23 de agosto de 2011

Capítulo 62.

Puzle.

Llevaba más de un año sin sentir tanta calma como la que estaba sintiendo en esos momentos sentada en el banco del parque que había formado una parte necesaria de mi infancia. Era un lugar pequeñito, acogedor, rodeado de árboles y con cuatro columpios ruidosos y oxidados en el centro. Se encontraba en la entrada del pueblo, cerca de la tienda donde en días especiales nos gastábamos nuestra propina. También por allí estaba la casa de una de mis mejores amigas, Cristina, en la que había pasado largas tardes junto con todas las demás.
A ese parque solía ir con mi abuelo, probablemente una de las cinco personas más importantes en toda mi vida. Me columpiaba durante horas mientras me contaba historias, cuentos, chistes… Cualquier cosa con tal de entretenerme, de ver reír a su “pequeña niña”, como él me llamaba. Fue ahí donde me regaló las pulseras que ahora Michael y yo compartimos. Sobra decir que el día más triste de mi vida fue cuando él me faltó, y a veces pienso que una de las razones que me obligó a escapar de todo lo que me había rodeado durante mis 17 años era esa: lo vacío que se había quedado todo sin él, lo vacía que me sentía yo.
Por supuesto, estuve rodeada de mucha gente: Eva, Sonia, Ana, Anun, María, Luis, Mario, Óscar, Adrián, Patricia, Andrea, Marta… Tantos y tantos amigos que supieron estar ahí en ese momento, y en todos los anteriores. Porque si con alguien he compartido mi vida, dejando a un lado a mis tres ángeles, es con todas las personas que formaban parte del pueblo, especialmente con ese grupo inseparable que habíamos formado a la tierna edad de 6 o 7 años. No había nada que nos ocultáramos, no había nada que no supiéramos los unos de los otros, no había maldad. Sólo cariño. Y eso es imposible dejar de quererlo nunca; y una vez que falta, es inevitable echarlo de menos.
22 de noviembre de 1979. Cumplo 19 años y en lugar de estar rodeada de todas estas personas que no paran de ir y venir de mi cabeza, estoy sentada en mi parque de siempre, recordándolas.
Y precisamente a esto me refería cuando trataba de explicarle a Michael lo que necesitaba. Necesitaba disfrutar de la soledad, necesitaba disfrutar de la satisfacción de estar un rato con uno mismo sin nada más; pero pensando en todo aquello que te rodea.
Hacer un recuento. Medir la balanza. Ver qué cosas has perdido; y ver qué has ganado. Y saber qué vale más.
Michael. Michael. Michael. Su nombre resonaba en mi cabeza cada pocos minutos. Y lo hacía varias veces, como tratando de recordarme a mí misma porque debía volver a irme de ese lugar que me lo había dado todo y que tanto amaba. Michael.
Siempre he tenido una especie de teoría de que todos somos como un pequeño puzle. Venimos descompuestos y a medida que va pasando el tiempo y vas aclarando ideas te vas formando. Pero a veces te caes y te rompes, y necesitas de los demás para volver a unir todas las piezas y volver a ser tú mismo. Otras veces una pieza se pierde y lo único que puedes hacer es sentirte incompleto. Cuesta encontrarla y puede resultar difícil unirla ya que ha pasado demasiado tiempo alejada del conjunto. Pero cuando finalmente consigues colocarla junto al resto de piezas, observas el puzle de nuevo y ves que nunca había estado ni más hermoso ni más completo.
Michael. Michael era esa última pieza.
Pero el puzle es mucho más que una última pieza, y eso es algo que había comprendido ahora después de mucho tiempo. Todas las personas que habían ayudado a formar el puzle de mi vida ya no estaban conmigo para reconstruirle cuando fuera necesario, porque yo había decidido que eso fuera así. Y a cambio, ¿qué había ganado? Michael.
¿Una única pieza puede ser más poderosa que un puzle entero? Sin ella no termina, pero sin las demás no empieza nada.
El sonido de un pájaro revoloteando sobre el árbol de mi derecha hizo que se desvanecieran por unos instantes todos esos pensamientos. Aquel inesperado ruido me hizo sobresaltarme e inmediatamente una palabra aterrizó en el aeropuerto de mi cabeza: miedo.
Michael me habló de miedo antes de que yo llegara a España. Él temía acerca de algo y yo no era capaz de comprenderlo; es más, me resultaba absurdo aquello de lo que me hablaba. ¿Estar mejor sin él? ¿Olvidarlo? Ideas que antes se me antojaban ilógicas y que ahora no iban más allá de lo poco probable.
Era ilógico porque desde el primer segundo que tuve contacto con él hizo mella en mí. Todo dio un giro inmenso y desde entonces no había pasado un solo día en que no deseara estar con él. Era ilógico porque desde que le conocí había sido absolutamente incapaz de vivir sin él.
Pero ahora él no estaba. Y yo estaba bien. Total, ¿qué sabe la lógica de lo que sientes cuando te sientas en tu pequeño parque de siempre?
Contemplé el cielo nublado tratando de hallar la respuesta a todos esos interrogantes que, sin haberlo pretendido, habían aparecido en mi cabeza. Eso es algo que también había aprendido de mi última pieza: mirar al cielo. Como si allí fuera a encontrar algo a lo que aferrarme para poder responder o solucionar cualquier aspecto de mi vida.
Comprendí que en poco menos de cuarto de hora iba a comenzar a llover, así que lo mejor era volver a casa, donde seguramente estaría ya toda mi familia para celebrar juntos mis 19 años. Después, por la tarde, Eva se inventaría cualquier excusa para mantenerme alejada de todos los demás mientras me preparaban una fiesta sorpresa en casa de cualquiera de nosotros. Y por la noche saldríamos a bailar y a divertirnos hasta que no tuviéramos más remedio que irnos a casa, cuando nos hubieran echado de todos los lugares a los que pretendiéramos ir.
Así de fácil era mi vida aquí. Y de fantástica.
Me levanté del banco y decidí que ya había tenido bastante por hoy, la tortura y las millones de preguntas que de pronto me asaltaban podía esperar a mañana, cuando ya estuviera empapada del cariño de toda mi gente.
El puzle estaba completo y es lo que importaba. La última pieza no se había perdido y podía tener la seguridad de que, en el caso de caerme, ahora sí contaba con toda la gente necesaria para recomponerlo de nuevo.
Michael. No quería que se perdiera. Pero nunca hasta ahora había comprendido la cantidad de cosas que había dejado atrás por estar con él.
¿Una única pieza puede ser más poderosa que un puzle entero?

12 de agosto de 2011

Capítulo 61.

Confío en ti.

- ¿Has metido suficientes pantalones? Que te conozco, luego quieres ponerte ocho al día.
- Sí, mamá Marina, he metido alrededor de tres millones.
- ¿Y chaquetas?
- Que chaquetas ni que leches, jerséis es lo que tiene que meter, que allí es invierno.
- Allí es invierno igual que aquí –respondí exhausta tras la revisión de ropa de mis tres amigas-. Y sí, he metido chaquetas y jerséis.
- ¿Y calzado de invierno? –oí al fondo, acompañado de una leve risa.
Me giré para observar a Michael tumbado en el sofá jugueteando con un libro.
- Tú también no, por favor –supliqué.
Se levantó al instante y caminó hacia nosotras.
- Chicas, siento interrumpir vuestra intervención, pero tenemos que irnos o perderá el avión y dará igual lo que haya metido en la maleta.
- Sólo espero que lleves todo y no tengas que llamarnos desesperadas, porque yo no voy a ir a llevarte nada –sentención Nana.
- Descuida que si me falta algo lo último que haré será llamarte.
La asesiné con la mirada y cogí la maleta, tambaleándome por el peso de ésta. Michael rió y se acercó hasta mí.
- Déjame, anda, no quiero que llegues lesionada.
- Tú tampoco es que tengas una gran fuerza… -comenté al tiempo que me cruzaba de brazos, mientras veía cómo Michael levantaba la maleta sin un gran esfuerzo y con el equilibrio y la compostura en perfecto estado.
- Más que tú, como todos hemos podido apreciar.
Me sacó la lengua y caminó hasta la puerta, dejándonos, supuse, algo de intimidad para despedirnos.
- Bueno… -comencé a decir.
- Siempre he odiado esto.
- Y yo.
- Yo también.
- Idem –concluyó Nana.
- Entonces cuanto antes mejor. En pocos días me tendréis aquí de nuevo.
- Te vamos a echar de menos, pero tampoco mucho… -sonrió Marina.
Las cuatro nos abrazamos como acostumbrábamos a hacer y tragué saliva para ocultar el nudo en la garganta. Llevaba sin separarme de ellas mucho tiempo y podía imaginar lo mucho que iba a echar de menos la convivencia con mis tres ángeles.
- Cuidaros mucho, ¿vale? –Sonreí mientras caminaba hacia la puerta-. Os quiero, pero poco.
- ¡Nosotras a ti casi nada también! –Exclamó Marina.
Eché un último vistazo a la casa y salí al portal, donde me esperaba Michael, que en seguida sostuvo mi mano.
- ¿Has bajado ya la maleta?
- Con una rapidez admirable, ¿verdad? Hasta yo me he asombrado.
Sonreí.
- ¿Estás bien?
- Sí, sólo que me resulta raro que después de 16 años juntas nos vayan a separar tantísimos kilómetros.
- Sólo serán unos días. Y te vendrán muy bien, ya lo verás.
Le mostré otra sonrisa, completamente segura de que necesitaba verla, y bajamos las escaleras en silencio.
- ¿Estás nerviosa? –Preguntó al entrar en el coche-. Llevas mucho tiempo sin ver a mucha gente.
- Estoy nerviosa, sí. Pero sobre todo estoy ansiosa. Tengo ganas, ganas y ganas de ver a todo el mundo. Ganas de tomarme un café en mi bar favorito, ganas de pasear por mi pueblo… Tengo muchas ganas, Michael, no te imaginas cuántas.
Me abrazó con dulzura y me dio un suave beso en la frente. De inmediato me di cuenta que aún no había hablado con él e imaginé que jamás encontraría el momento adecuado, así que decidí dejar de buscarle y limitarme a decírselo ahora que había vuelto a recordarlo.
- Esto, Michael… Respecto a la elección…
- No pasa nada.
Le miré estupefacta.
- ¿Qué?
- Que no pasa nada, no importa.
- Aún no te he dicho lo que he pensado…
- Olvidas un pequeño detalle.
- ¿Cuál?
- Que te conozco muy bien.
Permanecí callada ante su atenta mirada y forzó una tímida sonrisa.
- Si hubieras querido llevarme contigo me lo hubieras dicho desde un primer momento.
- Michael, escucha…
- No tienes que disculparte.
- Pero sí explicártelo.
- Puedes explicarme lo que quieras, pero borra esa cara, por favor. Parece que has matado a alguien y no estás haciendo nada malo, ¿vale? Ten claro eso.
- Michael, me encantaría que te vinieras conmigo a cualquier parte, de verdad. Sabes que cualquier lugar para mí es el doble de perfecto si estás tú conmigo, pero esto… Esto es diferente. Necesito abrazar a mucha gente, necesito conversar durante horas con mucha gente… Y quiero que conozcas todo lo que forma parte de mi mundo, pero creo que ahora no es el momento.
- Lo entiendo.
- ¿De verdad?
- Sí. Todo lo que me has dicho lo entiendo.
Suspiré y me abracé con fuerza a él.
- ¿Hay algo más? –Preguntó de pronto. Le miré confusa y aferró mis manos-. Aparte de todo eso, ¿hay alguna razón más por la que no quieras que vaya?
- Creo… -traté de encontrar las palabras adecuadas-. Creo que necesito un poco de soledad, porque me gusta disfrutar de ella, de los momentos que te proporciona el estar uno consigo mismo, sin nadie más. Puede que tú no te des cuenta, pero mi vida ha cambiado radicalmente en apenas un año. No sé si he sido consciente de todos los cambios que se han producido en muy poco tiempo, de todos los asuntos en los que he estado involucrada, de la cantidad de movimiento que ha habido en mi vida. Necesito tranquilidad, paz, calma. Y tú me aportas todo eso, pero ahora… Ahora lo necesito yo sola.
- ¿Cambiará algo cuando vuelvas? –Interrogó a los pocos segundos.
- Absolutamente nada.
Bajó la cabeza y esta vez suspiró él.
- Me da un poco de miedo todo lo que acabas de decir, la verdad –sonrió por pura incomodidad y sujeté su rostro, que había cambiado completamente de expresión-. ¿Y si cuando vuelvas te das cuenta de que estás mejor sin mí?
- No contemplo esa posibilidad. De hecho, no existe esa posibilidad, créeme.
- Has estado dos meses sin mí.
- Tú mismo dijiste ayer que eso no era vivir, era subsistir como malamente podía –sonreí, pero él no lo hizo-. Te quiero y es algo que no va a cambiar.
- Eso no lo sabes.
- Sí, sí lo sé. Confía en mí.
Busqué sus labios y les presioné con dulzura.
- ¿Confías en mí?
- ¿Cómo voy a hacerlo si ni siquiera tú misma confías en que esto vaya a durar? –replicó de pronto-. Recuerda tu teoría acerca de las relaciones. ¿Y qué pasará cuando veas a un montón de chicos por los que anteriormente has sentido algo?
Continué mirando su semblante serio mientras me daba cuenta de que todo lo que decía tenía bastante sentido. ¿Cómo va a confiar en mí si hace apenas dos días le dije que era yo quien no confiaba en las relaciones? Y ahora le estaba diciendo que quería irme unos días sin él. Había metido la pata hasta el fondo, hasta el más profundo y maloliente hoyo que existía en la tierra.
- Está bien, perdona. ¿Sabes qué? Esto es una tontería. Mejor no voy a España –dije completamente sincera. Si él no iba a estar bien, desde luego yo no quería ir.
Levantó la cabeza y me miró con expresión de reproche.
- Es mi regalo de cumpleaños.
- Me estás regalando algo que no sólo no vas a poder disfrutar conmigo, sino que además te va a alejar de mí. ¿Quieres eso?
- Quiero que seas feliz –contestó con seguridad.
- ¿Y cómo voy a ser feliz dejándote aquí así?
- Estaré bien.
- No te creo.
- Confía en mí –exhibió una tímida sonrisa y volvió a sujetar mis manos-. De verdad quiero que vayas.
- Haberlo pensado antes de haberme hecho sentir un ser horrible.
Me incliné para avisar a Sam de que diera media vuelta pero sujetó mi cintura y me obligó a recostarme de nuevo contra el asiento.
- Lo siento. Quiero que vayas y disfrutes, con o sin mí. Pero con una condición… -ignoré su petición y traté de levantarme de nuevo con el mismo propósito que antes, pero también fue inútil-. Que me llames todas las noches.
- ¿Esa es tu única condición?
- Sí.
Miré al frente y debatí conmigo misma esa posibilidad. Seguía sin estar segura de que Michael fuera a estar bien, y eso, como siempre, era lo primordial para mí.
- No voy a dejar que te quedes –susurró a los pocos segundos, haciendo que finalmente sonriera.
- ¿Confías en mí?
- Confío en ti.
- Prométemelo.
- Por lo que quieras.
- Por nosotros.
Sonrió.
- Prometido.
Sostuvo mi cara y me besó con fuerza. Después me apoyé en su hombro, mantenido un tranquilo silencio. A los pocos minutos llegamos al aeropuerto. Michael hizo intención de salir, pero se lo impedí al instante.
- Ni se te ocurra. No quiero quedarme sin novio –le acaricié la cara y sonrió-. Al menos de momento…
Abrió la boca y se la cerré con un suave beso.
- No digas eso ni en broma.
- ¿Quién te ha dicho que era una broma?
- Judith…
- Vale. Miedica.
- Me lo has pegado.
Le saqué la lengua y me devolvió el gesto.
- Voy a echarte de menos…
- Y yo a ti, Mike. Mucho. Pero nos veremos en poco tiempo, de verdad.
Observé por el cristal como Sam había bajado ya la maleta y me dispuse a salir.
- Cuídate mucho, mucho, muchísimo. Voy a estar aquí antes de que te dé tiempo a echarme de menos, ya lo verás.
- Disfruta, es lo único que tienes que hacer.
- Te quiero. Muchísimo.
- Y yo a ti, pequeña.
Le di un último beso convencida de que a ninguno nos supo a despedida. Tan sólo serían unos pocos días hasta volvernos a ver y no perderíamos el contacto por nada del mundo.
- No olvides lo mucho que te quiero –susurré antes de cerrar la puerta.
- No olvides que te estaré esperando.
Ambos sonreímos y nos miramos fijamente durante un par de segundos, reteniendo en la memoria ese último instante.
Cerré la puerta del coche y me dirigí hacia mi destino, teniendo claro que, a pesar de la dolorosa distancia que estaba poniendo entre ambos, estaba haciendo lo correcto. Necesitaba ese tiempo para mí, para rememorar todas las cosas que había amado toda mi vida. Aún no era el momento de que Michael fuera partícipe de ellas; primero debía disfrutarlas yo de nuevo.
Pocos minutos antes de despegar aún tenía esa extraña sensación que le embriaga a uno cuando sabe que está a punto de separarse de la persona que quiere durante algún tiempo. Ya sean unos días o unos meses, siempre sientes que un pequeño cacho de ti se queda en el lugar de esa persona.
Los últimos pensamientos que recuerdo antes de quedarme dormida en el avión giraban en torno a esa otra sensación mucho más placentera: la de quien está completamente seguro de que no olvidará toda esa magia que comparte con alguien, y no importa cuántos kilómetros haya de por medio.

11 de agosto de 2011

Capítulo 60.

Maletas y elecciones.

- ¿Así que todo bien?
Caminé aún descalza hasta el sofá y me senté al lado de Marina, que tampoco tenía que trabajar esa mañana.
- Todo perfecto –mordí una de mis galletas preferidas y exhibí una gran sonrisa-. Pasamos un día absolutamente perfecto, y si tuviera que ponerle una pega sería que… duró demasiado poco –sonreí de nuevo y me tumbé sobre ella.
- Venga cuéntame que te dijo.
- Si anoche no hubieras estado de juerga mientras lo contaba…
- Aquí todas tenemos derecho a divertirnos. Venga, venga, venga.
- No hizo falta decir mucho, la verdad. Hablamos de ello menos de veinte minutos; después decidimos que era momento de recuperar el tiempo perdido.
- Entiendo… ¿Y sus calzoncillos?
Levanté la cabeza y la asesiné con la mirada.
- Puestos, imagino.
- Pues muy mal. ¿No se los quitaste? Vaya reconciliación.
El sonido del timbre interrumpió sus carcajadas y mi mirada nuevamente asesina hacia ella, y nos miramos fijamente haciendo entender la una a la otra que ninguna estaba dispuesta a levantarse para abrir.
- ¿Lo echamos a piedra, papel o tijera?
- Me parece justo y necesario.
El timbre volvió a sonar y mi suerte con él.
- Te toca –sonreí al tiempo que me incorporaba para dejarla levantar.
- Tienes trucado este juego, es imposible que siempre me ganes.
- Claro, manejo yo tus dedos y decido cual tienes que sacar.
- No descarto que lo hagas –oí a lo lejos. Sonreí. Hacía tiempo que no estaba tan alegre-. Hombre, mira quien está aquí. Pasa, pasa –volví a oír.
- Me alegro de verte.
Esa dulce voz activó automáticamente mi capacidad de movimiento y me incorporé todo lo deprisa que me resultó posible. Vi avanzar a Michael hacia mí y mi sonrisa se multiplicó por cuatro billones. Me miró y sus labios se curvaron exactamente como los míos.
- Eres vaga para lo que quieres –dijo Marina tras él-. Cuando no podamos despertarla voy a llamarte por teléfono señor Jackson, es increíble cómo reacciona cuando se trata de ti.
- Lo sé, a veces me siento mal por tener tanto poder –se pasó la mano por los hombros en un gesto de chulería y sonrió. Dio tres pasos hacia mí y me besó en la mejilla.
- Yo también me alegro de verte, Michael –dijo Marina de pronto, y por la sonrisa que mostraba pude imaginar cuál sería su próximo comentario-. Necesitamos que nos aclares una cosa sobre qué llevas puesto en estos momentos –se echó a reír y Michael me miró confuso.
- No la hagas caso, ya la he dicho que no beba tan temprano –la saqué la lengua y me llevé a Michael de la mano a la habitación.
Cerré la puerta y me lancé a sus brazos, haciendo que se tambaleara.
- ¿A qué se refería?
- A nada -le empujé hacia la cama y se sentó sobre ella, con la mirada aún confusa-. No le des vueltas, en serio, es una de sus tonterías. No sé cómo le das importancia conociéndola –me senté a su lado y le acaricié el rostro.
Sonreí y volví a tirarme sobre él, esta vez tumbándole. Sostuvo mi cara y me clavó sus oscuros ojos.
- ¿Seguro?
- Segurísimo.
Dibujé el contorno de sus labios con mis dedos y me incliné para besarlos suavemente primero, y con ardor después. Le había echado tanto de menos que me sentía incapaz de hacer otra cosa que no fuera besarle durante horas.
Cuando separó mi cara de la suya entendí que él no estaba muy dispuesto a ello. Resoplé y me incorporé.
- ¿Me has echado de menos? –interrogué, casi enfadada.
- ¡Pues claro! –Exclamó con la sorpresa inscrita en su rostro-. ¿Qué clase de pregunta idiota es esa? –sonrió.
Suspiré y me acurruqué en su pecho, abrazándole con fuerza.
- ¿Piensas que no te he echado de menos solamente porque te haya parado? –preguntó a los pocos segundos.
- “Solamente” es una palabra que no hubiera empleado en estos momentos.
- Uy, que mal ha sonado eso –me achuchó aún más y me besó en el pelo-. Habla.
- ¿De qué?
- De lo que pasa.
- No pasa nada.
- “Nada” es una palabra que no hubiera empleado en estos momentos.
- ¿Por qué siempre tienes que imitar mis estructuras lingüísticas cuando quieres replicarme algo?
- ¿Por qué siempre tienes que contrarrestar mis preguntas con otras tuyas cuando quiero saber algo?
- Soy así.
- Yo también.
Le miré y ambos sonreímos.
- Si no hablas tú yo tampoco lo voy a hacer.
- ¿Tienes algo de qué hablarme?
- Sí.
Mi sonrisa se esfumó dejando paso al temor.
- ¿Ha pasado algo? –susurré.
Rió a carcajada limpia y me levanté de la cama, observándole con un creciente enfado en mi rostro.
- No seas boba, ven.
- ¿Para que te rías?
- Es que eres una miedica –rió de nuevo.
Resoplé y le tiré un cojín, lo que provocó que se riera más.
- Ven, anda –dijo extendiendo el brazo hacia mí. Le miré impasible y me negué con la cabeza-. Por favor…
Puso cara de pena y finalmente logró que sonriera al tiempo que me acercaba a él. Se mordió el labio inferior y agarró mi cintura.
- ¿Hacemos un trato? Yo hablo si tú hablas.
- ¿Y por qué no al revés?
- Porque yo soy el mayor.
- Pero las damas van primero.
- Tú lo has dicho, las damas…
Abrí la boca hasta el suelo y traté de zafarme de sus brazos mientras él se reía de nuevo.
- ¡Aparta!
Por supuesto, su fuerza duplicaba la mía, así que logró ignorar mis esfuerzos por librarme de él y acabé tumbada en la cama con Michael sobre mí.
- Eres una miedica…
- Olvídame.
- ¿Lo hago?
Me retó con la mirada y yo se la mantuve.
- Me lo pensaré.
Rió.
- No lo harás. No puedes vivir sin mí.
- Lo he hecho durante dos meses.
- Eso no ha sido vivir, reconócelo. Si te tiras encima de mí en cuanto me ves de lo que me echabas de menos...
- Un día voy a coger ese ego gigante que tienes y lo voy a tirar por el precipicio con más altura de este lugar.
- Un día voy a coger ese…
- ¡Deja de copiarme! –le corté-. ¿No tienes recursos propios?
Sonrió y entreabrió la boca como tratando de decir algo, pero de pronto se calló. Y me miró fija y seriamente.
- Habla.
- Estoy hablando.
- No de lo que quiero oír.
Lo pensé durante unos segundos y sólo cuando su mirada se hizo más demoledora comencé a hablar.
- No es nada, Michael. Sólo que tienes razón. Te he echado mucho de menos, muchísimo, y te veo y no puedo evitar tirarme encima de ti. Y a ti parece que no te pasa lo mismo.
- ¿Y eso te enfada?
- No me enfada… Bueno, un poco. Se supone que después de tanto tiempo tienes que tener ganas de… Mí.
Rió.
- Las tengo.
- Lo disimulas muy bien.
- Es que también soy actor –me guiñó un ojo y enarqué una ceja-. En mis ratos libres.
- Claro.
Miré para otro lado y suspiré de nuevo.
- ¿Alguna vez te has parado a contar las veces que suspiras a lo largo del día?
Le ignoré.
- Vale, vale. Escúchame –sostuvo mi cara y desvió mi mirada hacia la suya-. La única razón por la que te he parado es porque tengo que decirte la razón por la que he venido esta mañana aquí.
- ¿Hay una razón? ¿No has venido para verme y ya está?
- No, pero no te enfades. Hay una razón de mayor peso.
- Sorpréndeme.
- ¿Qué día es hoy?
Le miré sin entender.
- Contesta.
- 18 de noviembre.
- ¿Qué pasa dentro de cuatro días?
Acarició mi rostro y sonrió.
- Nada fuera de lo normal –sonreí yo también.
- Estupendo, porque como no pasa nada fuera de lo normal tienes que hacer un par de cosas.
- Sorpréndeme de nuevo.
- Elecciones y maletas.
Abrí los ojos como platos y sonreí por pura incomprensión. Rió ante ese gesto y me dio un suave beso.
- Tu “nada fuera de lo normal” es el equivalente a mi “es el cumpleaños de mi novia”, y llevo pensando mucho tiempo qué regalarte –quise hablar pero me interrumpió con un gesto y continuó haciéndolo él-. Sí, mucho tiempo, incluso si hubieras seguido siendo igual de cabezota, miedica y cobarde que hace dos semanas te hubiera regalado algo.
Le saqué la lengua y sonrió.
- Y lo tuve claro desde que esa idea vino a mí por primera vez.
- Ya has conseguido intrigarme. ¿Vas a decirme lo que es?
- Antes de recibir tu regalo tienes que hacer dos cosas. Maletas y elecciones. Lo primero quiero que lo hagas cuando yo me vaya de aquí; procura tardar poco y no llevarte todo el armario.
- ¿Y lo segundo?
- Lo segundo lo tienes que hacer en el aeropuerto, y quiero que lo pienses bien.
- ¿Aeropuerto? –volví a abrir la boca y le interrogué con la mirada.
Se incorporó y metió la mano en el bolsillo de su pantalón, extrayendo de ella un sobre que me ofreció al instante.
- Ábrelo.
Le dirigí una última mirada y abrí el sobre que estaba cuidadosamente cerrado. De él extraje un billete de avión con fecha en 19 de noviembre de 1979. Y con destino a Madrid.
Miré a Michael y volví a mirar el billete. Repetí el proceso dos o tres veces hasta que se sentó cerca de mí, cansado –supuse- de que no dijera nada. Pero lo cierto es que me sentía incapaz de articular palabra. Sólo podía mirar el billete y a la persona que me había hecho entrega de él.
- Te dejo que me digas algo, te lo prometo.
- No sé qué decir… ¿Qué se supone que es esto?
- ¿A tus casi 19 años tengo que explicarte para que se utiliza un billete de avión? –rió y yo lo hice con él-. Es tu regalo de cumpleaños. Y quiero que lo disfrutes. Disfruta unos días de tu familia, disfruta de tus amigos, disfruta de tus lugares, de tu ciudad, de tu pueblo. Disfruta de todo lo tuyo.
- Pero, Michael…
- No hay peros que valgan. Los regalos no pueden rechazarse, así que sólo te queda aprovecharlo.
- De verdad que no sé qué decirte…
- Un “gracias” no estaría mal.
Miré como sonreía y me tiré sobre él, haciéndole tumbar en la cama. Le llené de besos mientras le repetía incontables veces la palabra “gracias”.
- Con una me conformaba –rió cuando le dejé respirar.
- ¿Y la elección?
- Bueno… Si lo deseas puedo acompañarte.
Exhibí una sonrisa más grande que toda mi cara y le di un nuevo beso, sin dejar que se apartara esta vez. Me correspondió de buena gana aunque finalmente se separó de mí, como era habitual en él.
- Tienes que pensarlo. Pensarlo bien. Hace mucho tiempo que no ves a toda tu gente y puede que no me quieras al lado cuando eso ocurra Y calla, déjame acabar –exclamó evitando así que le interrumpiera-. Sé que me quieres, pero también sé cuánto echas de menos España. Puede que necesites disfrutar de todo eso sin mí, sola, a tu aire. Y no pasa nada por eso, ¿de acuerdo? Piénsalo bien y no quiero volver a tocar este tema hasta que mañana tengamos que despedirnos, o bien entre nosotros o bien del resto de la gente. ¿Entendido?
- A sus órdenes –sonreí-. ¿Y la fecha de vuelta?
- Esa la decides tú. Y me voy, que tienes que hacer mil y una cosas y apuesto a que esta noche no duermes porque no te va a dar tiempo a terminarlo todo. Mañana a las 10 de la mañana pasaré a recogerte, ¿vale?
- Pero Michael, no puedo dejar mi trabajo en el restaurante así como así…
- De eso también me he encargado, no te preocupes. En realidad, no tienes que preocuparte por nada, porque todos los cabos están atados. De algo tiene que servirme ser una estrella, ¿no? –me guiñó un ojo y se levantó levantándome a mí con él-. Dame un beso, mañana te veo.
Me dio un beso fugaz y salió disparado de la habitación. Me quedé sentada alrededor de tres segundos, pero después salí tras él.
- ¡Michael!
- ¿Si? –le vi asomarse desde el salón y sonreí.
- Gracias. Te quiero.
- Y yo a ti –sonrió y desapareció.
Y yo comencé a moverme por la pequeña nube en la que me encontraba en esos momentos. Era suave, blandita y estaba muy cómoda en ella.
Era consciente de que debía empezar a hacer la maleta, pero en lugar de ello me tumbé en la cama y miré al techo, como acostumbraba a hacer cuando tenía que pensar en algo, salvo que esta vez no tenía nada que pensar. Sólo tenía que disfrutar. De mi familia, de mis amigos, de mis lugares, de mi ciudad, de mi pueblo. Disfrutar de todo lo mío.
Y de Michael.