiera mirarme.
Me senté en el sillón de al lado y observé la estampa. Parecía que se conocían de toda la vida. Alex estaba sentado en medio de las dos y los tres tenían los pies apoyados en la pequeña mesa que teníamos junto al sofá.
- Así que habéis estado ayudándole. Me sorprendes, Marina -hizo una especie de ruido con la boca, haciéndome entender que se sentía incapaz de hablar-. Creo que deberías irte a la cama.
- Apoyo la moción –se levantó con tal lentitud que me pareció imposible que llegara a su cuarto antes de tres o cuatro horas-. Buenas noches –nos levantó la mano y, sin mirarnos, siguió caminando. Estaba completamente dormida.
- Yo también me voy, chicos –Nana se incorporó también y nos dio un beso a cada uno-. Hasta mañana.
Me reí con ganas y miré a Alex.
- Acostúmbrate -ambos reímos-. ¿Ha sido muy dura la mudanza?
- No sabía que tenía tantas cosas en mi poder, de verdad. Cuando hemos empezado a sacar cajas y más cajas he creído oportuno venderlo todo para no colocarlo. Y seguramente me haría rico, porque no sabes la cantidad de cosas que tengo ahí guardadas –señaló las cajas amontonadas en el suelo y reí de nuevo.
- ¿Y Marina te ha ayudado? Si que debe estar aburrida.
- Ha colaborado como la que más.
- Deberías saber que eso ocurre pocas veces. Llamarla “vaga” me parece bastante insuficiente para calificar cómo es -rió a carcajadas y lo lamenté por él. No sabía lo que le esperaba con Marina en ese sentido-. Ya lo irás comprobando, no quiero asustarte.
- Vale, gracias por el aviso. ¿Hay algo más de vosotras que deba saber?
- Mmm...
Y, de pronto, se me ocurrió. ¿Debería contarle lo mío con Michael? Claro que debería. ¿Qué haría Alex, sino, el día que Michael aparecería en casa de pronto? Abrir la boca hasta el suelo, sin duda. Reí mentalmente ante la idea. Ese era el efecto que Michael provocaba en las personas.
- ¿Tan malo es lo que tienes que contarme? ¿No me digas que voy a tener que salir corriendo?
- No, tranquilo. Sólo que deberías saber… -lo sopesé unos segundos y elevé las cejas. No se lo creería-. Estoy saliendo con Michael Jackson.
Permanecí callada mirándole y observé la expresión de diversión en su rostro.
- Oh, sí. Y yo con Diana Ross, pero chsss… -Susurró-. Es un secreto.
Puse los ojos en blanco.
- Es cierto.
- ¡Y lo mío! ¿Cuándo hacemos una cena de parejitas?
Iba a contestarle pero de pronto ya nada me parecía importante. El teléfono estaba sonando y eran más de las doce de la noche. ¿Quién iba a llamar un viernes casi a la una de la madrugada? Corrí al teléfono y contesté al instante.
- ¿Sí?
- ¿Judi?
Su voz hizo que mi corazón latiera a cinco mil por hora. Sin embargo, permanecí muda. Tragué saliva y cerré los ojos; cuando volví a abrirlos, vi que Nana y Marina habían salido de su cuarto, y me miraban adormiladas.
- ¿Estás ahí?
- Sí –contesté, escueta.
No es que estuviera enfadada –bueno, quizá un poco-, ¿pero por qué no había llamado hasta ahora?
- ¿Cómo estás?
- Bien, ¿y tú?
Permaneció en silencio.
- Siento no haberte llamado, pequeña –supuse que había notado algo extraño en mi tono de voz-. Mañana me tienes de vuelta. Tengo ganas de contarte todo. Y tengo ganas de abrazarte. Te he echado de menos.
- Sí, se ve… -Susurré.
- Perdóname, de verdad. Mi madre no me dejaba estar cerca del teléfono, y…
- ¿Ni siquiera para llamarme? –Le corté. Cerré los ojos de nuevo. ¿Debería ser así de brusca?
- Ni siquiera para eso. Quería que… Desconectara.
Vaya, eso era nuevo. Su madre quería que Michael desconectara de mí. Su madre, Kate, esa persona que en repetidas veces me había demostrado su adoración, esa persona que en tantas ocasiones me había dado las gracias por estar con Michael… Quería que su hijo desconectara de mí.
- También quería que pensara en todo lo que nos ha pasado en los últimos meses.
Esa frase también me pilló desconcertada. ¿Quería que Michael pensara? ¿En qué? Como no podía ser menos viniendo de mí, me asusté.
- ¿Y has llegado a alguna conclusión? –Pregunté finalmente.
- Sí –esperé impaciente-. Estoy completamente seguro de que eres lo mejor que me ha pasado.
Suspiré aliviada ante tan repentina declaración y agradecí que siguiera siendo mío. Observé que las chicas me miraban inquietas y sonreí como pude. Obviamente, después de aquello estaba mucho más tranquila.
- No sabes cómo me alegra oír eso.
- Tengo que colgar, tengo que terminar de hacer la maleta. En unas horas estaré allí de nuevo y, en cuanto llegue, correré a verte. Te quiero, pequeña.
- Y yo a ti Mike.
“Siempre”.
En cuanto colgué el teléfono las chicas avanzaron hacia mí.
- ¿Era él?
- Sí –conseguí decir tras unos segundos y unos cuantos suspiros-. Está bien, y vuelve mañana.
- Parecías preocupada.
- Es que me ha dicho que su madre ha querido que desconectara de todo, incluso de mí –esperé a que las chicas dijeran algo, pero ante su silencio hice una mueca-. ¿Por qué Kate querría eso?
- Mucho sentido no tiene, la verdad… -Marina miró a Nana y después ambas me miraron.
- También me ha dicho que ha estado pensando en los últimos meses.
- ¿Y? –Preguntaron al unísono.
- Dice que está seguro de que soy lo mejor que le ha pasado.
Ambas sonrieron. Y yo también.
Después dirigí mi mirada hacia Alex, que nos miraba atónito desde el sofá.
- ¿Crees que podrá presentarme a Diana Ross? –Preguntó al fin.
Los cuatro reímos. Y por primera vez en unos cuantos días, me fui a la cama con buenas sensaciones.

18 de febrero de 2013

Capítulo 80


Suficiente para nosotras

A la mañana siguiente me levanté decidida a hablar con las chicas, sabiendo que ambas libraban y podríamos tener un rato para hablar tranquilamente. Estaba ligeramente asustada por las respuestas que podía encontrarme, y más aún por las consecuencias. ¿Qué pasaría si hasta mis dos ángeles pensaban que Michael no era bueno para mí? Estaba asustada, sí, pero no me importaba, necesitaba saber qué pensaban de todo aquello.
Sorprendentemente, cuando me dirigí al salón ninguna de las dos estaba allí. Tampoco en la cocina, ni en el baño. Miré el reloj y vi que eran las once de la mañana, ¿a dónde podían haber ido a esas horas?
- ¿Qué haces despierta tan pronto?
La voz de Nana detrás de mí me sobresaltó y di un brinco que provocó una sonrisa por su parte. Estaba recién levantada.
- Eh... No podía dormir -me dirigí hasta la cocina y abrí la nevera-. ¿Quieres un zumo? ¿Marina sigue durmiendo?
- Qué pregunta, claro que sigue durmiendo. Y nosotras deberíamos estar haciendo lo mismo, sobre todo tú, creía que estabas muy cansada de tanto trabajar. Y un zumo sí, gracias.
Serví el zumo en un par de vasos y me dirigí con ellos hasta el sofá del salón; Nana me siguió.
- Estoy cansada, pero no quiero dormir más.
- ¿Pasa algo?
- No, es solo que, bueno...
- No sabes nada de él, ¿verdad? -Negué con la cabeza y me miré las manos, que rodeaban el vaso-. No te preocupes, Judi. Te quiere, lo sabes.
La miré y supe que era el momento, pero no sabía muy bien cómo plantearlo. Hace mucho tiempo conocí a un chico que me dijo que las personas no deberíamos preguntar aquello de lo que no querríamos saber la respuesta. ¿Quería saber la respuesta a todo lo que pasaba por mi cabeza?
De pronto se me encendió la bombilla y supe cómo debía llevar todo aquello.
- Piensa en mí hace un año -la solté de pronto-, cuando estaba con John. ¿Qué opinabas de él?
- ¿Antes o después de comportarse como un capullo?
- Antes, el después es evidente.
- Creía que era un buen chico, la verdad. Le veía contigo y... Me gustaba. Para ti -añadió con una mueca.
- ¿Qué más?
- ¿Qué más? No sé, ¿qué más quieres que te diga? -Se rió.
- ¿Te gustaba la pareja que hacía con él?
- Sí y no.
- Explícate.
- Él te trataba bien, y creo que te llegó a querer bastante. Cuando os veía juntos pensaba... Están bien, pueden llegar a algo, hacen buena pareja. Pero entonces me fijaba en ti y... Tú no sentías gran cosa por él. Te lo pasabas bien con él y agradecías su compañía, pero... No es como con Michael, por ejemplo. A los dos meses ya estabas enamoradísima de él.
- A los dos meses y a las dos semanas -añadió Marina por detrás, para después obsequiarnos con un gran bostezo-. ¿Qué hacéis hablando de estos temas tan pronto? Acaba de amanecer.
- ¿Amanecer? -Nana y yo nos reímos a carcajada limpia.
- Eres una auténtica marmota, Marina, de verdad. Háztelo mirar.
- Cuando muera donaré mi cuerpo a la ciencia.
Volvimos a reírnos y entonces sentí la mirada de Nana clavada en mí.
- ¿Por qué me has preguntado esto?
Ya no había vuelta atrás.
- Bueno... Sólo me estaba preguntando si... A John le veíais mejor chico para mí que Michael -lo solté de carrerilla y Marina, que estaba tumbada en el sofá, se incorporó casi de un salto.
- John era un capullo, cómo puedes preguntarte eso.
- Me refiero al John de antes. Al John que me trataba bien, al que me cuidaba, al que me quería.
- Puede que al principio fuera un príncipe azul, pero al final demostró cómo era realmente, y eso es lo que cuenta.
- Olvidaos de lo que hizo, ¿vale? Pensad sólo en el John bueno.
- No podemos olvidar algo así -sentenció Nana.
Suspiré. Tendría que intentarlo por otro camino.
- Vale, pues nada de John. Pensad en... Sergio. Sí, Sergio. ¿A Sergio le veíais mejor chico que Michael?
- ¿A qué viene esto, Judith?
- Sólo... Contestad, por favor.
- No, explícanos por qué quieres saber todo eso.
Las dirigí una rápida mirada a las dos y cogí aire.
- La otra noche, cuando os conté lo de Edward... No dijisteis nada. Quiero decir, me dijo un montón de cosas horribles, cosas que no tiene por qué decirme alguien que no me conoce a mí, ni a Michael, ni sabe nada de lo que tenemos. No sabe nada de lo que hay entre nosotros y se atreve a juzgarnos de esta manera. Estaba verdaderamente enfadada y cuando os lo conté... No dijisteis nada.
- ¿Qué querías que te dijéramos? -Preguntó Nana, parecía confundida.
- No lo sé, algo. Unas palabras de odio hacia él, por lo menos.
- ¿Odio?
- ¿No? -Las miré durante unos segundos a las dos y su expresión me lo dijo todo-. Así que pensáis que lleva razón.
- Pensamos, como tú, que no es nadie para juzgarte.
- Pero lleva razón -añadí.
- Judith...
- Adelante, juzgadme vosotras.
- No hagas un mundo de esto.
- No estoy haciendo un mundo, simplemente agradecería que mis mejores amigas tuvieran la confianza suficiente para decirme cuándo un chico las parece bien para mí y cuando no.
Silencio. Me recosté contra el sofá y cerré los ojos. Nana fue quien empezó a hablar de nuevo.
- Nadie ha dicho que Michael nos parezca mal para ti.
- No, sólo os parece que me está robando muchas cosas de mi vida.
- ¿Nos has preguntado cuántas nos parece que te está dando? -Nana alzó la voz y la miré. Parecía enfadada-. No saques conclusiones que no son, en ningún momento hemos dicho que lleve razón.
- Tampoco se la habéis quitado.
- Porque en parte la lleva -miré a Marina esperando a que continuara y se acercó más a mí-. No puede llevarte a pasear por ahí, ni podéis hacer un montón de cosas que cualquier pareja normal puede hacer.
- Somos una pareja normal -pronuncié cada palabra recalcándola, tratando de convencerlas a ellas. Y a mí misma.
- Lo sois porque os queréis, pero... Oye, ¿qué te vamos a contar que no sepas? Eres tú la que vive el día a día con él, si no te has dado ya cuenta de las cosas que no podéis hacer juntos...
- Cosas insignificantes. No necesito que me lleve al cine o a comprar un helado o...
- Exacto -me cortó Nana-. ¿Por qué no lo necesitas? -Esperó unos segundos y entonces siguió-. John, Sergio... Todos los chicos que han pasado por tu vida han podido hacer todo eso que Michael no puede, ¿y? ¿Han significado algo para ti? O, al menos, ¿han significado tanto como Michael? -Volvió a detenerse, esperando que yo sola me diera cuenta de todo eso-. Creo que hablo por las dos cuando te digo que nunca te habíamos visto tan bien -Marina asintió y me acarició el hombro-, ni siquiera sabíamos que fueras capaz de querer tanto a un chico -se rió.
- ¡Eh! -Fingí enfadarme pero solté una risita.
- Lo que te quiero decir es... Qué importa lo que te quite, a día de hoy es mucho más lo que te aporta, ¿no?
- Lo es para mí. Pero vosotras... Quería saber lo que pensabais.
- Queremos que estés con él tanto tiempo como tú quieras estar con él. Te hace feliz, eso es suficiente para nosotras.
- ¿De verdad?
- ¡Pues claro! Es un gran chico y te quiere. No podemos pedir más.
Agaché la cabeza y me mordí el labio. Tampoco había sido para tanto. Sonreí tímidamente y volví a mirarlas.
- Gracias.
- Siempre pensando mal de nosotras -se burló Marina-, yo ya no sé qué tenemos que hacer.
- Se me ocurre una idea... -miramos a Nana y sonrió ampliamente-. Vámonos a dar un paseo por esta maravillosa ciudad y después te invitamos a comer, ya que tienes un novio que no puede hacerlo.
- Ja, ja. Muy graciosa.
- Lo sé -se incorporó y me tendió una mano-. Venga, a vestirse todo el mundo.

20 de julio de 2012

Capítulo 79


Cansancio

Los dos días siguientes se resumieron en dormir, trabajar y comer –lo último más bien poco-. Me despertaba cada día con el tiempo justo para ir al trabajo cuando lo normal en mí no era eso. Siempre me había gustado levantarme “pronto” para aprovechar el día, pero las tres noches que había pasado desde el lunes había decidido alargarlas todo lo que podía, por algo que podía resumirse con una sola palabra: cansancio.
Cansancio físico porque pasaba demasiadas horas en el restaurante, porque iba caminando hasta él y volvía de igual modo y porque el frío se había vuelto aún peor, y eso que creía que no era posible. Quería pensar que todo eso merecía la pena y que nos iba a servir para estar un poco más aliviadas con el dinero, y me decía a mí misma que no importaba tener que trabajar una semana duramente. Luego llegaba a la conclusión de que no iba a ser sólo una semana, porque los problemas económicos no se acabarían porque yo trabajara algo más durante 7 días. Así que cada noche regresaba a casa rezando porque finalmente Alex, el amigo de Dani, viniera a vivir con nosotras y se acabara todo ese agobio que sufríamos.
Cuando me desperté esa mañana estaba especialmente cansada. El día anterior, a pesar de ser miércoles, el restaurante había contado con una cantidad importante de gente ya que había una fiesta en un local cercano que no conocía; nunca me había molestado en adivinar dónde se celebraban todas las fiestas a las que acudían las personas que después cenaban en el restaurante.
Me levanté y me dirigí al calendario, sonriendo irónicamente: 14 de febrero. Jamás había dado excesiva importancia al día de San Valentín, el día de los enamorados, pero no hay que ser hipócritas: siempre hace ilusión pasarlo con tu pareja al lado. Un detalle, una rosa, cualquier regalo por minúsculo que sea consigue sacar una sonrisa a la mayoría de las personas en un día como ese. Y yo no iba a tener ni detalles, ni rosas, ni un regalo minúsculo. Ni siquiera un simple abrazo.
También tenía un gran cansancio mental. No sabía nada de Michael desde que se había ido y aunque quería con todas mis fuerzas confiar en él no podía entender que no me hubiera llamado ni una sola vez. Eso me enfadaba y me entristecía a la vez; y me hacía no parar de pensar en ello. Además, le echaba de menos. Mucho. Probablemente estos días con tanto trabajo se hubieran pasado más rápidamente si él hubiera estado a mi lado, pero estaba a kilómetros de aquí y quién sabe qué estaría haciendo. Prefería no pensar en ello porque cada vez que lo hacía me daban ganas de cogerme un avión; y no estábamos para derrochar.
Y con mi habitual sinceridad conmigo misma, tenía que admitir que había dado muchas vueltas a lo que había hablado con Edward; y a Edward en sí. Es cierto que me enfadó profundamente todo lo que me dijo, pero una vez que el enfado se marchó pensé seriamente en nuestra conversación. Primero llegué a la evidencia de que encontraba interesante a ese chico, al menos hasta cierto punto. La manera en la que hablaba, la forma de mirar, sus gestos… Mostraba tanta confianza, tanta seguridad en sí mismo que me resultaba inevitable no sentirme al menos mínimamente atraída por él. Tenía que aceptarlo, tampoco estaba cometiendo ningún pecado ni traicionando a Michael de ninguna manera. Seguramente él también se sentía atraído por otras chicas y no pasaba nada mientras sólo se quedara en eso: atracción. Y lo mío, lógicamente, no pasaba de ahí.
Después pensé en lo otro, que era lo que más importancia tenía para mí. “Una relación tiene que aportarte, no tiene que quitarte”. Aquellas palabras resonaban en mi cabeza una y otra vez, una y otra vez. El caso era que en parte estaba en lo cierto: Michael podía quitarme ciertas cosas que cualquier otro chico podía darme fácilmente. No podía negarme a mí misma que eso era verdad, aunque desde luego a Edward no le iba a dar el gusto de darle la razón porque eso significaría más esperanza para él y era lo último que quería. Cosas tan simples como ir a pasear o comer un helado en un parque no podía dármelas; cosas que realmente no necesitaba mientras pudiera correr por su jardín o comer espaguetis en mi casa. Él siempre me había dicho que acabaría cansándome de esta relación a medias y yo siempre le había llamado idiota por pensar eso. A día de hoy seguía creyendo que era un idiota, él y cualquiera que pudiera pensarlo. Pero de pronto me invadió la duda de saber si toda una vida así no sería demasiado. Me sentí horriblemente mal por pensar eso y decidí no volverlo a hacer.
Ahora mismo una vida entera así no me parecía demasiado, me parecía insuficiente. Insuficiente tiempo para estar a su lado. Y eso era lo que más me importaba en estos momentos. ¿No?
Por otro lado estaban las chicas. Cuando les conté todo lo que había pasado con Edward la reacción que tuvieron me dejó aún más desconcertada de lo que ya estaba. Pensaba que levantarían el hacha de guerra e irían en busca de ese tal Edward que se había atrevido a decirme cosas así sin conocerme de nada, pero lo único que hicieron fue preguntarme cómo me sentía yo y si me gustaba. En total la conversación no duró más de 15 minutos; y 9 los gasté yo hablando de lo que había pasado. Después se hizo el silencio; incómodo no, porque entre nosotras nunca era incómodo.
Por alguna razón que no acerté a adivinar en su momento, no las pregunté qué opinaban de lo que me había dicho ni por qué se habían quedado tan calladas. Un día después supe que no se lo había preguntado por miedo a que me dijeran lo que no quería oír, lo que en el fondo sabía que opinaban: que Edward llevaba razón en lo que me había dicho.
No quería oír semejante cosa de la boca de mis dos ángeles, pero tenía que ser consecuente conmigo misma, con lo que siempre había predicado: la verdad por delante. Así que esa noche del 14 de febrero, mientras caminaba hacia casa después de otro día duro en el restaurante, determiné que cuando llegara iba a hablar con ellas de todo eso. Y no aceptaría otra cosa que no fuera la verdad.
Sin embargo, al entrar en casa mis planes cambiaron de inmediato. Dejé las llaves sobre la mesa del salón y, frunciendo el ceño por el desconocimiento, no paré de clavar la mirada a un joven chico que estaba sentado en un sofá de nuestro salón. Vestido de una manera informal, sonreía mientras él también me miraba y se levantó cuando me aproximé hacia él. Guau, que alto era. Y muy rubio.
- Hola –sonrió mientras me extendía la mano.
- Judith, te presento a Alex. Alex, esta es Judith.
Cambié el gesto y suspiré de alivio cuando le estreché la mano. Por fin.
- Encantada –sonreí-. Me alegra mucho verte por aquí, de verdad.
- A mí también me alegra estar aquí –mostró una sonrisa sincera y volvió a sentarse en el sofá. Yo me senté en el otro, al lado de Marina.
- Ha venido hace una hora y media –explicó Nana-. Hemos empezado a hablar de todo un poco, la casa, el precio, cómo sería la convivencia, le he contado un poco cómo somos, aunque a mí ya me conoce claro. Ha preferido esperar a que vinieras tú y así todas diéramos el visto bueno.
- Qué detalle –sonreí.
- Me han dicho que trabajas como camarera en el restaurante más de moda de la ciudad.
- Son unas exageradas. Además, fíjate a la hora que llego, no sé si me merece la pena trabajar allí o debería buscarme un trabajo en el que no tenga que estar de pie tres mil horas al día, como me pasa con este.
- Y las exageradas somos nosotras… -suspiró Marina haciendo que todos riéramos.
Durante alrededor de una hora Alex me estuvo hablando de todo lo que se le puede hablar a una persona a la que acabas de conocer; y de mucho más. Me contó cómo es su trabajo, cuando empezó a trabajar, dónde dejó sus estudios, qué soñaba ser de niño, me habló de sus padres, de sus tres hermanos, de sus amigos de la infancia, de la relación que tiene con Dani, de lo bien que le cae Nana, de lo increíble que le parecía que no nos conociéramos… Y yo, como no podía ser menos, hice lo mismo. Entre todas le describimos un poco cómo era España y hablamos de cuatro o cinco costumbres que reinan en todo el país, todo ello en un buen ambiente. Resultó que Alex, aparte de ser agradable y simpático como se había mostrado al principio, era un chico muy divertido, muy bromista, con muchas anécdotas por contar con las que morirte de risa. Además, era responsable e inteligente, y cuando tuvo que hablar de su novia lo hizo con total respeto, y con algo más… Supuse que aún seguía queriéndola.
Cuando afirmó que ya era tarde y debía irse creo que todas pensamos lo mismo: ojala pudiera quedarse un ratito más. Así que la cosa estaba hecha, si se venía a vivir con nosotras tendríamos ración de risas con él las 24 horas del día. Acordamos volver a vernos al día siguiente y dejarlo ya todo completamente apalabrado para que en los próximos días pudiera trasladarse al piso.
Después de que se marchara nos quedamos las tres charlando en el sofá y todas compartíamos la misma opinión: era el adecuado para vivir con nosotras. Nana, que le conocía desde hace bastante tiempo, nos contó todavía más cosas de él que no hicieron más que confirmar lo que ya pensábamos: era un buen chico.
Se supone que aquel era el momento en que debía preguntarlas por todo el asunto de Edward, pero el buen ambiente que había reinado en la casa desde que había llegado me echó para atrás. Era un tema delicado y que seguramente nos llevaría mucho tiempo hablar de ello, así que las di un beso de buenas noches a cada una y decidí dejarlo para otro día.
Taché en el calendario el 14 de febrero y volví a sonreír de la misma manera en que lo había hecho por la mañana. Seguía sin saber nada de él y no me gustaba. Por suerte para mí, el cansancio hizo que me durmiera en seguida.

Capítulo 78


¿Y puede?

Aproximadamente media hora después de que Edward se fuera, llegó mi turno para comer. Apenas quedaban un par de parejas en el restaurante así que podía comer con calma, echando infinitamente de menos a Angie, que hubiera sido de gran ayuda en esos momentos. Obviamente, no es que Edward hubiera creado algún tipo de duda en mí, pero lo cierto es que me había dejado descolocada. Según lo que me había dicho, notaba cierto interés por mi parte; y si él lo notaba, los demás también podían notarlo. Quizá de ahí venían los celos de Michael. Durante la comida estuve inmersa en mis pensamientos, buscando algún atisbo de curiosidad –como él lo había llamado- en mi comportamiento hacia él. No iba a mentir a nadie y mucho menos a mí misma, era cierto que si Michael no existiera probablemente hacía tiempo que habría aceptado salir con Edward. Pero Michael existía y mi curiosidad y mi interés por otros hombres se desvaneció cuando él llegó. ¿Fin del problema? En teoría, sí. ¿Pero entonces por qué seguía dándole vueltas?
Cuando esa pregunta acudió a mi mente por quinta vez en cuarto de hora, negué de inmediato con la cabeza y me levanté de un salto, haciendo que todos mis compañeros me miraran sorprendidos. Sonreí y me fui directa al baño a lavarme la cara con agua fría. Muy fría.
Sopese la idea de decir que me encontraba enferma y regresar a casa a parlotear con las chicas, pero la borré de mi mente al instante. El día anterior había decidido que durante toda esta semana me quedaría desde el mediodía hasta que el restaurante cerrara, así me sacaría un dinero extra y además daría descanso a otros compañeros que lo necesitaban más que yo.
Desde que Lorena se marchó la economía de la casa comenzó a descender, y más tras el despido de Marina del museo, así cualquier ingreso extra que pudiéramos tener nos iba a venir de perlas. Michael seguía insistiendo en ayudarnos y yo seguía insistiendo en que no; odiaba que habláramos de ello porque siempre conseguía hacerme sentir mal de una manera o de otra. Era incapaz de entender que siempre había sido muy independiente en ese tema, pero no iba a ser ahora cuando cambiara; no quería sentirme una mantenida, ni aunque fuera durante un mes. Me negaba rotundamente.
Hacía tres o cuatro días que Nana nos había comentado que un amigo de Dani de toda la vida buscaba un piso en el que vivir, porque hacía un par de semanas lo había dejado con su novia, con la que vivía, y rechazaba a toda costa volver a vivir con sus padres de forma permanente. Según nos había contado, el chico en cuestión se llamaba Alex, tenía 23 años y trabajaba en una empresa de construcción que daba bastantes beneficios. La idea de que se viniera a casa no nos pareció mal a ninguna así que quedamos en conocerle algún día de estos para acabar de darle nuestro visto bueno. No me hacía excesiva gracia compartir piso con un chico porque estaba claro que parte de la naturalidad que teníamos viviendo las 3 solas se iba a perder. Pero no nos quedaba otra opción.
El resto de la tarde fue, como se esperaba, tranquila; como cada lunes al fin y al cabo. Sólo unas pocas personas acudieron a media tarde a tomarse un café, lo cual no me beneficiaba. Si me mantenía ocupada, mi cabeza también lo estaría, pero de lo contrario –como estaba sucediendo- no pararía de darlo vueltas y vueltas, muy a mi pesar. No paré de recordarme todo el tiempo que realmente no tenía nada que pensar, ¿pero entonces por qué no paraba de hacerlo? ¿En qué pensaba realmente? No eran dudas lo que sentía. No. ¿No? “¡NO!”, me grité interiormente y me perjuré no volver a pensar nada semejante.
Con la llegada del anochecer el restaurante comenzó a llenarse y lo agradecí. No vendría demasiada gente así que en un par de horas podría estar en casa de nuevo, preparándome un vaso de leche caliente y metiéndome entre los millones de mantas que cubrían mi cama. Sólo de pensarlo sonreí como una boba.
Tal y como predije, dos horas y media más tarde me despedí de mis compañeros y, una vez me coloqué la bufanda que siempre me acompañaba en invierno, salí del restaurante.
No calificaría como una sorpresa lo que me encontré fuera, porque en realidad ya me había avisado. Con una gabardina negra que le llegaba hasta las rodillas y un bonito sombrero, Edward estaba esperándome justo a la derecha de la puerta, por donde yo tenía que pasar si quería llegar a mi casa.
Me quedé inmóvil, mirándole fijamente y sin ninguna intención de decirle más que un simple “buenas noches” y continuar mi camino.
- Buenas noches –le sonreí cuando pasé por su lado y, como estaba dispuesta a hacer, seguí hacia delante.
- ¿No quieres que te acompañe a casa? Es una noche fría, una compañía resultaría muy agradable –se colocó a mi lado y comenzó a caminar a la par que yo.
Suspiré.
- Es cierto que hace frío, pero no veo de qué forma tu compañía podría servirme para combatirlo –le contesté sin ni siquiera mirarle. Si me mostraba indiferente, se cansaría.
No, que ridiculez. Claro que no se cansaría. Si no lo había hecho hasta ahora, qué me hacía pensar que sería este el momento, justo cuando le daba la oportunidad de acompañarme a casa. “Debería pegarle un puñetazo e impedirle que siguiera avanzando”. Mi mente rió ante la idea, pero nunca había sido violenta y no empezaría a serlo ahora. Educada y simpática, eso sí que lo había sido siempre. Entonces lo que tenía que hacer era pedirle de forma simpática y educada que se quedara donde estaba, que no caminara más. Sí, eso tenía que hacer.
¿Pero por qué no lo hacía?
- Hay varias formas de hacerlo frente, ahora que lo dices.
- Ninguna que me interese –me entró un escalofrío y se colocó más cerca de mí-. No sé si has oído mi frase anterior –esta vez si le miré. Y rió.
- ¿Ni siquiera calor corporal?
- Es lo último que quiero ahora mismo.
“Al menos TU calor corporal”.
Pero me entró otro escalofrío y volvió a acercarse a mí. La verdad es que era una noche muy fría, de las más frías que había conocido en Los Ángeles. Y yo era alguien que necesitaba calor para ser persona, el frío y yo no éramos compatibles y cuando estaba presente me afectaba mucho.
- Ya hemos llegado –sonrió y se detuvo en seco. Por alguna razón hice lo mismo.
- ¿Perdón?
- Te presento a Bill –sonrió y extendió una mano hacia la carretera. Le miré sin entender y se acercó a un coche que estaba aparcado. Ahora sí lo entendía-. Mi padre siempre me decía que los mejores coches son los que tienen nombre. De pequeño tuve un amigo, un gran amigo, que se llamaba Bill. Crecimos y dejamos de vernos, aún no sé por qué. Pero cuando me compré el coche fue el primer nombre que se me vino a la cabeza, así que… Bill, te presento a la encantadora Judith -no pude evitar reírme y se aproximó de nuevo a mí-. Déjame que te lleve a casa, estás helada y tiritando tres veces por minutos no llegarás muy lejos.
Quería decirle que no, que estaba bien y que podía llegar sola a casa perfectamente, sin la ayuda ni el “Bill” de nadie. Pero el frío era demasiado para mí y en menos de dos minutos ya habíamos arrancado en dirección a mi calentita y acogedora casa.
- Cuéntame cosas de ti –dijo de pronto. Tras hacer un par de comentarios más acerca del frío y la noche que teníamos, nos pasamos los siguientes dos o tres minutos en silencio. Imaginé que no era un hombre que aguantara bien las situaciones en las que nadie hablaba-. No esperarás estar todo el camino callada.
Sabía que tenía razón. Ya que me llevaba a casa al menos debía ser amable con él.
- ¿Qué quieres saber?
- ¿Cómo una chica española ha acabado trabajando en un restaurante de Los Ángeles? –Preguntó a los pocos segundos.
- ¿Cómo sabes que soy española?
- Tu acento –me miró fugazmente-. Hace tres años estuve en Madrid, cerrando un negocio. Pocos meses más tarde viajé a Barcelona también por trabajo. Desde entonces he ido a ambas ciudades un par de veces al año. Además, uno de mis mejores amigos es de Salamanca –pronunció el nombre la ciudad de una manera realmente divertida-. Así que reconozco cuando un español balbucea inglés.
- Yo no balbuceó –repliqué.
- Es cierto, lo hablas bastante bien para tener… ¿Cuántos? ¿20 años?
- Casi.
- 21.
- Error.
- Me rindo –dijo riéndose. Yo también reí, y después bajé la cabeza. El hombre egocéntrico y algo pesado que había conocido en el restaurante había desaparecido. Edward parecía alegre, simpático y divertido. Se notaba que había viajado, que había visto mundo y que lo suyo eran las relaciones personales, conocer gente. Eso le hacía alguien interesante, sin duda.
-¿Quieres saber qué más quiero saber? –Asentí, aunque no estaba segura de que me hubiera visto-. ¿Cómo una chica española ha acabado robándole el corazón a Michael Jackson? –Le miré sorprendida y me dedicó otra mirada, esta vez más duradera-. No me preguntes cómo lo sé porque lo único que puedo responderte es que lo sé por mis contactos. Me muevo mucho por el mundo de la música, del cine… Digamos que llegó hasta mis oídos, una vez que ya te conocía. Me sorprendí mucho, la verdad. Pero me gustó.
- ¿Te gustó? –Ahora sí estaba del todo desconcertada.
- Es un reto -reí irónica y me giré hacia el cristal de mi ventana, sin querer mirarle ni un segundo más. Noté su mirada clavándose en mí-. ¿Qué te hace gracia?
- Tratas a las personas como si fueran un reto, eso me hace gracia.
- No te equivoques, ya estaba interesado en ti mucho antes de que supiera que tenías una relación con él –permaneció callado unos segundos y cuando comprendió que no iba a contestarle decidió seguir hablando-. Soy un hombre aventurero, curioso, al que le intriga todo, que quiere conocer y ser conocido… Es por eso que estoy interesado en ti. Me pareces una aventura, me despiertas mucha curiosidad y mucha intriga, no pareces ser como los demás y hace muchos años que no veo eso en alguna chica. Además soy un luchador, todo lo que tengo me lo he ganado por mis propios méritos. Suelo perseguir lo que quiero y me gusta que haya obstáculos, porque cuanto más difícil sea más disfrutaré una vez conseguido. Por eso lo considero un reto. Tu novio es un obstáculo muy grande.
- Es un obstáculo insalvable, diría yo.
- No creas, he conocido obstáculos aún peores y los he superado.
- ¿Quieres que hable claro? –Volví a dirigirle la mirada y pude ver en su rostro que la pregunta le sorprendió. Supuse que quería seguir hablando con rodeos, con metáforas y con cualquier otra cosa que no supusiera decirle un “no” rotundo. Pero ese “no” tendría que escucharle algún día-. Probablemente si Michael no estuviera en mi vida tu despertarías la misma curiosidad y la misma intriga que dices que despierto yo en ti. Pero Michael está, está desde hace mucho tiempo y lo cierto es que quiero que siga estando durante toda mi vida. Así que lo siento, pero creo que deberías olvidarte, si es que esa es la expresión. No vas a conseguir nada, Edward, de verdad. Le quiero.
Siguió conduciendo callado, con la vista al frente. La esperanza de que lo hubiera comprendido creció en mí, pero vi una media sonrisa en su cara y la deseché. Por lo visto, era un hombre implacable.
- Entonces me alegro, cuéntame cómo es tu relación con él.
No comprendí muy bien a qué se refería así que sonreí tímidamente y me limité a contestar lo más sencillo.
- La verdad es que estamos muy bien -el coche frenó lentamente y comprendí que ya habíamos llegado-. Muchas gracias por traerme, en serio. Me has ahorrado un gran camino bajo este frío.
- Espera, me gustaría preguntarte algo más –después de todo, se lo había ganado, así que asentí y me coloqué en el asiento de tal manera que pudiera mirarle más cómodamente. Él hizo lo mismo-. ¿Vais mucho de paseo? –Preguntó al fin.
- ¿Cómo?
- Los Ángeles es una ciudad fantástica, ¿te ha llevado a recorrer sus calles hasta que os duelan las piernas? –No supe que responder así que permanecí callada. Tampoco hubiera sido necesario decir nada, él tenía la intención de seguir hablando-. ¿Te lleva mucho al cine? Y en verano, ¿te lleva a comer un helado a algún parque de la ciudad? ¿Vais a restaurantes a comer o cenar tranquilamente? ¿Te ha enseñado…?
- ¡Para! –Le corté-. Sé a dónde quieres llegar, no sigas por ahí, Edward. No me importa…
- ¿No te importa tener que pasarte día y noche de casa en casa porque él no sea capaz de salir a la calle? –Esta vez fue él quien me interrumpió.
- No, no me importa en absoluto –contesté firmemente.
- Date cuenta de todas las cosas que te está quitando.
- No me está quitando nada.
- Te está quitando mucho, Judith. Mucho. Te está quitando la posibilidad de tener una relación normal con alguien normal.
- Él es normal, igual que nuestra relación –elevé el tono de voz. Lo había conseguido: me había enfadado-. Y tú no eres nadie para juzgarme, ni a mí, ni a él, ni a lo que tenemos.
- Lo miró desde una perspectiva objetiva. Comprendo que le quieras pero…
- ¡Pero nada! Tú no sabes nada, nadie sabe nada excepto él y yo. ¿Crees que me molesta tener que dar 3000 paseos por su jardín por no poder ir a otro sitio? No me importa lo más mínimo, porque lo único que realmente me importa es estar con él. ¿Y sabes qué? No quiero seguir hablando.
Salí del coche y caminé hacia el portal dando por finalizada la conversación. Cuando una mano sujetó mi brazo me di cuenta de lo acostumbrada que estaba a Michael: él no habría salido del coche, porque rara vez podía hacerlo sin que alguien le conociera.
- Sé sincera contigo misma, sabes que en parte llevó razón. Una relación tiene que aportarte, no tiene que quitarte –dijo colocándose frente a mí-. Si me dieras una oportunidad te demostraría lo que es tener pareja de verdad, no te quitaría de nada. Sé cómo hacerte feliz y puedo hacerlo.
- Él también sabe –intenté seguir caminando hacia la puerta pero me impidió pasar.
- ¿Y puede? –me sostuvo por los hombros y nuestras miradas chocaron-. Dame una oportunidad… -susurró, al tiempo que se acercaba cada vez más a mi cara. Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando le aparté con la mano bruscamente.
- Ni se te ocurra hacerlo o te ganarás un bofetón. Y créeme, te lo daría sin ningún tipo de remordimiento de conciencia.
- Está bien, no voy a besarte hasta que no me pidas que lo haga –sonrió. Sorprendentemente conservaba el buen humor; no podía decirse lo mismo de mí-. Me pregunto cuánto tardarás.
- Quizá al siglo que viene –sonreí yo también, pero no era una sonrisa que destilaba alegría, ni tampoco simpatía. Caminé hasta el portal y abrí lo más rápido que pude la puerta, aunque tenía la seguridad de que esta vez no iba a venir hacia mí.
En efecto, cuando me giré para cerrar la puerta tras de mí seguía parado en el mismo sitio. Y por alguna razón, también continuaba sonriendo.